Asklepios
Incinerando envidias
Entidad que más amo:
Retrocedí a los orígenes de la Amistad para consolarme. Escondido entre sus escombros endurecí a mi acorralado recuerdo,-casi extinguido-, para su eterno mirar.
De mis labios difícilmente brotará lo que ahora,-y siempre-, siento.
Vos, cansada de tan larga espera, algún día, lo sé, me anunciaréis vuestra indiferencia con el desprecio que merezco.
Con la cobardía que habita en mi juventud, no puedo deciros nada. Ni si quiera mis sollozos podrán enturbiar el perfume de vuestros pensamientos. Me acuso de no entenderos, de no saber negarme y ofrecerme como pedís más, sería robarme mis propios actos, despreciarme más de lo que lo hago: hasta los bordes.
Después de tanto tiempo, sobre mi vejez resbalan los acontecimientos. La desnudez de mis sentimientos es grande y descansa ya en el abandono de vuestro alegre mirar siempre requerido y siempre, por qué no confesarlo, deseado. Ahora, en mi creciente incredulidad, la Soledad,- misterioso lujo que me navega dentro-, a veces me reprocha la ignorancia de vuestra compañía. Yo, sumiso a su certeza, os lloro inalcanzable.
Desespero por no poder defender vuestro recuerdo en mi Memoria a la vez que me impaciento por la derrota y olvidaros para siempre.
Desearía pasear Amor, mi Amor, por vos enteramente ocupado, más no sé si inconscientemente escapo, o es que no puedo cumplir las graves Leyes de la Naturaleza que, como hombre, seguirlas debiera. ¿Vivo en el desierto de vuestro olvido, o es que ya no permitís mi entrada a palacio?
Se me inflaman los latidos a la espera de una respuesta, que si fuera negativa, hacedla breve, pues del contrario reconocería más que desamor, odio en vuestra oratoria.
Xxxxx
Retrocedí a los orígenes de la Amistad para consolarme. Escondido entre sus escombros endurecí a mi acorralado recuerdo,-casi extinguido-, para su eterno mirar.
De mis labios difícilmente brotará lo que ahora,-y siempre-, siento.
Vos, cansada de tan larga espera, algún día, lo sé, me anunciaréis vuestra indiferencia con el desprecio que merezco.
Con la cobardía que habita en mi juventud, no puedo deciros nada. Ni si quiera mis sollozos podrán enturbiar el perfume de vuestros pensamientos. Me acuso de no entenderos, de no saber negarme y ofrecerme como pedís más, sería robarme mis propios actos, despreciarme más de lo que lo hago: hasta los bordes.
Después de tanto tiempo, sobre mi vejez resbalan los acontecimientos. La desnudez de mis sentimientos es grande y descansa ya en el abandono de vuestro alegre mirar siempre requerido y siempre, por qué no confesarlo, deseado. Ahora, en mi creciente incredulidad, la Soledad,- misterioso lujo que me navega dentro-, a veces me reprocha la ignorancia de vuestra compañía. Yo, sumiso a su certeza, os lloro inalcanzable.
Desespero por no poder defender vuestro recuerdo en mi Memoria a la vez que me impaciento por la derrota y olvidaros para siempre.
Desearía pasear Amor, mi Amor, por vos enteramente ocupado, más no sé si inconscientemente escapo, o es que no puedo cumplir las graves Leyes de la Naturaleza que, como hombre, seguirlas debiera. ¿Vivo en el desierto de vuestro olvido, o es que ya no permitís mi entrada a palacio?
Se me inflaman los latidos a la espera de una respuesta, que si fuera negativa, hacedla breve, pues del contrario reconocería más que desamor, odio en vuestra oratoria.
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