Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
El niño se irguió,
sorbió sangre de la nariz
y usó el dorso de la mano
para limpiársela.
Con la faz empapada de lágrimas,
miró al portador
del primer puñetazo de su vida.
Los otros infantes,
de su misma edad y estatura, detuvieron el partido
y apaciguaron a su émulo.
Él le dirigió una mirada torva,
dio media vuelta
y se fue corriendo de la cancha
de suelo terrizo.
Aminoró la marcha cuando arribó a su casa.
Su padre salió con prisa,
iracundo,
y se enfiló a la moto aparcada en el cordón,
La montó y acometió el horizonte de la calle.
Había dejado una estela en el aire,
un hedor acre,
un tufo a alcohol.
Mamá lloraba en el comedor
y escondió la cara
al ver al niño en el umbral.
Tenía un párpado
inflamado y ruborizado;
en el futuro será un rodal cárdeno
y deberá mentirle a su familia,
a sus hermanos,
a sus amigas,
hasta al almacenero del barrio.
El niño la rebasó y se encogió
bajo el escritorio de su habitación.
En momentos así, hallaba consuelo
en su perro, pero habían transcurrido
tres meses de su muerte.
Un camión le había golpeado la cabeza
y quedó tendido y espasmódico en el suelo
y papá, hombre de modales toscos, lo golpeó
con un bloque de cemento
para ultimarlo.
«Hay golpes por todos lados»,
pensó el niño mientras la respiración
le escocía las fosas nasales.
«Deberíamos usar protección
para siempre».
El casco de papá estaba en la mesa
e insertó la cabeza en él y se miró en el espejo.
«Me lo voy a quedar para siempre,
voy a comer con él,
me voy a bañar con él,
voy a ir a la escuela con él,
voy a dar mi primer beso con él,
voy a casarme con él
y me van a enterrar
en el cementerio con él
y mis hijos me van a ir a ver
también con cascos en la cabeza
porque se los voy a dar
cuando sean bebés».
Y se volteó y fue a la habitación de su mamá
para guarecerle el lienzo donde escanciaba las lágrimas.
Esa misma tarde, una camioneta cruzó una intersección
y arremetió contra la moto de papá
y papá hendió el cielo, se precipitó hacia el pavimento
y se golpeó la cabeza.
A causa de su rabia,
se había olvidado el casco en el comedor.
sorbió sangre de la nariz
y usó el dorso de la mano
para limpiársela.
Con la faz empapada de lágrimas,
miró al portador
del primer puñetazo de su vida.
Los otros infantes,
de su misma edad y estatura, detuvieron el partido
y apaciguaron a su émulo.
Él le dirigió una mirada torva,
dio media vuelta
y se fue corriendo de la cancha
de suelo terrizo.
Aminoró la marcha cuando arribó a su casa.
Su padre salió con prisa,
iracundo,
y se enfiló a la moto aparcada en el cordón,
La montó y acometió el horizonte de la calle.
Había dejado una estela en el aire,
un hedor acre,
un tufo a alcohol.
Mamá lloraba en el comedor
y escondió la cara
al ver al niño en el umbral.
Tenía un párpado
inflamado y ruborizado;
en el futuro será un rodal cárdeno
y deberá mentirle a su familia,
a sus hermanos,
a sus amigas,
hasta al almacenero del barrio.
El niño la rebasó y se encogió
bajo el escritorio de su habitación.
En momentos así, hallaba consuelo
en su perro, pero habían transcurrido
tres meses de su muerte.
Un camión le había golpeado la cabeza
y quedó tendido y espasmódico en el suelo
y papá, hombre de modales toscos, lo golpeó
con un bloque de cemento
para ultimarlo.
«Hay golpes por todos lados»,
pensó el niño mientras la respiración
le escocía las fosas nasales.
«Deberíamos usar protección
para siempre».
El casco de papá estaba en la mesa
e insertó la cabeza en él y se miró en el espejo.
«Me lo voy a quedar para siempre,
voy a comer con él,
me voy a bañar con él,
voy a ir a la escuela con él,
voy a dar mi primer beso con él,
voy a casarme con él
y me van a enterrar
en el cementerio con él
y mis hijos me van a ir a ver
también con cascos en la cabeza
porque se los voy a dar
cuando sean bebés».
Y se volteó y fue a la habitación de su mamá
para guarecerle el lienzo donde escanciaba las lágrimas.
Esa misma tarde, una camioneta cruzó una intersección
y arremetió contra la moto de papá
y papá hendió el cielo, se precipitó hacia el pavimento
y se golpeó la cabeza.
A causa de su rabia,
se había olvidado el casco en el comedor.
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