Asklepios
Incinerando envidias
Ofrecí ayudarte hasta conseguir superar el castigo que te suponía tu propia
desconfianza. No resultó nada fácil, la verdad. La ilusión tardó en aparecer. Fue
entonces cuando pudimos empezar a desmontar ese que es el primero y más
complicado obstáculo que, en su momento, tú misma te procuraste al renegar de tu
propia dignidad y autoestima.
No sé si lo recordarás pero el lenguaje en tu interior apenas conseguía pronunciarse
con esa colección de chillidos espesos que poco a poco fueron apareciendo en tu
interior. Llegaron a ser tantos que no dejaban de tropezarse unos con otros mientras
no dejabas de intentar, desesperada, decir todo y no conseguir nada. Costó mucho
convencerlos de que renunciaran a ese desorden que poco a poco permitiste, debido a
tu dejadez, se instalara entre ellos, dentro de ti, hasta casi llegar a dominarles por
completo. Tú, evidentemente, también corriste un enorme peligro por ello.
Por fortuna, inesperada y repentinamente, decidiste intentar remontar el terreno
perdido desde tus primeras renuncias. Hablamos mucho sobre ello. Finalmente,
comprendiste no tener nada que perder y sí mucho que ganar. Me confesaste sentir
enormes deseos de volver a sentir, de volver a recuperar la curiosidad pura y original.
“Y para ello, desde siempre, es necesaria la confianza”. Terminaste aquella confesión
con estas palabras.
Así empezó todo. A partir de aquella noche, de poco más, por no decir que de nada
más, tuve que preocuparme ni ocuparme. Sea lo que fuere lo que entonces te sucedió,
hizo que regresaras de nuevo a la esencia pura de ti misma. Esa que, confieso que en
más de una ocasión, también creí irrecuperable.
desconfianza. No resultó nada fácil, la verdad. La ilusión tardó en aparecer. Fue
entonces cuando pudimos empezar a desmontar ese que es el primero y más
complicado obstáculo que, en su momento, tú misma te procuraste al renegar de tu
propia dignidad y autoestima.
No sé si lo recordarás pero el lenguaje en tu interior apenas conseguía pronunciarse
con esa colección de chillidos espesos que poco a poco fueron apareciendo en tu
interior. Llegaron a ser tantos que no dejaban de tropezarse unos con otros mientras
no dejabas de intentar, desesperada, decir todo y no conseguir nada. Costó mucho
convencerlos de que renunciaran a ese desorden que poco a poco permitiste, debido a
tu dejadez, se instalara entre ellos, dentro de ti, hasta casi llegar a dominarles por
completo. Tú, evidentemente, también corriste un enorme peligro por ello.
Por fortuna, inesperada y repentinamente, decidiste intentar remontar el terreno
perdido desde tus primeras renuncias. Hablamos mucho sobre ello. Finalmente,
comprendiste no tener nada que perder y sí mucho que ganar. Me confesaste sentir
enormes deseos de volver a sentir, de volver a recuperar la curiosidad pura y original.
“Y para ello, desde siempre, es necesaria la confianza”. Terminaste aquella confesión
con estas palabras.
Así empezó todo. A partir de aquella noche, de poco más, por no decir que de nada
más, tuve que preocuparme ni ocuparme. Sea lo que fuere lo que entonces te sucedió,
hizo que regresaras de nuevo a la esencia pura de ti misma. Esa que, confieso que en
más de una ocasión, también creí irrecuperable.