El último otoño.

wilson yupanqui

Poeta asiduo al portal
El último otoño.


Hoy, es otro día mas sin ti. A lo lejos, un canto fugaz desluce la tarde, como un negro presagio de dolor y tormento y siento con duro pesar, que se me ha hecho costumbre ésta soledad que llevo dentro, minando de a pocos mi corazón en luto y llueve sobre mi recuerdos de antaño, fugaces momentos de un tiempo mejor, que dejamos morir aquel último otoño.

Estoy aquí, deshojando el tiempo, viendo caer las horas sin crepúsculos, extraviado en el santuario sempiterno de los viejos recuerdos, en esta tarde tarde gris, pálida y triste, en medio del fantasmal parque, de árboles desnudos, semi muertos, que crujen perezosamente al azote del viento arrastrando cansado la seca hojarasca que puebla el pavimento, el cielo nublado y plomizo, cubre con su manto diáfano la ciudad, anunciando una lluvia que de a pocos cae entumeciendo los edificios...y te recuerdo. La brisa besando tus hombros desnudos, donde tantas veces se posaron mis manos, acariciándote, envolviendo tiernamente tu cuerpo con mis brazos, tejiendo anhelos en tus ojos lejanos, embelesado en el calor de tu cuerpo, haciendo que el tiempo se detenga para amarnos, y me mojo con mi llanto, envejezco con los años, acariciando sueños, promesas, juramentos, que expresaban tanto sentimiento ¡ Cuanto te amaba. Cuanto nos amábamos! Y aún me llega con el viento sereno, el suspiro ceremonioso y triste de tus labios en aquel último otoño.


Las luces de neón de los centros comerciales y avisos publicitarios, van iluminando tenuemente la joven noche, bocinas de vehículos vociferan a su paso contaminando las calles, inundándolos de ruidos molestos, por las aceras húmedas, vienen y van los peatones de abigarrados vestidos, como perseguidos y ultrajados, espectros robóticos programados; la lluvia se anuncia a plenitud y yo, parado en medio de este inmenso parque que me asfixia inconmutable, embriagado en sombras del pasado, voy recordándote en silencio, y te encuentro sentada en el sofá, con tu manera parsimoniosa y serena, peinando esperanzas con los dedos de tus manos, vestida de blanco para el baile que nunca bailamos, imaginando al hijo que nunca tendremos, conjeturando ideas vagas imposibles de evitar, pensando en mi, pero no se cuanto. Cómo duele el alma los recuerdos despiadados y me pregunto ¿ Cómo es posible que hayamos dejado morir nuestro amor aquel último otoño?

Hace tres años, en un otoño gris cómo este, el frágil péndulo de nuestro amor se paró para siempre, desterrando lo que tanto sacrificio costó, tantas lágrimas, tantos amaneceres, tantas luchas enfrentándonos al universo, me duele mucho el haberte perdido, ahora somos dos personas distintas, desunidas, distantes, lejanas, ausentes y ya no brilla más el sol en la playa de los sueños, otoños perpetuos de doloroso quebranto, pintan de tristeza los viejos recuerdos y el corazón es un páramo frío, desolado sin ti ¿Cómo subsistir en medio este inmenso mar humano que me envuelve? ¿Cómo explicarle al corazón y a las cosas que quedaron de ti, que ya no volverás, que no esperen en vano?

