Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
No es amargo el sabor del desencanto. Es algo indefinido, una mezcla de sabor triste con un dejo rancio. Al fin y a la postre ni siquiera le quedaba la amargura; “eso es”, pensó, “para quienes no se han resignado”. Él había construido en su pecho un hogar a la desesperanza.
Tomó papel del paquete de folios que dormitaba en el cajón y la pluma, de tinta negra, con la que le gustaba escribir. Comenzó:
“Mi querida…” ¡Pensar que existían gentes para las que ese encabezamiento no era más que mera fórmula!
“Mi querida…” a él le dolía ese querer en el pecho; querida, queridísima, le ardían en los labios al llenarle la boca. Quería profunda y enteramente, se abrasaba en aquel fuego y, entre luz y llamas, se consumía. Nunca antes había sido así, nunca se había dado como entonces se entregaba. Pleno de sentimientos, éstos le rebosaban, desbordándole, sin poderlos expresar con palabras ni gestos. Balbuceaba entonces, entre lágrimas desoladas, las palabras del poeta: “voy a romper la pluma, ya no la necesito, lo que mi alma siente, yo no lo sé decir”.
Pasó la vista por las letras que esperaban en el papel y posó las yemas de los dedos sobre la tinta seca. Era como si tomaran vida y le hormiguearan el ser. Las palabras se abrían al universo y le encerraban en un mundo incómodo y pequeño. Se refregó los ojos con el dorso de la mano y una lágrima quedó prendida, solitaria y brillante, en su mejilla.
“Mi querida…” Allí seguían. Mas a él le habían rechazado. No era un rechazo violento, brusco. Era la suavidad de un “no” quedamente expresado, reciamente repetido, que se elevaba a los infinitos. Un “no” que barrenaba su ansia de amor compartido, su sueño de vivir anhelando primaveras.
Se sentía fracasado, pero sin haber habido fracaso. Era el cansancio de escalar la cima imposible, la tragedia de rendirse y despeñarse por solitarios ventisqueros, sin que la montaña se inmute, sin que, siquiera, lo note.
Le habían parecido inútiles y un poco farisaicos los exámenes de conciencia. No obstante, allí se encontraba él, con la pluma en la mano, frente al papel casi en blanco, pasando revista a su vida. Sentía como haber ido a tumbos, recorriendo a traspiés la existencia. Volver la vista atrás se torna doloroso cuando uno halla el camino embarrado de sueños que, inalcanzables, han ido muriendo y cayendo como hojas de otoño. Es curioso ver que el tiempo nos da una perspectiva que nos permite encontrarnos al cabo de los años con nosotros mismos, incapaces de reconocernos, como extraños que habitasen, en tiempos diferentes, el mismo cuerpo.
Dudaba, aunque a estas alturas poco podía importar, si se había comportado cobardemente. Tal vez se le pudiese acusar de otras cosas, pero no de no haber luchado valerosamente; claro es que entonces era joven e idealista. Tenía un acusado espíritu de lo justo y se revolvía frente a todo atropello. Entonces vivir era buscar fórmulas solidarias de entendimiento, pensando, creyendo, deseando pensar y creer que los hombres no esperaban más que un pequeño empujón para entrelazar sus manos y levantar un mundo mejor. Uno no tiene más que esperar, ver transcurrir los días, los meses, los años y la vida se desenvuelve ante él como una escuela de intrigas, de intereses y grandes egoísmos. Su padre lo comentaba muchas veces con un dicho que se le había anclado desde los viejos días de los campamentos: “se le caen a uno los palos del sombrajo”. Era como si los palos de la vida se le hubiesen caído encima y el existir le aplastase hasta casi asfixiarlo. Si se tiene tiempo y resuello para ello, a veces uno se cuestiona el porqué y el para qué. La ofrenda y el sacrificio. Probablemente él lo hizo en el peor momento, viendo el ir y venir de las gentes, indiferentes, pequeñas y mezquinas. En esas ocasiones, la respuesta suele ser siempre la misma:”no merece la pena”. Pero él, cuando abandonó el cuadrilátero lo hizo sonado, terriblemente castigado, llena el alma de cicatrices y el sentimiento de costurones.
