Lo primero que viene a mi cabeza
son ideas indómitas, salvajes.
Insólitas, desnudas de sus trajes.
Diamantes brutos de una sola pieza.
Recién entonces mi trabajo empieza.
Las reduzco a deseos, arbitrajes.
Algunas, radicales, son ultrajes,
frívolas, faltas de delicadeza.
Necesitan después alguna marca,
un logo o distintivo, un propio sello
y una línea central, raíz jerarca.
Terminan en un único destello
que a viva voz pregono en la comarca
pescando a los incautos por el cuello.
Última edición: