kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
PÁRAMO
A veces, me atraviesa la sombra del abedul
con el que me entendía cuando era niño.
Aquella sombra es hoy el grito de un ciprés,
de un puñal, de una copa rota, de un colmillo.
Un grito que no para de crecer ante mí
mientras un premonitorio resabio a musgo
gotea bajo la madera perpleja y blanda de mi paladar.
Es curioso cómo aquellas inofensivas pecas de luz
esculpen hoy una siniestra sombra chinesca
que amenaza mi horizonte
con su forma de grito de cruces.
Y ese grito que tapa mi boca
no ha llegado a mí porque la vida se me escape
ni porque comprenda que todo es nada,
sino porque este mundo, maldita sea,
se viene literalmente abajo,
y la sombra avanza y no tengo fuerzas para batallar
mientras un telón de guillotina silba su punto final.
Otras veces, soy yo el propio árbol y agradezco ser quien soy
a pesar de las muescas negras que la vida va cosiendo
en el papiro blanco que subyace bajo la fina piel de mi pecho.
Y me siento fuerte y esas heridas que embellecen mi corteza
me hacen comprender el tremendo milagro
de poder habitar este mundo.
Pero el mundo está ardiendo y el ser humano se mata
por esos hombres de traje blanco que desde sus atalayas
proclaman con arrogante gravedad que así debe ser.
Y pienso en mis ángeles alados y en su futuro,
y de cómo esa niña de la tierra de los abedules,
por ejemplo, es despreciada por los inquisidores del siglo XXI,
y entones me cago en Dios, es decir,
me cago en la demoniaca divinidad
que anida en el ser humano.
Y en esta espiral de angustia
nace la revolución del acto creador.
Abandono las trincheras de mi corteza,
mi savia trepa hasta las yemas de los abedules
dispersándose entre las postreras virutas de oro
que tiemblan en los peciolos otoñales,
a punto de quebrar…
Después, estalla y vuela mi fragilidad
y despierto recostado sobre un colchón de nieve
desnudo, con un poema sublevado en mis labios
y la esperanza de una primavera por deshojar.
Algunos dicen que la poesía no sirve para nada,
pero yo sé que lo dicen porque les aterra
que la luz del verso apague la sombra de sus certezas.
En algún lugar del color de nuestra existencia
la paleta viró al negro y ya no supimos reaccionar.
Pero estamos a tiempo, al menos, de intentarlo.
Aquel páramo que pintó Ana Gema es lo que yo quise,
es lo que yo quiero, para mi mundo.
Quiero que los abedules alcen sus brazos hacia el cielo
y nos enseñen con su danza el camino
y viertan la luz encarnada del cielo
sobre el páramo enfermo de nuestra existencia.
Pero para llegar a ello la humanidad
debe sentarse de una vez por todas en la roca de su erial
y reescribir sus propios versos
para así poder darse una oportunidad.
Es ahora o nunca.
Estamos a tiempo, al menos, de intentarlo.
Kalkbadan
En Madrid, 15 de diciembre 2019
A veces, me atraviesa la sombra del abedul
con el que me entendía cuando era niño.
Aquella sombra es hoy el grito de un ciprés,
de un puñal, de una copa rota, de un colmillo.
Un grito que no para de crecer ante mí
mientras un premonitorio resabio a musgo
gotea bajo la madera perpleja y blanda de mi paladar.
Es curioso cómo aquellas inofensivas pecas de luz
esculpen hoy una siniestra sombra chinesca
que amenaza mi horizonte
con su forma de grito de cruces.
Y ese grito que tapa mi boca
no ha llegado a mí porque la vida se me escape
ni porque comprenda que todo es nada,
sino porque este mundo, maldita sea,
se viene literalmente abajo,
y la sombra avanza y no tengo fuerzas para batallar
mientras un telón de guillotina silba su punto final.
Otras veces, soy yo el propio árbol y agradezco ser quien soy
a pesar de las muescas negras que la vida va cosiendo
en el papiro blanco que subyace bajo la fina piel de mi pecho.
Y me siento fuerte y esas heridas que embellecen mi corteza
me hacen comprender el tremendo milagro
de poder habitar este mundo.
Pero el mundo está ardiendo y el ser humano se mata
por esos hombres de traje blanco que desde sus atalayas
proclaman con arrogante gravedad que así debe ser.
Y pienso en mis ángeles alados y en su futuro,
y de cómo esa niña de la tierra de los abedules,
por ejemplo, es despreciada por los inquisidores del siglo XXI,
y entones me cago en Dios, es decir,
me cago en la demoniaca divinidad
que anida en el ser humano.
Y en esta espiral de angustia
nace la revolución del acto creador.
Abandono las trincheras de mi corteza,
mi savia trepa hasta las yemas de los abedules
dispersándose entre las postreras virutas de oro
que tiemblan en los peciolos otoñales,
a punto de quebrar…
Después, estalla y vuela mi fragilidad
y despierto recostado sobre un colchón de nieve
desnudo, con un poema sublevado en mis labios
y la esperanza de una primavera por deshojar.
Algunos dicen que la poesía no sirve para nada,
pero yo sé que lo dicen porque les aterra
que la luz del verso apague la sombra de sus certezas.
En algún lugar del color de nuestra existencia
la paleta viró al negro y ya no supimos reaccionar.
Pero estamos a tiempo, al menos, de intentarlo.
Aquel páramo que pintó Ana Gema es lo que yo quise,
es lo que yo quiero, para mi mundo.
Quiero que los abedules alcen sus brazos hacia el cielo
y nos enseñen con su danza el camino
y viertan la luz encarnada del cielo
sobre el páramo enfermo de nuestra existencia.
Pero para llegar a ello la humanidad
debe sentarse de una vez por todas en la roca de su erial
y reescribir sus propios versos
para así poder darse una oportunidad.
Es ahora o nunca.
Estamos a tiempo, al menos, de intentarlo.
Kalkbadan
En Madrid, 15 de diciembre 2019
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