gonzaleja
Poeta asiduo al portal
Si llega la primavera,
el buen tiempo y los colores,
y la savia por las venas,
por las yemas y los brotes,
y el agua que mana fresca
en la pinada y los bosques
para que las aves beban;
los ojos, como dos soles,
mi sed de ti, ¿dónde abrevan
con este incesante azogue?
Que alguien me diga y resuelva
si me la encuentro en el monte,
si bajando por la senda
la del corazón sin norte,
la de la herida y las vendas
para que el viento zozobre.
Que me digan, si es que llega,
¿vendrá por los callejones
con su camisa de seda
para que en el sol se dore
anticipada de abejas,
anunciándose en el polen,
con las almas que aletean,
y las guirnaldas se rompen
donde la esperanza acecha?
Vendrán silbando en la noche
el paladar y la lengua,
y los labios de los hombres
irán dejando su huella
para que en el aire flote
con la primitiva esencia
de manantiales salobres.
El eco del viento suena
con bramidos y con voces;
melenas al aire, sueltas,
dispersas con los redobles
de los dedos y las trenzas,
mientras el viva y el ole
de faldas y revoleras
revolucionan el orbe.
La guitarra, con sus cuerdas,
al son de miles de acordes,
vaticina como ciertas,
-y almanaques y relojes
con certidumbre aseveran-,
lo que ya todos conocen:
¡que viene la primavera…,
y yo, sin rastro de amores!
el buen tiempo y los colores,
y la savia por las venas,
por las yemas y los brotes,
y el agua que mana fresca
en la pinada y los bosques
para que las aves beban;
los ojos, como dos soles,
mi sed de ti, ¿dónde abrevan
con este incesante azogue?
Que alguien me diga y resuelva
si me la encuentro en el monte,
si bajando por la senda
la del corazón sin norte,
la de la herida y las vendas
para que el viento zozobre.
Que me digan, si es que llega,
¿vendrá por los callejones
con su camisa de seda
para que en el sol se dore
anticipada de abejas,
anunciándose en el polen,
con las almas que aletean,
y las guirnaldas se rompen
donde la esperanza acecha?
Vendrán silbando en la noche
el paladar y la lengua,
y los labios de los hombres
irán dejando su huella
para que en el aire flote
con la primitiva esencia
de manantiales salobres.
El eco del viento suena
con bramidos y con voces;
melenas al aire, sueltas,
dispersas con los redobles
de los dedos y las trenzas,
mientras el viva y el ole
de faldas y revoleras
revolucionan el orbe.
La guitarra, con sus cuerdas,
al son de miles de acordes,
vaticina como ciertas,
-y almanaques y relojes
con certidumbre aseveran-,
lo que ya todos conocen:
¡que viene la primavera…,
y yo, sin rastro de amores!
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