Évano
Libre, sin dioses.
Cuando eras noche trayendo cántaros de agua
bajo tus brazos y encima de una cabeza
perdida en lo oscuro de las piedras y los robles.
Cuando el quinqué brillaba con aullidos de lobo
y el viento lamía ventanas y puerta
como cuchillo atemorizando a tus hijos.
Cuando la lluvia se dejaba caer por la paja de la choza
y mojaba los rostros de tus niños de invierno.
Cuando eras la flor entre el frío del mundo.
Cuando la mañana era desayuno de gachas
y alguna noche, solo un vaso de agua;
y diez horas de trabajo bajo olivos,
un puñado de aceitunas diarias.
Cuando eras ojos de luna comiendo
a medio día de sol de lentejas;
y barreño de hojalata y jabón
lavando cuerpos riendo a la mirada
de un castillo cuyo nombre tiembla
en la Sierra Morena de Al Qabar,
la Mano de Hierro postrada en ti
a través de los tiempos de los pobres.
Cuando eras madre de la tierra
y nuestra única tierra.
Cuando eras todo ello y más,
aún así, tus risas nos abonaban
y esculpían nuestra arcilla
y nos horneaban
como pan para toda la vida.
Y de entonces emana mi deseo
de ser provecho y dejar a este mundo
algo más lejos de donde tú partiste.
Que aquella entrega tuya sea
nuestros pasos de hombres de paz
en un ahora de gargantas de espinas
y dientes de piedra mordiendo monedas.
Seamos ahora el pan horneado
en tu ayer de brisa resistiendo
a los huracanes de aquellos hombres
que intentaban derruir los laberintos
donde encarcelaban a la miseria
los miserables de antes y de ahora.
Última edición: