Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
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27/04/2018
27/04/2018
La noche me suele esperar
de plata,
como de fiesta.
Su tez cadavérica lo enseña todo,
y nada en profundidad.
Es una dulce compañía,
larga desde la infancia,
querida en la adolescencia.
Culto platónico que hoy
se mira con esa sonrisa cínica y ácida.
A los niños,
como yo era,
atemorizaba la noche oscura y este traje,
todavía más, enseñándome
sus dientes.
Peligrosos, hambrientos, crípticos.
Con el pasar del tiempo,
sus atemorizantes caras, cual Jano, cambiaron
a una dulce piel de seda, que baña el cuerpo.
Como el primer amor, se hace símbolo,
de tu locura.
Y acabada la locura,
su carne se enflaquece.
Su carne intangible no daría
ni para alimento de
estrellas,
quizás de cohetes.
Los lobos solitarios que aún la hacen culto lanzan
sus aullidos como intentando
rascar un poco.
Nada sale del rasca y gana,
melancolía de ahorcados.
Los canes versados esnifan el aire
y le hacen un completo ritual pagano.
Temblando en el cielo, se cansa de tanto amante
vivo, y su sustancia les suele convertir en mojigatos,
una especie de hombres-lobo vestidos de caperucita.
Tanto han hecho en gastar las napias de
la anoréxica de plata, van cayendo de
culto en culto menor,
proyectado en su narcótico:
mujeres, a veces hombres;
con las mujeres-lobas, más extrañas,
igual, mujeres, hombres...
Acaban grises y blancos como ella,
queriéndola imitar,
que su calavera plateada hace de sacrificio,
al lado de un poema de Bukowski.
de plata,
como de fiesta.
Su tez cadavérica lo enseña todo,
y nada en profundidad.
Es una dulce compañía,
larga desde la infancia,
querida en la adolescencia.
Culto platónico que hoy
se mira con esa sonrisa cínica y ácida.
A los niños,
como yo era,
atemorizaba la noche oscura y este traje,
todavía más, enseñándome
sus dientes.
Peligrosos, hambrientos, crípticos.
Con el pasar del tiempo,
sus atemorizantes caras, cual Jano, cambiaron
a una dulce piel de seda, que baña el cuerpo.
Como el primer amor, se hace símbolo,
de tu locura.
Y acabada la locura,
su carne se enflaquece.
Su carne intangible no daría
ni para alimento de
estrellas,
quizás de cohetes.
Los lobos solitarios que aún la hacen culto lanzan
sus aullidos como intentando
rascar un poco.
Nada sale del rasca y gana,
melancolía de ahorcados.
Los canes versados esnifan el aire
y le hacen un completo ritual pagano.
Temblando en el cielo, se cansa de tanto amante
vivo, y su sustancia les suele convertir en mojigatos,
una especie de hombres-lobo vestidos de caperucita.
Tanto han hecho en gastar las napias de
la anoréxica de plata, van cayendo de
culto en culto menor,
proyectado en su narcótico:
mujeres, a veces hombres;
con las mujeres-lobas, más extrañas,
igual, mujeres, hombres...
Acaban grises y blancos como ella,
queriéndola imitar,
que su calavera plateada hace de sacrificio,
al lado de un poema de Bukowski.