José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
BUSCANDO MI EPITAFIO
Me niego a reconocer mis epígrafes y verbos
e ignoro mi versar de múltiples trofeos y aciertos.
Tiendo a sumirme en una apoplejía decadente.
Ociosa.
Recurrente.
Buscando cerrar mí biografía.
Miserable.
Ignota.
Antes de que me llegue…
a destiempo la muerte.
Quisiera componer mi propia elegía,
sin ofensas ni mentiras.
Honrando a la vida, a la decencia
sin faltar a la verdad.
Aunque tenga para ello que frotar,
y frotar, para arrancarme la costra del alma
y hacer lucir lo auténtico, lo real.
No se debe traicionar a la conciencia
ocultando la realidad.
Esa realidad que nunca ha dejado,
de gritar... gritar… y gritar.
No quiero recrear en mi epitafio
una absurda complacencia.
“…Quiero dejar constancia de mi fracaso
como ser humano y…
persona sin conciencia…”
He vivido a lo grande,
con todo al alcance de mi mano,
con todos los sueños alcanzados
y he mirado, casi siempre, hacia otro lado,
cuando, no muy lejos de mi sorda felicidad,
chirriaban los gritos y los rezos de gentes
que solo buscaban un hogar,
un vaso de agua y un trozo de pan...
¡¡Nada más!!”
Hay que ver…
no hace falta sacarse un doctorado
en la Rey Juan Carlos
para comprender,
que al otro lado de la valla de espino,
no hay alimañas… ni equinos
de los que nos tengan que proteger,
sino seres humanos ninguneados y airados,
con vocación de existir,
que luchan para cambiar su destino y…
sobrevivir.
Por ello en mi epitafio,
no habrá otra leyenda más veraz,
que la que resalte sin nombrar,
el verdadero legado de mi vagar
por este mundo. Lo esencial.
Y no el cáncer de esta humanidad:
“Vivió a lo GRANDE, y fue muy grande,
lleno de popularidad…etc. etc.”
Pero… sin dar la talla.
Y se lo llevó la parca sin mortaja,
como a los demás,
con una mano delante y otra detrás,
como a todo hijo de vecino,
sin menos y sin más...
Todo lo contrario
a lo que se debe aspirar:
“Vivió sin boato
sin querer aparentar,
dio la talla en lo esencial,
en cada paso al caminar.
Se llevó en su último viaje,
un agradable equipaje inmaterial
donde relucía el brillo y el dorado
del amor y el afecto de los demás.
Sin pretender dejar, pero dejando,
un legado de gozosos momentos
y de verdadera felicidad…”
Eso es para mí, el más allá.
El bonito recuerdo...
que pueda dejar.
Me niego a reconocer mis epígrafes y verbos
e ignoro mi versar de múltiples trofeos y aciertos.
Tiendo a sumirme en una apoplejía decadente.
Ociosa.
Recurrente.
Buscando cerrar mí biografía.
Miserable.
Ignota.
Antes de que me llegue…
a destiempo la muerte.
Quisiera componer mi propia elegía,
sin ofensas ni mentiras.
Honrando a la vida, a la decencia
sin faltar a la verdad.
Aunque tenga para ello que frotar,
y frotar, para arrancarme la costra del alma
y hacer lucir lo auténtico, lo real.
No se debe traicionar a la conciencia
ocultando la realidad.
Esa realidad que nunca ha dejado,
de gritar... gritar… y gritar.
No quiero recrear en mi epitafio
una absurda complacencia.
“…Quiero dejar constancia de mi fracaso
como ser humano y…
persona sin conciencia…”
He vivido a lo grande,
con todo al alcance de mi mano,
con todos los sueños alcanzados
y he mirado, casi siempre, hacia otro lado,
cuando, no muy lejos de mi sorda felicidad,
chirriaban los gritos y los rezos de gentes
que solo buscaban un hogar,
un vaso de agua y un trozo de pan...
¡¡Nada más!!”
Hay que ver…
no hace falta sacarse un doctorado
en la Rey Juan Carlos
para comprender,
que al otro lado de la valla de espino,
no hay alimañas… ni equinos
de los que nos tengan que proteger,
sino seres humanos ninguneados y airados,
con vocación de existir,
que luchan para cambiar su destino y…
sobrevivir.
Por ello en mi epitafio,
no habrá otra leyenda más veraz,
que la que resalte sin nombrar,
el verdadero legado de mi vagar
por este mundo. Lo esencial.
Y no el cáncer de esta humanidad:
“Vivió a lo GRANDE, y fue muy grande,
lleno de popularidad…etc. etc.”
Pero… sin dar la talla.
Y se lo llevó la parca sin mortaja,
como a los demás,
con una mano delante y otra detrás,
como a todo hijo de vecino,
sin menos y sin más...
Todo lo contrario
a lo que se debe aspirar:
“Vivió sin boato
sin querer aparentar,
dio la talla en lo esencial,
en cada paso al caminar.
Se llevó en su último viaje,
un agradable equipaje inmaterial
donde relucía el brillo y el dorado
del amor y el afecto de los demás.
Sin pretender dejar, pero dejando,
un legado de gozosos momentos
y de verdadera felicidad…”
Eso es para mí, el más allá.
El bonito recuerdo...
que pueda dejar.
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