Chepeleon Arguello
Poeta veterano en el Portal
A: Jorge Quiñónez y Ana María Guerrero
El murmullo del tráfico en la ciudad
respira cansado ante el miedo absoluto
de la espera.
No hay pausa en las horas
solo la inocencia durmió por la noche.
Al borde del abismo
nos sonríe deliberadamente el caos con sutileza.
Un rosario disonante de dudas
se impone prematuramente sobre el asfalto.
El ¡Din! ¡Dan! de un campanario
llama a la reflexión tardía.
Se confiesa el culpable
el inocente, el marxista
el temerario.
Desde una rendija de esperanzas frustrantes
en un ventanal dudoso de posibilidades
el miedo popular se resguarda ante la impávida espera.
El calor sofocante de la venganza
transpira en cada esquina; el odio mutuo.
El ritmo de las cosas
reclama la anarquía en todos los frentes.
El diablo se dejo ver por los barrios de arriba
y regreso contento al infierno.
¡OH anticipada locura! se le oyó decir.
De ojos negros y dulce mirada el correo
nos confirmo la trama: la molesta espera
llego a su final.
Se engrasa el valor
y se escriben tristes cartas
que anuncia prematuros pasos hacia la guerra.
Desde La Cuesta del Plomo*
las miradas de las victimas
alimentan el valor con ecos de alaridos.
Al medio día, solo el paso de las nubes
ensordecen Managua.
Tiempo-sonido estáticos
en la tragedia del panorama.
Los pasos inesperados de la revancha
crujen sobre el polvo de los callejones.
En el fuego cruzado
su odio y el nuestro.
¿Quién odia más?
Adoquines, sobre esperanzas
un monumento popular
donde se sacrificaran los anónimos héroes.
El puño cerrado y en alto
resguardando la bala, que hiere el miedo
donde se cobija el nombre del enemigo
en un eterno llanto.
Tiembla un niño en mi piel
en su rostro el enigma en la mirada de los héroes
que pretendo inmolar.
1 PM; el primer disparo.
No hay espacio para que retroceda el miedo.
La Cuesta del Plomo: lugar donde los aparatos represivos del régimen somocista utilizaban como botadero de cadáveres de las victimas de la represión.
El murmullo del tráfico en la ciudad
respira cansado ante el miedo absoluto
de la espera.
No hay pausa en las horas
solo la inocencia durmió por la noche.
Al borde del abismo
nos sonríe deliberadamente el caos con sutileza.
Un rosario disonante de dudas
se impone prematuramente sobre el asfalto.
El ¡Din! ¡Dan! de un campanario
llama a la reflexión tardía.
Se confiesa el culpable
el inocente, el marxista
el temerario.
Desde una rendija de esperanzas frustrantes
en un ventanal dudoso de posibilidades
el miedo popular se resguarda ante la impávida espera.
El calor sofocante de la venganza
transpira en cada esquina; el odio mutuo.
El ritmo de las cosas
reclama la anarquía en todos los frentes.
El diablo se dejo ver por los barrios de arriba
y regreso contento al infierno.
¡OH anticipada locura! se le oyó decir.
De ojos negros y dulce mirada el correo
nos confirmo la trama: la molesta espera
llego a su final.
Se engrasa el valor
y se escriben tristes cartas
que anuncia prematuros pasos hacia la guerra.
Desde La Cuesta del Plomo*
las miradas de las victimas
alimentan el valor con ecos de alaridos.
Al medio día, solo el paso de las nubes
ensordecen Managua.
Tiempo-sonido estáticos
en la tragedia del panorama.
Los pasos inesperados de la revancha
crujen sobre el polvo de los callejones.
En el fuego cruzado
su odio y el nuestro.
¿Quién odia más?
Adoquines, sobre esperanzas
un monumento popular
donde se sacrificaran los anónimos héroes.
El puño cerrado y en alto
resguardando la bala, que hiere el miedo
donde se cobija el nombre del enemigo
en un eterno llanto.
Tiembla un niño en mi piel
en su rostro el enigma en la mirada de los héroes
que pretendo inmolar.
1 PM; el primer disparo.
No hay espacio para que retroceda el miedo.
La Cuesta del Plomo: lugar donde los aparatos represivos del régimen somocista utilizaban como botadero de cadáveres de las victimas de la represión.
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