Regreso como todas las noches a casa, al calor acogedor del hogar, por las calles, la persistente lluvia hace estragos en las aceras, se desdibujan las luces multicolores de los establecimientos cerrados, camino de retorno de ruta que me sé de memoria, las manos al abrigo de los bolsillos, empapada la ropa, la mirada perdida, enajenada, llegó a casa sin prisa, abro la puerta, busco el interruptor y enciendo la luz, que paz y tranquilidad se puede respirar en este mi mundo tan personal, la sala, con sus estantes llenos de hermosas miniaturas de porcelana y de cristal, la mesita de centro de vidrio templado, las flores en las macetas detrás de los muebles impecables adornan el ambiente, los libros ordenados escrupulosamente en el librero, todo en combinación armoniosa con el color de las paredes, donde se distinguen sobrios y elegantes los cuadros de Botero, todo sacro, limpio, fragante, aromado de lavanda y pino, acogedora pieza sin igual, en el comedor, los blancos manteles permanecen estáticos sobre la mesa donde nadie ha comido, esperando al invitado que nunca vendrá, ingreso a la habitación, todo está en orden, siempre te gustó ese detalle mío, el velador de caoba con la lámpara de Praga, el libro a medio leer y tu sonrisa enmarcado en el porta retrato, el ropero lustroso empotrado en la pared, refleja insulso la blanca luz del fluorescente, todo parece perfecto pero cuánta falta me haces, la casa se ha tornado triste y vacía desde que tú te fuiste, me quito los zapatos, cuelgo en el perchero el saco húmedo y frío que apenas por la mañana recogí del tendedero, evito mirarme al espejo para no ver mi realidad, hace mucho que perdí la costumbre de hacerlo, me doy un baño austero y rápido, el agua está demasiado fría y no quiero coger una congestión, me acuesto cansado, el reloj marca ya más de las doce, qué bárbaro, como se pasa el tiempo, apagó la luz e intentó dormir, poner mi mente en blanco y sin embargo, como cada noche regresa a hurtadillas a mi lado, te acuestas serena a mi costado y me abrazas, trato casi sin fuerzas ignorarte, pero me hablas despacio al oído, me cuentas del pasado, de todas las cosas que quedaron allá esperando y sucumbo impotente a tu presencia imaginaria. Cuánta falta me haces. Cómo te extraño y hundiendo el rostro entre mis manos me inundó de lágrimas, como un niño abandonado que sin madre llora. No aprendí hasta ahora a vivir sin ti y me gana el cansancio, me sumerjo en un sueño y voy recorriendo los abismos del tiempo, buscando consuelo, un instante de sosiego, para mi alma que va siempre, siempre, hacia donde nunca llega.
 
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El último otoño.


Hoy, es otro día mas sin ti. A lo lejos, un canto fugaz desluce la tarde, como un negro presagio de dolor y tormento y siento con duro pesar, que se me ha hecho costumbre ésta soledad que llevo dentro, minando de a pocos mi corazón en luto y llueve sobre mi recuerdos de antaño, fugaces momentos de un tiempo mejor, que dejamos morir aquel último otoño.

Estoy aquí, deshojando el tiempo, viendo caer las horas sin crepúsculos, extraviado en el santuario sempiterno de los viejos recuerdos, en esta tarde tarde gris, pálida y triste, en medio del fantasmal parque, de árboles desnudos, semi muertos, que crujen perezosamente al azote del viento arrastrando cansado la seca hojarasca que puebla el pavimento, el cielo nublado y plomizo, cubre con su manto diáfano la ciudad, anunciando una lluvia que de a pocos cae entumeciendo los edificios...y te recuerdo. La brisa besando tus hombros desnudos, donde tantas veces se posaron mis manos, acariciándote, envolviendo tiernamente tu cuerpo con mis brazos, tejiendo anhelos en tus ojos lejanos, embelesado en el calor de tu cuerpo, haciendo que el tiempo se detenga para amarnos, y me mojo con mi llanto, envejezco con los años, acariciando sueños, promesas, juramentos, que expresaban tanto sentimiento ¡Cuanto te amaba. Cuanto nos amábamos! Y aún me llega con el viento sereno, el suspiro ceremonioso y triste de tus labios en aquel último otoño.


