Teo Moran
Poeta fiel al portal
Arreciaba la lluvia sobre los tejados
con su estructura de espuma y de cartón,
la belleza cautiva en frascos de colonia
se vendían sin el rostro de los anuncios
con aroma a rosas rojas y pipermín,
todo son promesas de un Eros huidizo
que corre en busca de algún incauto
y le atrape con su sortilegio de amor.
En las calles, donde los niños exhaustos
beben de la única fuente del parque
y los ancianos, con sus migas de pan,
dan de comer en corro a las palomas
con sus arrugadas y ajadas manos,
bien sé, que aún tras su rostro oculto
él sonríe con su alma obcecada infantil.
Allí, en la desnudez del árbol silencioso,
en su inmutable sombra callosa
donde los jilgueros con su feliz acervo
dieron distendidos sus primeras notas,
los trashumantes peatones conversan
con sus móviles de última generación
al dictado de un mundo inalcanzable
en el que todo siempre está de rebajas,
incluso la felicidad de los insurgentes
que se enfrentan a la dictadura tenaz,
a esa moda que normaliza la anorexia
como la mejor fórmula para estar guapo,
que vestir con esta o aquella prenda
hará de ti un ente feliz y primordial,
pero no saben que aquí no hay modas,
solo quedan flores grises en los balcones
y en la rama callosa del árbol una nota
con la cual los ancianos obcecados
alcanzarán algún día las palomas del cielo,
donde los amantes se besan al abrigo
de unos oscuros y húmedos tejados,
porque hay días que camino contigo
en la monotonía atribulada del barrio,
siento como me coges de la mano
y me llevas a ver a toda aquella gente
que viven atados a un incierto presente,
me señalas la sombra de los enamorados
y como desnudos ellos se hacen uno
cegados por la luz de algún escaparate,
que cualquier momento contigo era único
y lo más trivial se transformaba
en la mejor nota de los jilgueros.
Ahora anciano pero con el alma infantil
espero a que regreses con tu media sonrisa,
que me susurren de tus labios un beso
y de la mano caminemos por el barrio.