Ayax
Poeta que considera el portal su segunda casa
La seis de la tarde y otro crepúsculo robado al paso cotidiano del tiempo. Apostado junto al cristal me es muy grato vislumbrar cómo, con paso suave y distinguido, doblas la esquina para entrar a la calle dónde está el departamento que, una vez más, cubrirá nuestra pasión del enjambre de luz anaranjada de la parte última del día. No existe, para mí, mejor y más bella imagen de la antesala del paraíso que cuando traspones el umbral del pequeño recinto dónde, siempre, te espero yo, con el alma palpitando y el deseo en emotivo desosiego. Hoy, traes puesta una falda gris, un poco holgada, y una blusa azul cielo, con zapatillas del mismo color. Siempre has sido muy recatada en cuanto a permitir que se columbre algo de ti entre el matiz de tu atuendo: como toda una dama. Es sublime, cada vez, cuando haciendo descender por tu cuerpo tus ropas externas, me llenas las pupilas con el tinte excitante de los dos últimos pétalos de tus prendas femeninas. Haces girar la llave en la cerradura del pórtico y tu andar distinguido te hace pasar bajo el dintel de la estrecha sala. De tu brazo izquierdo cuelga un bolso, de un impecable azulino; el cual, depositas sobre una silla, sin mirar siquiera. Nos sonreímos a plenitud: es algo bello y habitual en nosotros: instintivo, siempre que volvemos tangible un nuevo encuentro de nuestro amor; una forma de decirnos que, otra vez, la vida se descuidó y le sustrajimos un trozo de circunstancias que hemos adaptado a nuestros anhelos. Un primer beso señala la senda a otros muchos que durante el tiempo que estuvimos ausentes, de nuestras mutuas miradas, se acumularon en el alma y que ahora la marea de la ocasión favorable hace ascender hasta nuestras bocas. Nuestros alientos, por un instante prolongado, forman una sola corriente vaporosa de dos sentidos: mis dedos se enredan en tu cabellera para caer, luego, hasta los botones de tu blusa, soltándolos, despacito. Suspiras y con un sensual rictus de tersura en los labios, sales de mi abrazo para, con exquisita parsimonia, encaminar tus pasos hacia la habitación mientras haces resbalar, por tus caderas, el cielo nublado de tu falda…
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