Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
Las putas de un pseudosindicato de putas
llegaron al barrio, eso dicen.
No duermo por eso.
Llegaron a proclamar mayor dignidad
en sentarse sobre pitos de desconocidos,
y yo tengo una hija
y cada vez es más grande
y más receptiva
y somos pobres;
no pego un ojo.
El cielo raso, repleto de lamparones de humedad,
no escapa de mi vista.
Esas manchas fueron de un día de diluvio.
Tampoco dormí ese día;
llovía en el dormitorio;
eso sonaría poético,
pero no, es la realidad;
no es poético ni onírico.
Mi mujer lloró de frustración ese día.
Me levanto a las seis.
No digo «despierto» porque no dormí;
sólo me quedé postrado en la cama,
un colchón muy delgado;
siento el armatoste de abajo;
me hace doler la espalda;
eso tampoco me deja dormir.
Voy a la cocina a buscar café
y descubro una cucaracha muerta
en el paquete.
Fijo la mirada en ella por un instante.
Luce dormida, plácida, bocarriba,
arrullada por aquel colchón de granos triturados.
Arrojo todo a la basura y abro la heladera;
los entrepaños están en paños menores.
El pollo empieza a oler mal;
eso almorzaremos.
Y la leche está caducada,
pero la beberemos igual.
Según mi madre, los lácteos duran
más de lo impreso en el sachet.
No sé de dónde sacó eso,
pero nunca se lo discutí.
Mamá tampoco podía dormir;
tenía escoliosis severa;
cada lustro se ladeaba más y más
y le dolía la espalda sin importar
si estaba parada, sentada o acostada.
Me dirijo a pie a la parada del colectivo.
Mis ojos se encuentran clavados en el camino.
No parpadeo.
No haber conciliado el sueño
se asemeja a estar borracho;
quiero andar en línea recta,
pero zigzagueo.
Me muevo como un globo
arreado por el viento.
Un tramo de la vereda está sin solar,
desnudo;
expone el suelo de tierra.
Y por eso bajo a la calle
y camino por el margen de la calzada.
Sueño a un compañero de itinerario;
es una sombra junto a la mía,
pero la sombra se materializa,
aparece por un costado
y ase mi antebrazo.
Musita su deseo por mi celular,
por mi billetera.
Intento desviar mi atención a él,
y le veo una faca en la otra mano;
la luz del alumbrado público
refulge en la hoja;
es un arma airada, del color del fuego;
mi vientre tienta su punta
y los haces reflejados son la baba
chorreada de su boca.
A la sombra encarnada no le gusta
mi resistencia
y me espeta la faca;
ella se interna en mi vientre
y la decepciono
porque no hay nada para ofrecer;
lleva horas vacío;
su próximo invitado será
el pollo podrido de la heladera.
Rauda, se marcha junto con la sombra.
Aterrizo de culo en el bordillo de la vereda.
No tengo ganas de empinar la mirada.
La puerta de mi vientre rezuma calor,
y ya no quiero asistir al trabajo.
El piso sienta bien.
Mejor voy a dormir.
llegaron al barrio, eso dicen.
No duermo por eso.
Llegaron a proclamar mayor dignidad
en sentarse sobre pitos de desconocidos,
y yo tengo una hija
y cada vez es más grande
y más receptiva
y somos pobres;
no pego un ojo.
El cielo raso, repleto de lamparones de humedad,
no escapa de mi vista.
Esas manchas fueron de un día de diluvio.
Tampoco dormí ese día;
llovía en el dormitorio;
eso sonaría poético,
pero no, es la realidad;
no es poético ni onírico.
Mi mujer lloró de frustración ese día.
Me levanto a las seis.
No digo «despierto» porque no dormí;
sólo me quedé postrado en la cama,
un colchón muy delgado;
siento el armatoste de abajo;
me hace doler la espalda;
eso tampoco me deja dormir.
Voy a la cocina a buscar café
y descubro una cucaracha muerta
en el paquete.
Fijo la mirada en ella por un instante.
Luce dormida, plácida, bocarriba,
arrullada por aquel colchón de granos triturados.
Arrojo todo a la basura y abro la heladera;
los entrepaños están en paños menores.
El pollo empieza a oler mal;
eso almorzaremos.
Y la leche está caducada,
pero la beberemos igual.
Según mi madre, los lácteos duran
más de lo impreso en el sachet.
No sé de dónde sacó eso,
pero nunca se lo discutí.
Mamá tampoco podía dormir;
tenía escoliosis severa;
cada lustro se ladeaba más y más
y le dolía la espalda sin importar
si estaba parada, sentada o acostada.
Me dirijo a pie a la parada del colectivo.
Mis ojos se encuentran clavados en el camino.
No parpadeo.
No haber conciliado el sueño
se asemeja a estar borracho;
quiero andar en línea recta,
pero zigzagueo.
Me muevo como un globo
arreado por el viento.
Un tramo de la vereda está sin solar,
desnudo;
expone el suelo de tierra.
Y por eso bajo a la calle
y camino por el margen de la calzada.
Sueño a un compañero de itinerario;
es una sombra junto a la mía,
pero la sombra se materializa,
aparece por un costado
y ase mi antebrazo.
Musita su deseo por mi celular,
por mi billetera.
Intento desviar mi atención a él,
y le veo una faca en la otra mano;
la luz del alumbrado público
refulge en la hoja;
es un arma airada, del color del fuego;
mi vientre tienta su punta
y los haces reflejados son la baba
chorreada de su boca.
A la sombra encarnada no le gusta
mi resistencia
y me espeta la faca;
ella se interna en mi vientre
y la decepciono
porque no hay nada para ofrecer;
lleva horas vacío;
su próximo invitado será
el pollo podrido de la heladera.
Rauda, se marcha junto con la sombra.
Aterrizo de culo en el bordillo de la vereda.
No tengo ganas de empinar la mirada.
La puerta de mi vientre rezuma calor,
y ya no quiero asistir al trabajo.
El piso sienta bien.
Mejor voy a dormir.
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