charlie ía
tru váyolens
al descender los sinuosos caminos
hacia las masaya-lands
no solo la tupida floresta
va quedando detrás
de las huellas de los neumáticos,
como fantasmas en la noche.
los esbirros
parapetados dentro de sus fortines
de adoquín amontonado
con fusiles al hombro
las banderas rasgadas
por mil cuchillos
el desplome de la economía y de la consciencia
que evita mirarlos a los ojos.
aunque entre las grietas de la piedra
toda evasión
es tomada
como una declaración de intenciones.
la sensatez se confunde con facilidad
a la sombra de los cerros
esta temporada
en la que se ha perdido la cosecha entera,
sin tiempo
para detenerse a considerar
las intenciones humeantes
que se desprenden
de la carne quemada.
sin tiempo para que las mujeres pobres
del kilómetro treinta y seis
den a luz a sus hijos
en compañía de los perros:
quién putas necesita
que nos miren a los ojos
cuando esta temporada
descender hacia las masaya-lands
es
como cualquier otro día
en una serie de televisión de streaming
donde la reproducción se atasca
cada cinco minutos.
la realidad sin embargo
-por ponerlo de alguna forma-
no se refleja correctamente
en el color de la fruta
que se agusana
sobre el suelo mojado,
ni en las caderas
de la tipa que baila
dentro del antro vacío al que se acude
a evadir
el fortín de la consciencia.
entre las grietas de la piedra
toda evasión es tomada
como una declaración de intenciones
y por un instante
solucionar la tristeza
se parece mucho a arder entre las llamas
junto
con las expectativas
de una sonrisa ingenua sobre el escenario.
al levantar la falda
un poco más de lo debido.
-a este lugar
se llega por medio
del entumecimiento de los sentidos-
dispara al salir de la camioneta,
asegurándose de cubrir
las últimas marcas sobre su piel.
quizás con la esperanza
de que sus hijos nunca lo noten.
pero durante esta temporada
las bicicletas que pasan
a nuestro costado
resultan indistinguibles
de la sangre que brota de una herida abierta
a borbotones,
como si alguien
no hubiera leído correctamente
las instrucciones
sobre la cajilla de fósforos
al atravesar la sombra
del kilómetro treinta y seis.
por un momento
antes de que la puerta se cierre
mirarnos a los ojos
resulta igual que cualquier otro día
de quejas amargas
al descender hacia las masaya-lands,
como fantasmas en la noche
a este lado de la cortina.