Sinedie
Sinediè
! Qué crueldad, qué paradoja,
qué irónicas las musas,
esas vírgenes ilusas,
puras y, deliciosas,
tiradas entre uvas:
se acuestan pasas con babosas
púrpuras y ociosas
las muy pulcras !
Entre el humo de unos trujas
tan princesas asquerosas
sin excusa, se creen hermosas
con las respuestas por fortuna
en su búsqueda de preguntas
y, ternuras tan absurdas
de riquezas en la boca
con pobrezas desfloradas
por franquezas codiciosas
de palomas oportunas.
Que intrusas tan curiosas...
con suave levedad se suman
al cortejo de las horas,
sin el sequito de las pausas:
se escapan si las llamas,
se esconden si las buscas,
te encuentran y se callan
y te abrazan y murmuran
silencios al oído, mudas,
para que tu ausencia no interrumpa
la atención con la que escuchan.
Jugando en corro medio desnudas
afilan calmas con guadañas,
hacen de nada todo, se burlan
y de nuevo se despreocupan:
templan aguas en su fragua
al calor de mi abandono.
! Qué ingenuidad, qué soltura,
qué diabolicas las musas,
esas bellas criaturas
duras y delicadas
dedicadas a ser infaustas !.
! Con cuánta facilidad rehúsan
esas rosas de mesalina brujas
que te ofrecen con dulzura
en la amargura que las sostiene;
la libertad con la que crecen,
la soledad que las empuja,
sin fuerza ya en el tallo,
a caer en manos de quien las tumba,
las mira, las hiere y las pronuncia !.
Y si algún dios en su locura
quiere, viene y las levanta,
las nombra y las impulsa,
no es porque le guste alguna
sino porque ellas sin las que la encumbran,
aunque hagan de él una estatua
que a pedazos se desprende
sobre el polvo que acumula.
! Qué decadencia, qué aspereza...
pobres musas por monedas
que no valen un poeta
en un charco de pizarra !.
Ni el vuelo de su prosa
cuando un verso las eleva
con esa mirada de la luna
varada, tan profunda y serena.
Su grandeza no se agota,
reinan sin corona ocultas.
Qué majestad si luz no ilustra?.
Mis señoras de las moscas.
Qué tirana en sombras rúbricas
de una lúdica lasciva
no se arroja a la esperanza
en la erosión de amaneceres;
la dispersión que las reúna
en un nombre breve
a todas juntas,
las unas con las otras,
y se conviertan en una sola
más terrible que ninguna
para el hijo de las trece?.
Sus mantis religiosas.
! Qué lealtad, cuanta paciencia
la de las musas con mis rarezas!.
Me esperan, aunque no quiera
verlas quietas y confusas,
con toda su belleza prófuga
convertida en piedras,
cantos de sirena pétreas
y Venus rémoras de Medusa:
la ligereza del sonido,
el silencio de una idea,
la pereza de un suspiro,
los delirios de certeza,
las palabras.
Las palabras que son musas cuando paran
y músicas cuando caminan.
qué irónicas las musas,
esas vírgenes ilusas,
puras y, deliciosas,
tiradas entre uvas:
se acuestan pasas con babosas
púrpuras y ociosas
las muy pulcras !
Entre el humo de unos trujas
tan princesas asquerosas
sin excusa, se creen hermosas
con las respuestas por fortuna
en su búsqueda de preguntas
y, ternuras tan absurdas
de riquezas en la boca
con pobrezas desfloradas
por franquezas codiciosas
de palomas oportunas.
Que intrusas tan curiosas...
con suave levedad se suman
al cortejo de las horas,
sin el sequito de las pausas:
se escapan si las llamas,
se esconden si las buscas,
te encuentran y se callan
y te abrazan y murmuran
silencios al oído, mudas,
para que tu ausencia no interrumpa
la atención con la que escuchan.
Jugando en corro medio desnudas
afilan calmas con guadañas,
hacen de nada todo, se burlan
y de nuevo se despreocupan:
templan aguas en su fragua
al calor de mi abandono.
! Qué ingenuidad, qué soltura,
qué diabolicas las musas,
esas bellas criaturas
duras y delicadas
dedicadas a ser infaustas !.
! Con cuánta facilidad rehúsan
esas rosas de mesalina brujas
que te ofrecen con dulzura
en la amargura que las sostiene;
la libertad con la que crecen,
la soledad que las empuja,
sin fuerza ya en el tallo,
a caer en manos de quien las tumba,
las mira, las hiere y las pronuncia !.
Y si algún dios en su locura
quiere, viene y las levanta,
las nombra y las impulsa,
no es porque le guste alguna
sino porque ellas sin las que la encumbran,
aunque hagan de él una estatua
que a pedazos se desprende
sobre el polvo que acumula.
! Qué decadencia, qué aspereza...
pobres musas por monedas
que no valen un poeta
en un charco de pizarra !.
Ni el vuelo de su prosa
cuando un verso las eleva
con esa mirada de la luna
varada, tan profunda y serena.
Su grandeza no se agota,
reinan sin corona ocultas.
Qué majestad si luz no ilustra?.
Mis señoras de las moscas.
Qué tirana en sombras rúbricas
de una lúdica lasciva
no se arroja a la esperanza
en la erosión de amaneceres;
la dispersión que las reúna
en un nombre breve
a todas juntas,
las unas con las otras,
y se conviertan en una sola
más terrible que ninguna
para el hijo de las trece?.
Sus mantis religiosas.
! Qué lealtad, cuanta paciencia
la de las musas con mis rarezas!.
Me esperan, aunque no quiera
verlas quietas y confusas,
con toda su belleza prófuga
convertida en piedras,
cantos de sirena pétreas
y Venus rémoras de Medusa:
la ligereza del sonido,
el silencio de una idea,
la pereza de un suspiro,
los delirios de certeza,
las palabras.
Las palabras que son musas cuando paran
y músicas cuando caminan.