Luis Libra
Atención: poeta en obras
´
Reconozco
que con los años mis puños
y mi capacidad de juicio se han vuelto lentos.
A veces me siento en la terraza del bar hindú
tras el zoco del centro a comer un kebab.
Alguna osada avispa
se acerca a intentar robar un trozo de carne.
Por supuesto no se lo permito.
La sostengo fijamente la mirada, y si insiste
un disuasorio pero firme manotazo
es suficiente para alejarla
de sus cleptómanas intenciones,
Arrojo pequeños trozos de pan esponjoso
y aceitoso a los gorriones.
Observo cómo esos pajaritos imponen
su jerarquía (siempre
se intentan quitar las migas unos a otros)
Las avispas se unen al banquete.
Una extraña armonía envuelve
la caótica batalla aérea.
Hoy una familia pasa por la calle.
Los padres, llamativamente obesos, hablan
con sus pequeños retoños de 10 u 11 años
sobre cómo deben comportarse
en la escuela.
Mientras, en la Sony del kebab, una pareja de famosos actores
arañan un extra de miles de euros
para sus ya bien nutridas cuentas
en un programa basura del canal T5
antes de las noticias,
dos borrachos con la corbata descolocada
discuten en la barra sobre el endurecimiento
de las últimas leyes de inmigración,
el nuevo récord de la factura de la luz
y sobre fútbol.
Se me ocurren unos versos
-confieso que la tercera cerveza que acompaña al kebab
tiene gran parte de culpa-
El sol comienza a claudicar por el oeste.
Los gorriones se retiran hacia algún mejor plan.
Dejo veinte céntimos de bote
al insulso camarero.
A todo esto recuerdo
que hace ya tiempo que no me pica una jodida avispa
y que en realidad tampoco nací para ser poeta.
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Reconozco
que con los años mis puños
y mi capacidad de juicio se han vuelto lentos.
A veces me siento en la terraza del bar hindú
tras el zoco del centro a comer un kebab.
Alguna osada avispa
se acerca a intentar robar un trozo de carne.
Por supuesto no se lo permito.
La sostengo fijamente la mirada, y si insiste
un disuasorio pero firme manotazo
es suficiente para alejarla
de sus cleptómanas intenciones,
Arrojo pequeños trozos de pan esponjoso
y aceitoso a los gorriones.
Observo cómo esos pajaritos imponen
su jerarquía (siempre
se intentan quitar las migas unos a otros)
Las avispas se unen al banquete.
Una extraña armonía envuelve
la caótica batalla aérea.
Hoy una familia pasa por la calle.
Los padres, llamativamente obesos, hablan
con sus pequeños retoños de 10 u 11 años
sobre cómo deben comportarse
en la escuela.
Mientras, en la Sony del kebab, una pareja de famosos actores
arañan un extra de miles de euros
para sus ya bien nutridas cuentas
en un programa basura del canal T5
antes de las noticias,
dos borrachos con la corbata descolocada
discuten en la barra sobre el endurecimiento
de las últimas leyes de inmigración,
el nuevo récord de la factura de la luz
y sobre fútbol.
Se me ocurren unos versos
-confieso que la tercera cerveza que acompaña al kebab
tiene gran parte de culpa-
El sol comienza a claudicar por el oeste.
Los gorriones se retiran hacia algún mejor plan.
Dejo veinte céntimos de bote
al insulso camarero.
A todo esto recuerdo
que hace ya tiempo que no me pica una jodida avispa
y que en realidad tampoco nací para ser poeta.
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