Tomó aire en una inspiración como un suspiro y volvió al tiempo, al dolor presente. Abandonó su mirar el vacío y en sus ojos perdidos, lentamente, una mancha blanquecina y borrosa se fue perfilando. Ante él seguían las dos palabras:” Mi querida…”
Había querido antes a otras y a otra. Hubo, claro está, un amor primero, infantil, de miradas y compañías, de paseos, de pipas y caramelos. También el amor tímido y callado, construido de silencios y lejanías, en su esencia secreto, compartido con el amigo íntimo que era el único que entendía de desvelos. Mas todo eso, lo dulce, lo hermoso, lo va pudriendo el cuerpo a medida que nos van corriendo los años.
Se casó feliz y enamorado. Fueron unos años de compañía, de hijos, de trabajo, de afán iluminado. Pero llega un momento en la compañía se torna en agobio. El compartir, en ceder y ceder. La felicidad puede un día transformarse en un infierno. Ahora, al pensar en ello ya no sentía dolor, ni resentimiento. ¿Quién es culpable de que un matrimonio se acabe? No hay culpables, pero hay culpas. Silencios culpables y palabras culpables. Ausencias y presencias. Abandonos. Ocurre como un desgarrón, un no sé qué que se desgaja y abre un abismo insondable e insalvable. Como perder la orientación, extraviarse y ver sobrecogido cómo cae a pedazos aquello tan duramente levantado. Reproches. Hubo reproches por parte de ella, de amigos, de familiares e, incluso, de él mismo. Quizás los peores reproches son los que uno puede hacerse a sí mismo. Porque uno no se puede engañar, porque conoce todos los cómo, cuándo y porqué.
Mentiría si dijese que pensó en volverse a enamorar. Eso es algo que no se tiene previsto. El amor surge como un asalto, pillándonos en ocasiones desprevenidos. Se cree que los años le vuelven a uno invulnerable, pero no es verdad. Los años debilitan el cuerpo mas no despuntan el sentimiento. Tras el amor, el cariño, el deseo, la pasión. La sensibilidad frenética y acerada que golpea el pecho a impulsos de la emoción. Y es cuando se quiere uno envolver en besos y arropar en abrazos, en definitiva, pedir amor.
El recuerdo dormido de los catorce años se transforma en realidad palpable, en un ardiente escalofrío recorriendo los brazos, las manos, quemando el pulpejo de los dedos, abrasando el ser como un rescoldo que un viento antiguo avivase a impulsos de un nuevo aliento.
Aparece impetuosa el ansia de presencias continuas e incontenidas, rodeando el existir en meridianos enamorados. Como volar, necesidad de despegar del suelo, hacerse presencia desbordada de sueños, en el aire, en el vuelo, como ave, en fénix convertido, de las cenizas renaciendo.
Ella le quería, en múltiples ocasiones se lo había repetido. Él la amaba. Ella no. Ese impulso último, el salto al vértigo de una vida nueva, dualidad unitaria del existir compartido, es lo que se le niega.
Ante el papel, jugueteando con la pluma estilográfica, intenta ordenar los pensamientos, hacer brotar las palabras justas en las que decir cuánto y cómo la ama. Apenas ha esbozado dos palabras: “Mi querida…”
Y no sabe seguir, expresar cuánto desea su presencia, cómo la necesita. Ante su negativa se va a rendir, quizás por vez primera, pero ya no merece la pena seguir. Asaltado por el miedo, ese pavor a querer y no ser querido, el miedo desmedido a no ser amado. Hay una mezcla de temores: ella teme amar y combate su temor negándose al sentir enamorado. Él teme perderla, mantenerse lejos o estar cerca aparentando frío, manteniendo una actitud indiferente y distante que le va rompiendo las entrañas.
Cierra los ojos y piensa:”He dilapidado mi destino”. Vivir es una broma cruel. Sin embargo…¡Cuánto amor atesora! Si supiera expresarlo, la animaría al amor a vivirlo sin temores y entregarse. Escrito está: “Se le perdonó mucho, porque amó mucho”.
Primeramente fue una ligera molestia, una sensación de angustia que crecía hasta no caberle en el corazón. Una sombra roja velándole el mirar. Un dolor lancinante le traspasó el pecho. Una opresión. Un ahogo. La presencia de la muerte presentida. Casi como una ráfaga, en una alucinación de los sentidos, volvió a ver aquel rostro que amaba y los oídos se le llenaron de una canción. Creció la opresión. Una lágrima. Suavemente, sin ruido, dejó caer la cabeza sobre el blanco papel. Los ojos abiertos contemplaban lo escrito: “Mi querida…”
El médico forense, después de examinarlo, diagnosticó: “Infarto de miocardio”
No importaba, ahora él ya no estaba allí.
