José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Llevo unos días de tos, mocos y afonía.
Y sin querer o queriendo, la gente me mira de reojo
y se desvían para no cruzarse en mi camino.
Hoy, como en otras ocasiones,
fui a comprar al super, a Mercadona,
compré comida para el perro y para mí, y sin querer,
en un momento de descuido,
me introduje en el montacargas del super
para bajar al parquin,
y allí estaban, un hombre y su mujer, ¬bueno, creo que era su mujer¬
con un carro de la compra,
con los ojos desorbitados, él, porque ella miraba el ticket, y no apreció mi llegada.
Me acomodé a su lado;
yo la verdad, no me daba ni cuenta. Hasta que, en un momento dado,
veo al hombre tomar el carro y sacarlo al tiempo que hacía aspavientos
y gritaba a la mujer para que le siguiera fuera;
profería exabruptos y tacos a diestro y siniestro. Fue en ese momento cuando caí.
Ahí me di cuenta que todo aquello era por mí.
Los tres llevábamos mascarillas quirúrgicas,
pero en los ojos del hombre
pude ver rayos y centellas dirigidos al intruso de mí.
Antes de que se cerrara la puerta automática
salí con mi carro y me dirigí a la pareja para que bajaran ellos,
y de esa manera subsanar mi error de despistado;
el hombre volvió a meter el carro y su mujer le siguió.
No parecía que con mi nueva actitud se le hubiese pasado el cabreo y
seguía haciéndome un traje a medida.
Yo con los brazos abiertos en cruz, como si me estuvieran crucificando,
les pedí perdón por mí equivocación,
pero seguía y seguía con su erre que erre, y ya, no aguanté más,
me estaba tocando los cojones con tanta regañina,
así que metí el carro y bloqueé la puerta,
con tanta rabia y violencia, que en ese momento
el hombre se calló y esos rayos y centellas dejaron paso unos ojos de pánico.
La verdad es que me enfureció. Fue un arrebato, un impulso incontrolado,
pero de ahí no pasó.
Al ver el pánico en sus ojos, me avergoncé,
me eché para atrás, saqué el carro y desvié la mirada al suelo.
Dejé que las puertas se cerraran.
No soporté ver aquel pánico reflejado en sus ojos,
y mucho menos, si ese pánico lo había provocado yo.
Así que esperé a que subiera el ascensor
para bajar yo solo. Estamos en tiempos de pandemia.
Y toda medida es poca para evitar que nos atrape.
Todos, todos, en algún momento, podemos ser portadores del virus.
Y sin querer o queriendo, la gente me mira de reojo
y se desvían para no cruzarse en mi camino.
Hoy, como en otras ocasiones,
fui a comprar al super, a Mercadona,
compré comida para el perro y para mí, y sin querer,
en un momento de descuido,
me introduje en el montacargas del super
para bajar al parquin,
y allí estaban, un hombre y su mujer, ¬bueno, creo que era su mujer¬
con un carro de la compra,
con los ojos desorbitados, él, porque ella miraba el ticket, y no apreció mi llegada.
Me acomodé a su lado;
yo la verdad, no me daba ni cuenta. Hasta que, en un momento dado,
veo al hombre tomar el carro y sacarlo al tiempo que hacía aspavientos
y gritaba a la mujer para que le siguiera fuera;
profería exabruptos y tacos a diestro y siniestro. Fue en ese momento cuando caí.
Ahí me di cuenta que todo aquello era por mí.
Los tres llevábamos mascarillas quirúrgicas,
pero en los ojos del hombre
pude ver rayos y centellas dirigidos al intruso de mí.
Antes de que se cerrara la puerta automática
salí con mi carro y me dirigí a la pareja para que bajaran ellos,
y de esa manera subsanar mi error de despistado;
el hombre volvió a meter el carro y su mujer le siguió.
No parecía que con mi nueva actitud se le hubiese pasado el cabreo y
seguía haciéndome un traje a medida.
Yo con los brazos abiertos en cruz, como si me estuvieran crucificando,
les pedí perdón por mí equivocación,
pero seguía y seguía con su erre que erre, y ya, no aguanté más,
me estaba tocando los cojones con tanta regañina,
así que metí el carro y bloqueé la puerta,
con tanta rabia y violencia, que en ese momento
el hombre se calló y esos rayos y centellas dejaron paso unos ojos de pánico.
La verdad es que me enfureció. Fue un arrebato, un impulso incontrolado,
pero de ahí no pasó.
Al ver el pánico en sus ojos, me avergoncé,
me eché para atrás, saqué el carro y desvié la mirada al suelo.
Dejé que las puertas se cerraran.
No soporté ver aquel pánico reflejado en sus ojos,
y mucho menos, si ese pánico lo había provocado yo.
Así que esperé a que subiera el ascensor
para bajar yo solo. Estamos en tiempos de pandemia.
Y toda medida es poca para evitar que nos atrape.
Todos, todos, en algún momento, podemos ser portadores del virus.