BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un sinfín de fines de semana,
una espaldas quemadas al sol,
y una morada estropeada en la entrada.
Unas moreras que no dan zarzaparrilla,
un claroscuro en mitad de una nevera,
la soldadesca avasallando París,
mientras los estudiantes se quedan
en la escuela.
Un príncipe de las tinieblas,
una solución sin problema,
un murmullo de protestas
que no te llega ni a las suelas.
Un Napoleón de mirada aviesa,
un tigre en mitad de una pocilga,
la reina del póquer vestida de azafata,
una hormiguita trabajadora y lista.
Una manchurrón de sangre licuada,
un vampiro a las puertas de tu casa,
un santurrón de noches vaciadas,
un ruido de sables que no dan tregua.
Un erudito de capa caída,
una gasolinera de madrugada,
un escorpión que se rasca la cola,
un alacrán metido en una cesta.
Las cebollas del fin de semana,
el éter disperso de algunas canciones,
las crines del caballo, los solsticios
de verano.
©
una espaldas quemadas al sol,
y una morada estropeada en la entrada.
Unas moreras que no dan zarzaparrilla,
un claroscuro en mitad de una nevera,
la soldadesca avasallando París,
mientras los estudiantes se quedan
en la escuela.
Un príncipe de las tinieblas,
una solución sin problema,
un murmullo de protestas
que no te llega ni a las suelas.
Un Napoleón de mirada aviesa,
un tigre en mitad de una pocilga,
la reina del póquer vestida de azafata,
una hormiguita trabajadora y lista.
Una manchurrón de sangre licuada,
un vampiro a las puertas de tu casa,
un santurrón de noches vaciadas,
un ruido de sables que no dan tregua.
Un erudito de capa caída,
una gasolinera de madrugada,
un escorpión que se rasca la cola,
un alacrán metido en una cesta.
Las cebollas del fin de semana,
el éter disperso de algunas canciones,
las crines del caballo, los solsticios
de verano.
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