El engranaje de la sombra se vierte en una plaza vacía,
otro tiempo de enaguas desvestidas, trajes monocolores,
mujeres entalladas, el sexo alegre de las colmenas.
Aquel carozo, aquella efigie bajo el sol de padre,
los mosquitos-era verano-, el desorden de su vuelo,
ejemplares en su precisión de aguja.
Las fotografías lloran en el sudor de los álbumes,
si miras el halo de tu nube serás un ángel en el recuerdo,
primavera en tus rodillas, águilas de mansedumbre.
Qué iconos, azares, linternas sin eco se cobró el río de tu vida.
Son los hermanos las ramas florecientes que te columpian,
has visto sus rosas alegres, también las frustraciones
que en el hogar hicieron jardín, un panel de rostros
sin vejez.
La casa y su oro, la casa collar inverso de todas las perlas de la memoria,
tú, niño, tú la sombra triste que deambula por los pasillos
como una fantasma negro.
Y los padres en su aceite divino, estirpe que intuyes
no durará más que la caída de un párpado,
reglas invertebradas en la oscuridad de agosto.
¿Te has dado cuenta de que ya no vives allí?
Estas venas surgen de mi raíz, pero nadie las santifica,
el clamor de la urbe, la lluvia y los lagartos
que duermen sobre el musgo de la piedra,
mi corazón sin propósito que se pierde en los confines.
Tu voz es un dardo, arde en mí su pudor,
tan certero que encuentra el círculo de mi herida
y me desolla, y me miente.
Ven, hijo de la noche, tus cicatrices no te dejan andar,
eres un sueño abstracto, invadido por tus días
no te alzas ni transcurres, flotas
como un juguete de barro en la incoherencia.
Hay historias que mueren en el silencio,
otras se golpean-como el oleaje- contra un espigón azul,
tu historia, hijo, será un roce de tiniebla en la oquedad;
de allí brotará tu flor de seda, tu nación, tu himno,
tu manera de vivir, que al fin se alzará, como una llaga que calcine la luz.
otro tiempo de enaguas desvestidas, trajes monocolores,
mujeres entalladas, el sexo alegre de las colmenas.
Aquel carozo, aquella efigie bajo el sol de padre,
los mosquitos-era verano-, el desorden de su vuelo,
ejemplares en su precisión de aguja.
Las fotografías lloran en el sudor de los álbumes,
si miras el halo de tu nube serás un ángel en el recuerdo,
primavera en tus rodillas, águilas de mansedumbre.
Qué iconos, azares, linternas sin eco se cobró el río de tu vida.
Son los hermanos las ramas florecientes que te columpian,
has visto sus rosas alegres, también las frustraciones
que en el hogar hicieron jardín, un panel de rostros
sin vejez.
La casa y su oro, la casa collar inverso de todas las perlas de la memoria,
tú, niño, tú la sombra triste que deambula por los pasillos
como una fantasma negro.
Y los padres en su aceite divino, estirpe que intuyes
no durará más que la caída de un párpado,
reglas invertebradas en la oscuridad de agosto.
¿Te has dado cuenta de que ya no vives allí?
Estas venas surgen de mi raíz, pero nadie las santifica,
el clamor de la urbe, la lluvia y los lagartos
que duermen sobre el musgo de la piedra,
mi corazón sin propósito que se pierde en los confines.
Tu voz es un dardo, arde en mí su pudor,
tan certero que encuentra el círculo de mi herida
y me desolla, y me miente.
Ven, hijo de la noche, tus cicatrices no te dejan andar,
eres un sueño abstracto, invadido por tus días
no te alzas ni transcurres, flotas
como un juguete de barro en la incoherencia.
Hay historias que mueren en el silencio,
otras se golpean-como el oleaje- contra un espigón azul,
tu historia, hijo, será un roce de tiniebla en la oquedad;
de allí brotará tu flor de seda, tu nación, tu himno,
tu manera de vivir, que al fin se alzará, como una llaga que calcine la luz.
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