José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Tras la improvisada ventana
una mujer descalza busca
sus guantes de seda forrados de lana.
Su descolorida y larga melena
de puntas indefinidas,
oscurece el cielo con nubarrones;
y en las alturas, en sus dominios,
esperan y vuelan sendos dragones.
Saben que un clon de mujer
les ha robado el azul del cielo.
Ella, valiente, se asoma a la ortopédica ventana,
y lanza al abismo los tacones y las medias.
Dice, no ser un clon ni una ladrona.
Se siente ofendida y herida en su orgullo,
decidida a cambiar el rumbo de la Luna,
se lanza a los brazos del otoño y engarza
con sus garras las fauces del dragón
que muere desangrado,
ahogado en su propio error.
Su hermano dragón,
asustado como un pajarillo,
reza y le pide perdón.
Ya no es tiempo de perdones,
dice una mujer con coj…*,
es el tiempo de renacer con fuerza,
de quererse,
de crecer,
de mostrarse sin miedos,
sin pedir permiso, ni perdones.
Es el tiempo de la mujer,
desnuda o vestida,
de violeta o magenta,
dueña de los cielos y de la tierra.
Sin dueños, sin proxenetas,
sin protectores,
sin dragones que la humillen.
Sin dragones que la sometan.