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Romance a la mujer enterrada

Manuel de Cilla

Poeta recién llegado
Leotardos amarillos,
vestían a aquella dama
de sueños que se entierran
bajo pétalos de agua;
temía al verbo soñar
como la oveja teme al lobo,
y reía por no llorar
lágrimas secas de oprobio.

Camisa desquebrajada que
cubre su pecho muerto,
rojizo y amoratado
quejidos a los cuatros vientos,
desde un corazón ya negro,
acartonado, sin sangre,
latidos que suenas mudos,
llenos de heridas con vinagre.

Venas llenas de veneno
que hinchan su piel erizada,
mientras le pregunta al mundo
por la ilusión ya olvidada.
-¿Qué me pasó viejo mundo
que el día se vuelve oscuro,
la vida ya no la quiero
prefiero la muerte al cielo-
-Tranquila mi dulce niña
la urraca negra se acerca,
y hará que por fin descanses
en tu traje de madera-

*

Apenas dos días después
un cuchillo rajó con tino,
las tripas muertas de su alma,

pues ebrio su marido
marcó el último punto
de una vida ya acabada.​
 
Desgraciadamente, la realidad es como la describes: "temía al verbo soñar", demasiado cierto. Es increible como pueden haber seres tan enfermos y crueles que no se contenten con arrancar la piel de sus parejas, sinó que con ella arrancan sus esperanzas. Y la mujer inocente e ingenua aguanta sabiendo que el único posible final es su muerte...


tétrica realidad.
 
Desgraciadamente, la realidad es como la describes: "temía al verbo soñar", demasiado cierto. Es increible como pueden haber seres tan enfermos y crueles que no se contenten con arrancar la piel de sus parejas, sinó que con ella arrancan sus esperanzas. Y la mujer inocente e ingenua aguanta sabiendo que el único posible final es su muerte...


tétrica realidad.

Cierto es lo que dices, pero la realidad parece no cambiar y queda patente en cada nueva noticia de violencia doméstica. Un saludo.
 
Leotardos amarillos,
vestían a aquella dama
de sueños que se entierran
bajo pétalos de agua;
temía al verbo soñar
como la oveja teme al lobo,
y reía por no llorar
lágrimas secas de oprobio.

Camisa desquebrajada que
cubre su pecho muerto,
rojizo y amoratado
quejidos a los cuatros vientos,
desde un corazón ya negro,
acartonado, sin sangre,
latidos que suenas mudos,
llenos de heridas con vinagre.

Venas llenas de veneno
que hinchan su piel erizada,
mientras le pregunta al mundo
por la ilusión ya olvidada.
-¿Qué me pasó viejo mundo
que el día se vuelve oscuro,
la vida ya no la quiero
prefiero la muerte al cielo-
-Tranquila mi dulce niña
la urraca negra se acerca,
y hará que por fin descanses
en tu traje de madera-

*

Apenas dos días después
un cuchillo rajó con tino,
las tripas muertas de su alma,

pues ebrio su marido
marcó el último punto
de una vida ya acabada.​
Casi perfecto, unos pequeños toques madurarían la armonía. Y los tercetos del final, en más de un sentido criminales. Cómo me gustaría oirlos cantar mejor.
 
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