La cuatro de la mañana
en una ermita de Almónte
esta la blanca paloma
mecida bajo los hombros
de cansados rocieros.
Fuera, la muchedumbre se agolpa
cantando por sevillanas
entre fandangos de Huelva,
los gritos de los romeros
se escuchan por todas partes,
¡Viva la blanca paloma!
Cuando la puerta se abre.
Empieza la romería
ya se alejó la fatiga,
y relinchan los caballos
rebosantes de alegría.
Las carrozas avanzando
por el polvo del camino,
cargadas de rocieros
ruedan hacia su destino.
Los cantos son permanentes
la devoción infinita,
y se escuchan los fandangos,
con oraciones fervientes
avanza la comitiva.
No existe el calor ni el frío
ni el dolor ni la fatiga,
ni las heridas pasadas
tan solo existe alegría.
¡Viva la blanca paloma!
se repite en todas partes,
desde esa ermita de Almónte
hasta que termina el día.
en una ermita de Almónte
esta la blanca paloma
mecida bajo los hombros
de cansados rocieros.
Fuera, la muchedumbre se agolpa
cantando por sevillanas
entre fandangos de Huelva,
los gritos de los romeros
se escuchan por todas partes,
¡Viva la blanca paloma!
Cuando la puerta se abre.
Empieza la romería
ya se alejó la fatiga,
y relinchan los caballos
rebosantes de alegría.
Las carrozas avanzando
por el polvo del camino,
cargadas de rocieros
ruedan hacia su destino.
Los cantos son permanentes
la devoción infinita,
y se escuchan los fandangos,
con oraciones fervientes
avanza la comitiva.
No existe el calor ni el frío
ni el dolor ni la fatiga,
ni las heridas pasadas
tan solo existe alegría.
¡Viva la blanca paloma!
se repite en todas partes,
desde esa ermita de Almónte
hasta que termina el día.
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