Nota.- los versos que se citan son de Gerardo Diego
Tomó papel del paquete de folios que dormitaba en el cajón y la pluma, de tinta negra, con la que le gustaba escribir. Comenzó:
“Mi querida…” ¡Pensar que existían gentes para las que ese encabezamiento no era más que mera fórmula!
“Mi querida…” a él le dolía ese querer en el pecho; querida, queridísima, le ardían en los labios al llenarle la boca. Quería profunda y enteramente, se abrasaba en aquel fuego y, entre luz y llamas, se consumía. Nunca antes había sido así, nunca se había dado como entonces se entregaba. Pleno de sentimientos, éstos le rebosaban, desbordándole, sin poderlos expresar con palabras ni gestos. Balbuceaba entonces, entre lágrimas desoladas, las palabras del poeta: “voy a romper la pluma, ya no la necesito, lo que mi alma siente, yo no lo sé decir”.
Pasó la vista por las letras que esperaban en el papel y posó las yemas de los dedos sobre la tinta seca. Era como si tomaran vida y le hormiguearan el ser. Las palabras se abrían al universo y le encerraban en un mundo incómodo y pequeño. Se refregó los ojos con el dorso de la mano y una lágrima quedó prendida, solitaria y brillante, en su mejilla.
“Mi querida…” Allí seguían. Mas a él le habían rechazado. No era un rechazo violento, brusco. Era la suavidad de un “no” quedamente expresado, reciamente repetido, que se elevaba a los infinitos. Un “no” que barrenaba su ansia de amor compartido, su sueño de vivir anhelando primaveras.
Se sentía fracasado, pero sin haber habido fracaso. Era el cansancio de escalar la cima imposible, la tragedia de rendirse y despeñarse por solitarios ventisqueros, sin que la montaña se inmute, sin que, siquiera, lo note.
Le habían parecido inútiles y un poco farisaicos los exámenes de conciencia. No obstante, allí se encontraba él, con la pluma en la mano, frente al papel casi en blanco, pasando revista a su vida. Sentía como haber ido a tumbos, recorriendo a traspiés la existencia. Volver la vista atrás se torna doloroso cuando uno halla el camino embarrado de sueños que, inalcanzables, han ido muriendo y cayendo como hojas de otoño. Es curioso ver que el tiempo nos da una perspectiva que nos permite encontrarnos al cabo de los años con nosotros mismos, incapaces de reconocernos, como extraños que habitasen, en tiempos diferentes, el mismo cuerpo.
Dudaba, aunque a estas alturas poco podía importar, si se había comportado cobardemente. Tal vez se le pudiese acusar de otras cosas, pero no de no haber luchado valerosamente; claro es que entonces era joven e idealista. Tenía un acusado espíritu de lo justo y se revolvía frente a todo atropello. Entonces vivir era buscar fórmulas solidarias de entendimiento, pensando, creyendo, deseando pensar y creer que los hombres no esperaban más que un pequeño empujón para entrelazar sus manos y levantar un mundo mejor. Uno no tiene más que esperar, ver transcurrir los días, los meses, los años y la vida se desenvuelve ante él como una escuela de intrigas, de intereses y grandes egoísmos. Su padre lo comentaba muchas veces con un dicho que se le había anclado desde los viejos días de los campamentos: “se le caen a uno los palos del sombrajo”. Era como si los palos de la vida se le hubiesen caído encima y el existir le aplastase hasta casi asfixiarlo. Si se tiene tiempo y resuello para ello, a veces uno se cuestiona el porqué y el para qué. La ofrenda y el sacrificio. Probablemente él lo hizo en el peor momento, viendo el ir y venir de las gentes, indiferentes, pequeñas y mezquinas. En esas ocasiones, la respuesta suele ser siempre la misma:”no merece la pena”. Pero él, cuando abandonó el cuadrilátero lo hizo sonado, terriblemente castigado, llena el alma de cicatrices y el sentimiento de costurones.
Tomó aire en una inspiración como un suspiro y volvió al tiempo, al dolor presente. Abandonó su mirar el vacío y en sus ojos perdidos, lentamente, una mancha blanquecina y borrosa se fue perfilando. Ante él seguían las dos palabras:” Mi querida…”
Había querido antes a otras y a otra. Hubo, claro está, un amor primero, infantil, de miradas y compañías, de paseos, de pipas y caramelos. También el amor tímido y callado, construido de silencios y lejanías, en su esencia secreto, compartido con el amigo íntimo que era el único que entendía de desvelos. Mas todo eso, lo dulce, lo hermoso, lo va pudriendo el cuerpo a medida que nos van corriendo los años.
