Y me preguntas, tú, bien amada mujer de zarpeados ojos de plata. Mi respuesta es muda. Y el silencio reblandece la distancia íntima entre ambos. Por qué. Ojalá no florease el dios de la muerte en nuestros quejumbrosos corazones. Pero así es. Y tu; ¡ oh ! mi amada canalla. Sollozas en mi pecho; desangrado por el puñal vil de la traición. ¡ Oh ! sí. Tu inocencia sigue incólume. Yo soy el asesino de nuestro tierno amor. Por qué. Porque el tiempo es un tranvía desbocado que sólo pasa una vez en la vida. No desesperes. La pérdida es lamentable. Pero, oye, no llores. Se me parte el alma. No huyas. Por favor. Sólo quiero recordar el aroma de tu piel y aliento. Antes de que me vuele la tapa de los sesos. Viciado está el aire. No hay redención. Perdóname. No hay respuesta a este por qué. La vida es dura. Más que la muerte. Por eso nació la tragedia. Para purgar nuestros instintos más tortuosos. Eso no lo comprendes. Siempre has sido una mimada de papá. Es hora de romper lazos. Y buscar una salida para escabullirse de tanto sufrimiento. Por qué. Por que te digo que si. Adios.