Las luces de neón de los centros comerciales y avisos publicitarios, van iluminando tenuemente la joven noche, bocinas de vehículos vociferan a su paso contaminando las calles, inundándolos de ruidos molestos, por las aceras húmedas, vienen y van los peatones de abigarrados vestidos, como perseguidos y ultrajados, espectros robóticos programados; la lluvia se anuncia a plenitud y yo, parado en medio de este inmenso parque que me asfixia inconmutable, embriagado en sombras del pasado, voy recordándote en silencio, y te encuentro sentada en el sofá, con tu.manera parsimoniosa y serena, peinando esperanzas con los dedos de tus manos, vestida de blanco para el baile que nunca bailanos, imaginando al hijo que nunca tendremos, conjeturando ideas vagas imposibles de evitar, pensando en mi, pero no se cuanto. Cómo duele el alma los recuerdos despiadados y me pregunto ¿Cómo es posible que hayamos dejado morir nuestro amor aquel último otoño?

Hace tres años, en otoño gris cómo esté, el frágil péndulo de nuestro amor se paro para siempre, desterrando lo que tanto sacrificio costó, tantas lágrimas, tantos amaneceres, tantas luchas enfrentándonos al universo, me duele mucho el haberte perdido, ahora somos dos personas distintas, desunidos, distantes, lejanos, ausentes y ya no brilla más el sol en la playa de los sueños, otoños perpetuos de doloroso quebranto, pintan de tristeza los viejos recuerdos y el corazón es un páramo frío, desolado sin ti ¿Cómo subsistir en medio este inmenso mar humano que me envuelve? ¿Cómo explicarle al corazón y a las cosas que quedaron de ti, que ya no volverás, que no esperen en vano?

Regresó como todas las noches a casa, al calor acogedor del hogar, por las calles, la persistente lluvia hace estragos en las aceras, se desdibujan las luces multicolores de los establecimientos cerrados, camino de retorno de ruta que me sé de memoria, las manos al abrigo de los bolsillos, empapada la ropa, la mirada perdida, enajenada, llegó a casa sin prisa, abro la puerta, busco el interruptor y enciendo la luz, que paz y tranquilidad se puede respirar en este mi mundo tan personal, la sala, con sus estantes llenos de hermosas miniaturas de porcelana y de cristal, la mesita de centro de vidrio templado, las flores en las macetas detrás de los muebles impecables adornan el ambiente, los libros ordenados escrupulosamente en el librero, todo en combinación armoniosa con el color de las paredes, donde se distinguen sobrios y elegantes los cuadros de Botero, todo sacro, limpio, fragante, aromado de lavanda y pino, acogedora pieza sin igual, en el comedor, los blancos manteles permanecen estáticos sobre la mesa donde nadie ha comido, esperando al invitado que nunca vendrá, ingreso a la habitación, todo está en orden, siempre te gustó ese detalle mío, el velador de caoba con la lámpara de Praga, el libro a medio leer y tu sonrisa enmarcado en el porta retrato, el ropero lustroso empotrado en la pared, refleja insulso la blanca luz del fluorescente, todo parece perfecto pero cuánta falta me haces, la casa se ha tornado triste y vacía desde que tú te fuiste, me quitó los zapatos, cuelgo en el perchero el saco húmedo y frío que apenas por la mañana recogí del tendedero, evito mirarme al espejo para no ver mi realidad, hace mucho que perdí la costumbre de hacerlo, me doy un baño austero y rápido, el agua está demasiado fría y no quiero coger una congestión, me acuesto cansado, el reloj marca ya más de las doce, qué bárbaro, como se pasa el tiempo, apagó la luz e intentó dormir, poner mi mente en blanco y sin embargo, como cada noche regresa a hurtadillas a mi lado, te acuestas serena a mi costado y me abrazas, trato casi sin fuerzas ignorarte, pero me hablas despacio al oído, me cuentas del pasado, de todas las cosas que quedaron allá esperando y sucumbo impotente a tu presencia imaginaria. Cuánta falta me haces. Cómo te extraño y hundiendo el rostro entre mis manos me inundó de lágrimas, como un niño abandonado que sin madre llora. No aprendí hasta ahora a vivir sin ti y me gané el cansancio, me sumerjo en un sueño y voy recorriendo los abismos del tiempo, buscando consuelo, un instante de sosiego, para mi alma que va siempre, siempre, hacia donde nunca llega.
Buenas noches
Unas hermosas letras encuentro a mi paso
Gracías
Un saludo
 

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