Se casó feliz y enamorado. Fueron unos años de compañía, de hijos, de trabajo, de afán iluminado. Pero llega un momento en la compañía se torna en agobio. El compartir, en ceder y ceder. La felicidad puede un día transformarse en un infierno. Ahora, al pensar en ello ya no sentía dolor, ni resentimiento. ¿Quién es culpable de que un matrimonio se acabe? No hay culpables, pero hay culpas. Silencios culpables y palabras culpables. Ausencias y presencias. Abandonos. Ocurre como un desgarrón, un no sé qué que se desgaja y abre un abismo insondable e insalvable. Como perder la orientación, extraviarse y ver sobrecogido cómo cae a pedazos aquello tan duramente levantado. Reproches. Hubo reproches por parte de ella, de amigos, de familiares e, incluso, de él mismo. Quizás los peores reproches son los que uno puede hacerse a sí mismo. Porque uno no se puede engañar, porque conoce todos los cómo, cuándo y porqué.
Mentiría si dijese que pensó en volverse a enamorar. Eso es algo que no se tiene previsto. El amor surge como un asalto, pillándonos en ocasiones desprevenidos. Se cree que los años le vuelven a uno invulnerable, pero no es verdad. Los años debilitan el cuerpo mas no despuntan el sentimiento. Tras el amor, el cariño, el deseo, la pasión. La sensibilidad frenética y acerada que golpea el pecho a impulsos de la emoción. Y es cuando se quiere uno envolver en besos y arropar en abrazos, en definitiva, pedir amor.
El recuerdo dormido de los catorce años se transforma en realidad palpable, en un ardiente escalofrío recorriendo los brazos, las manos, quemando el pulpejo de los dedos, abrasando el ser como un rescoldo que un viento antiguo avivase a impulsos de un nuevo aliento.
Aparece impetuosa el ansia de presencias continuas e incontenidas, rodeando el existir en meridianos enamorados. Como volar, necesidad de despegar del suelo, hacerse presencia desbordada de sueños, en el aire, en el vuelo, como ave, en fénix convertido, de las cenizas renaciendo.
Ella le quería, en múltiples ocasiones se lo había repetido. Él la amaba. Ella no. Ese impulso último, el salto al vértigo de una vida nueva, dualidad unitaria del existir compartido, es lo que se le niega.
Ante el papel, jugueteando con la pluma estilográfica, intenta ordenar los pensamientos, hacer brotar las palabras justas en las que decir cuánto y cómo la ama. Apenas ha esbozado dos palabras: “Mi querida…”
Y no sabe seguir, expresar cuánto desea su presencia, cómo la necesita. Ante su negativa se va a rendir, quizás por vez primera, pero ya no merece la pena seguir. Asaltado por el miedo, ese pavor a querer y no ser querido, el miedo desmedido a no ser amado. Hay una mezcla de temores: ella teme amar y combate su temor negándose al sentir enamorado. Él teme perderla, mantenerse lejos o estar cerca aparentando frío, manteniendo una actitud indiferente y distante que le va rompiendo las entrañas.
Cierra los ojos y piensa:”He dilapidado mi destino”. Vivir es una broma cruel. Sin embargo…¡Cuánto amor atesora! Si supiera expresarlo, la animaría al amor a vivirlo sin temores y entregarse. Escrito está: “Se le perdonó mucho, porque amó mucho”.
Primeramente fue una ligera molestia, una sensación de angustia que crecía hasta no caberle en el corazón. Una sombra roja velándole el mirar. Un dolor lancinante le traspasó el pecho. Una opresión. Un ahogo. La presencia de la muerte presentida. Casi como una ráfaga, en una alucinación de los sentidos, volvió a ver aquel rostro que amaba y los oídos se le llenaron de una canción. Creció la opresión. Una lágrima. Suavemente, sin ruido, dejó caer la cabeza sobre el blanco papel. Los ojos abiertos contemplaban lo escrito: “Mi querida…”
El médico forense, después de examinarlo, diagnosticó: “Infarto de miocardio”
No importaba, ahora él ya no estaba allí.
Nota.- los versos que se citan son de Gerardo Diego
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