Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA RESPUESTA ESTÁ EN LA MONTAÑA
– La respuesta está en la montaña. Tienes que mirar desde arriba. ¡Buen viaje!
Así se despidió de mí el viejo marinero que me había indicado el camino para llegar a la legendaria Isla Mágica. La isla se encontraba en un planeta perdido, en un rincón de la galaxia, donde una especie civilizada se había extinguido hace más de un millón de años. Según cuenta la leyenda, el que sube a la montaña de la isla encuentra la respuesta que calma las turbaciones de su mente para siempre. Aunque siempre he sido muy escéptico, creí en las palabras del marinero; el sosiego que transmitía su mirada, el tono de su voz y su amable sonrisa no podían engañarme. Llamó mucho mi atención los rizos de sus cabellos blancos que caían sobre su frente, igual que la espuma del mar cae sobre las crestas de las olas.
Así se despidió de mí el viejo marinero que me había indicado el camino para llegar a la legendaria Isla Mágica. La isla se encontraba en un planeta perdido, en un rincón de la galaxia, donde una especie civilizada se había extinguido hace más de un millón de años. Según cuenta la leyenda, el que sube a la montaña de la isla encuentra la respuesta que calma las turbaciones de su mente para siempre. Aunque siempre he sido muy escéptico, creí en las palabras del marinero; el sosiego que transmitía su mirada, el tono de su voz y su amable sonrisa no podían engañarme. Llamó mucho mi atención los rizos de sus cabellos blancos que caían sobre su frente, igual que la espuma del mar cae sobre las crestas de las olas.
Llegué solo en mi lancha cuando aparecía la estrella de ese planeta sobre la cima del volcán que había formado la isla circular. Recordé nuevamente las indicaciones del marinero:
– Las dos colinas rocosas señalan la entrada a la bahía.
Dos cabos alargados, con colinas en sus extremos, forman una bahía que sirve de puerto natural, parecen unos brazos gigantescos de tierra dispuestos a acoger a los barcos y detener a las olas. Amarré la lancha en el centro de la inmensa playa semicircular que había formado el mar entre los dos cabos con la lava del volcán. Estaba decidido a seguir las instrucciones del marinero:
– El menhir, situado en el centro de la playa, te indicara el inicio del camino. Después sigue el sendero señalado por las piedras doradas. No te detengas hasta alcanzar el sendero circular que rodea el cráter apagado. Debes regresar a la bahía antes del anochecer.
Me sentí decepcionado, no encontré ninguna construcción de la civilización extinguida, como esperaba. El contorno de la isla estaba formado por los sedimentos del volcán: rocas negras irregulares y enormes piedras redondeadas de variados colores. Multitud de plantas crecían entre los huecos cubiertos de lava. El paisaje no ofrecía nada especial. Para animarme, recordé las últimas palabras del marinero:
– La respuesta está en la montaña. Tienes que mirar desde arriba.
Siguiendo sus instrucciones, inicié el camino empedrado que partía del menhir y ascendía por la ladera menos empinada. La niebla cubría el volcán, aunque las piedras doradas emitían un extraño reflejo para guiarme. Caminé más de seis horas entre la niebla, siguiendo las piedras doradas, hasta que alcancé el sendero circular del cráter. El calor de la mañana y el viento del sur disiparon la niebla cuando llegué a la cima.
Entonces pude ver, recorriendo el camino circular, la armonía de todos los elementos que formaban la isla. Entonces comprendí que unas pinceladas en un cuadro, unas palabras sueltas en un poema o unas notas en una sinfonía no tienen sentido; es en la armonía de todo el conjunto, en la visión panorámica, donde se encuentra la explicación. Lo que antes me parecía caótico, ahora tenía un orden perfecto, aunque antes no podía entender la coordinación de sus elementos. La imagen del paisaje representaba la síntesis de la evolución armónica del universo. La mente del observador de ese paisaje podía intuir todo el cosmos en un solo pensamiento. Entonces recordé el comentario del marinero sobre el origen de la isla:
– Dicen que los artistas de la civilización extinguida construyeron todas las esculturas de la isla, pero yo creo que fue la obra directa de la Naturaleza.
– Las dos colinas rocosas señalan la entrada a la bahía.
Dos cabos alargados, con colinas en sus extremos, forman una bahía que sirve de puerto natural, parecen unos brazos gigantescos de tierra dispuestos a acoger a los barcos y detener a las olas. Amarré la lancha en el centro de la inmensa playa semicircular que había formado el mar entre los dos cabos con la lava del volcán. Estaba decidido a seguir las instrucciones del marinero:
– El menhir, situado en el centro de la playa, te indicara el inicio del camino. Después sigue el sendero señalado por las piedras doradas. No te detengas hasta alcanzar el sendero circular que rodea el cráter apagado. Debes regresar a la bahía antes del anochecer.
Me sentí decepcionado, no encontré ninguna construcción de la civilización extinguida, como esperaba. El contorno de la isla estaba formado por los sedimentos del volcán: rocas negras irregulares y enormes piedras redondeadas de variados colores. Multitud de plantas crecían entre los huecos cubiertos de lava. El paisaje no ofrecía nada especial. Para animarme, recordé las últimas palabras del marinero:
– La respuesta está en la montaña. Tienes que mirar desde arriba.
Siguiendo sus instrucciones, inicié el camino empedrado que partía del menhir y ascendía por la ladera menos empinada. La niebla cubría el volcán, aunque las piedras doradas emitían un extraño reflejo para guiarme. Caminé más de seis horas entre la niebla, siguiendo las piedras doradas, hasta que alcancé el sendero circular del cráter. El calor de la mañana y el viento del sur disiparon la niebla cuando llegué a la cima.
Entonces pude ver, recorriendo el camino circular, la armonía de todos los elementos que formaban la isla. Entonces comprendí que unas pinceladas en un cuadro, unas palabras sueltas en un poema o unas notas en una sinfonía no tienen sentido; es en la armonía de todo el conjunto, en la visión panorámica, donde se encuentra la explicación. Lo que antes me parecía caótico, ahora tenía un orden perfecto, aunque antes no podía entender la coordinación de sus elementos. La imagen del paisaje representaba la síntesis de la evolución armónica del universo. La mente del observador de ese paisaje podía intuir todo el cosmos en un solo pensamiento. Entonces recordé el comentario del marinero sobre el origen de la isla:
– Dicen que los artistas de la civilización extinguida construyeron todas las esculturas de la isla, pero yo creo que fue la obra directa de la Naturaleza.
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