Miguel Mercurio
Poeta recién llegado
Incesante y desafinada suena
desde el primero al último eslabón,
la eterna y melancólica canción
de una larga y poderosa cadena.
Es el peso de una amarga condena
ligada a lo humano sin solución,
no entienden sus hierros de compasión
por quien sufre en sus carnes esa pena.
Se agarra como la asfixiante hiedra
a las maltrechas paredes del alma,
descubierta en los inviernos más fríos.
Se clavan sus aceros en la piedra
que cubre el corazón falto de calma,
preso de los temores más sombríos.
Sólo cuando el onírico momento
se cierne impetuoso sobre el gris lecho,
logra su indulto el oprimido pecho
del profundo y metálico lamento.
¡Qué maravilloso es vivir exento
de los miedos y su incansable acecho,
sabiendo que atravesaron el techo
las aves dormidas del pensamiento!
Allí no existe el constante dolor
de sus férreas marcas en la piel,
desnuda libre de todo pudor
bañada por la dulce y rica miel,
de las hermosas flores del amor
perenne, colorido y siempre fiel.
desde el primero al último eslabón,
la eterna y melancólica canción
de una larga y poderosa cadena.
Es el peso de una amarga condena
ligada a lo humano sin solución,
no entienden sus hierros de compasión
por quien sufre en sus carnes esa pena.
Se agarra como la asfixiante hiedra
a las maltrechas paredes del alma,
descubierta en los inviernos más fríos.
Se clavan sus aceros en la piedra
que cubre el corazón falto de calma,
preso de los temores más sombríos.
Sólo cuando el onírico momento
se cierne impetuoso sobre el gris lecho,
logra su indulto el oprimido pecho
del profundo y metálico lamento.
¡Qué maravilloso es vivir exento
de los miedos y su incansable acecho,
sabiendo que atravesaron el techo
las aves dormidas del pensamiento!
Allí no existe el constante dolor
de sus férreas marcas en la piel,
desnuda libre de todo pudor
bañada por la dulce y rica miel,
de las hermosas flores del amor
perenne, colorido y siempre fiel.