BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Acaricio la blanda calavera
el sistema endémico que me procura
ínclitas gratificaciones, la elevación
suprema de tanto inepto llamado
como vástago insensato de Satanás.
Proclamo mi defensa, soy solitario
hasta las entrañas, y mi asco, supera
los límites de las hazañas de mi especie.
Acaricio la blanda calavera, su fortaleza
inaudita, su volumen de paloma altanera,
sometida a los vientos instantáneos de un
futuro breve e inexacto.
Irrigo sus zonas de descanso, el confort
de las partes más flexibles, las mareas
del regocijo humano, donde se proyectan
todavía las antorchas anquilosadas de la
inquisición, o su número de luces y acuáticas
sombras.
Busco el número interior, su nomenclatura
exacta, nada me avisa que podría ser la mía
propia, dentro de esta maleza inquieta, dentro
de estos bloques de cemento y hormigón armado.
Acaricio la blanda calavera. Su estatus dormido
de olivo abastecido por la suerte, las nieves de enero,
o el sintagma que une las batallas del noroeste de mi
patria.
Me sorprende repentinamente, la agonía de las flores.
Su brisa corporal y robusta, el silencio de las noches.
Las axilas envejecidas de los miembros que componen
mi tribu, sus fragmentos de bala de la eterna y anodina
guerra.
Son las noches semilleros de caminos, pronta protesta
de estrellas impresionistas, declaradas por los cerros,
infames en los aspectos terrestres.
Mi número envejeció. Las semillas son granos
de la discordia. Mi pasado no existe o se lo tragó
la tierra. La misma que me absorberá a mí, sin duda.
Y yo declino ofertas con la misma seguridad del
que se quiere morir.
©
el sistema endémico que me procura
ínclitas gratificaciones, la elevación
suprema de tanto inepto llamado
como vástago insensato de Satanás.
Proclamo mi defensa, soy solitario
hasta las entrañas, y mi asco, supera
los límites de las hazañas de mi especie.
Acaricio la blanda calavera, su fortaleza
inaudita, su volumen de paloma altanera,
sometida a los vientos instantáneos de un
futuro breve e inexacto.
Irrigo sus zonas de descanso, el confort
de las partes más flexibles, las mareas
del regocijo humano, donde se proyectan
todavía las antorchas anquilosadas de la
inquisición, o su número de luces y acuáticas
sombras.
Busco el número interior, su nomenclatura
exacta, nada me avisa que podría ser la mía
propia, dentro de esta maleza inquieta, dentro
de estos bloques de cemento y hormigón armado.
Acaricio la blanda calavera. Su estatus dormido
de olivo abastecido por la suerte, las nieves de enero,
o el sintagma que une las batallas del noroeste de mi
patria.
Me sorprende repentinamente, la agonía de las flores.
Su brisa corporal y robusta, el silencio de las noches.
Las axilas envejecidas de los miembros que componen
mi tribu, sus fragmentos de bala de la eterna y anodina
guerra.
Son las noches semilleros de caminos, pronta protesta
de estrellas impresionistas, declaradas por los cerros,
infames en los aspectos terrestres.
Mi número envejeció. Las semillas son granos
de la discordia. Mi pasado no existe o se lo tragó
la tierra. La misma que me absorberá a mí, sin duda.
Y yo declino ofertas con la misma seguridad del
que se quiere morir.
©