Rosario Noguera Orra
Poeta recién llegado
Lo borré
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Cuidado con chamuscarte el cabello mientras compones.Cuando mis dos ventanas de lluvia melancólica
más gotitas no aguantan, la enseñanza católica
del padecer por otros sin queja ni lamento
sale a flote... Lo siento. Que hago mal en llorar.
Soy débil, soy patética. Tú no has de mirar.
Soy indigna. Lo siento. Ya me callo, lo siento.
Cuando mis dos antenas que me sirven de brújula
son las dos violentadas como tilde en esdrújula
y es peso acentuador el peso de aquella culpa,
debo buscar en mí ese descanso maternal
(debo ser Dalai Lama aun siendo femme fatal),
y se borra, de pronto, la mueca de mi pulpa.
Cuando un escalofrío me atraviesa las células,
corre en mi pecho un río, sobre él vuelan libélulas,
pero nadie lo sabe, ni a un solo alma le importa,
el secador de pelo, porque falta calor,
con el índice enciendo. Se expande mi interior
y cabe soportar to´ lo que nadie soporta.
Si recuerdo a mi ex, esa sonrisa de pícaro,
las alas que le di como Dédalo con Ícaro,
si recuerdo advertencias, su nefasto destino,
yo quiero ensordecerme, ruido blanco, olvidar;
antes que echar de menos a papá, vomitar;
y secarme el cabello, ay, hasta que sea lino.
Oh, secador de pelo, apaciguador insólito.
No hay Padre despadrado sin despadrado acólito,
no hay madre desmadrada sin los hijos extraños,
no siempre la tortuga va y alcanza a la liebre,
no toda enfermedad avisada es por fiebre
y no todo dolor se cura tras muchos años.
Cuidado con chamuscarte el cabello mientras compones.
Un saludo, Rosario.
Hermosas letras para un misero secador de peloCuando mis dos ventanas de lluvia melancólica
más gotitas no aguantan, la enseñanza católica
del padecer por otros sin queja ni lamento
sale a flote... Lo siento. Que hago mal en llorar.
Soy débil, soy patética. Tú no has de mirar.
Soy indigna. Lo siento. Ya me callo, lo siento.
Cuando mis dos antenas que me sirven de brújula
son las dos violentadas como tilde en esdrújula
y es peso acentuador el peso de aquella culpa,
debo buscar en mí ese descanso maternal
(debo ser Dalai Lama aun siendo femme fatal),
y se borra, de pronto, la mueca de mi pulpa.
Cuando un escalofrío me atraviesa las células,
corre en mi pecho un río, sobre él vuelan libélulas,
pero nadie lo sabe, ni a un solo alma le importa,
el secador de pelo, porque falta calor,
con el índice enciendo. Se expande mi interior
y cabe soportar to´ lo que nadie soporta.
Si recuerdo a mi ex, esa sonrisa de pícaro,
las alas que le di como Dédalo con Ícaro,
si recuerdo advertencias, su nefasto destino,
yo quiero ensordecerme, ruido blanco, olvidar;
antes que echar de menos a papá, vomitar;
y secarme el cabello, ay, hasta que sea lino.
Oh, secador de pelo, apaciguador insólito.
No hay Padre despadrado sin despadrado acólito,
no hay madre desmadrada sin los hijos extraños,
no siempre la tortuga va y alcanza a la liebre,
no toda enfermedad avisada es por fiebre
y no todo dolor se cura tras muchos años.
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