Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
Un golpeteo en la puerta
azoró a su mujer
y ella lo despertó.
Él se sentó en el colchón
y miró a la ventana.
Las luces de un patrullero
se colaban
por los intersticios de la persiana
y se deslizaban
por la oscuridad de la habitación.
Su hijo había cumplido la mayoría de edad
y había pisado por primera vez una discoteca
junto con sus amigos.
Mientras el patrullero los llevaba
al hospital, él reflexionaba
con los ojos en la ventanilla.
Antes de conocer a su mujer,
empinaba el codo a rato,
apostaba todo el sueldo en el casino
y nunca ganaba.
Las pocas monedas asidas
terminaban en manos de prostitutas
y así llegaba tarde a los trabajos
y los patrones lo echaban
de una patada en el culo.
Y cuando fue parido ese gorgojo
entre sus brazos, mandó a la mierda
al chupe,
a la timba
y a las putas.
Se abocó a su nuevo empleo,
pero justo el presidente privatizó
el Correo y el nuevo dueño,
un adinerado inmigrante italiano,
lo echó de una patada en el culo.
Alternó trabajos callejeros:
limpió parabrisas,
lustró zapatos,
puso una verdulería,
no funcionó,
se desesperó
y hurtó un bolsón con ropa
y, al llegar, su mujer lo regañó
y devolvió el bolsón,
avergonzado.
Y un día consiguió laburo
en una construcción
y hoy es capataz
y todo se encaminó.
Y vio a su hijo crecer con las mejores notas
y el chico portó la bandera en los actos
y fue el mejor en el cursillo
para ingresar a la universidad.
Y obtuvo su primer trabajo
en una estación de servicio
y militó en una organización barrial
donde asistían a los niños pobres
y consiguió una novia
y ella quedó embarazada
y decidieron no abortarlo
y en meses será papá
y una manada de yuppies lo linchó
en su primera noche de fiesta
porque derramó sin querer
un copón de vino
en una camisa importada.
Cuando la enfermera destapó la sábana,
la madre se cubrió la cara con las manos
y las manos se transformaron
en un cuenco de lágrimas derramadas.
Ella gritó y corrió fuera de la sala,
perseguida por otro empleado del nosocomio.
El padre, inmutado, situó con suavidad
la mano en la frente del hijo.
«No hay nada tierno en una mano
avejentada y rugosa
sobre la cara de un cadáver molido a golpes»,
pensó.
Se miró la palma.
Contempló los callos conseguidos en vano.
«Qué ganas de asir un porrón de cerveza
o un tetrabrik de vino.
Tal vez ya no estaría aquí,
tal vez no hubiera llegado a viejo
de haber seguido,
quién sabe;
cualquier cosa es mejor que ahora».
azoró a su mujer
y ella lo despertó.
Él se sentó en el colchón
y miró a la ventana.
Las luces de un patrullero
se colaban
por los intersticios de la persiana
y se deslizaban
por la oscuridad de la habitación.
Su hijo había cumplido la mayoría de edad
y había pisado por primera vez una discoteca
junto con sus amigos.
Mientras el patrullero los llevaba
al hospital, él reflexionaba
con los ojos en la ventanilla.
Antes de conocer a su mujer,
empinaba el codo a rato,
apostaba todo el sueldo en el casino
y nunca ganaba.
Las pocas monedas asidas
terminaban en manos de prostitutas
y así llegaba tarde a los trabajos
y los patrones lo echaban
de una patada en el culo.
Y cuando fue parido ese gorgojo
entre sus brazos, mandó a la mierda
al chupe,
a la timba
y a las putas.
Se abocó a su nuevo empleo,
pero justo el presidente privatizó
el Correo y el nuevo dueño,
un adinerado inmigrante italiano,
lo echó de una patada en el culo.
Alternó trabajos callejeros:
limpió parabrisas,
lustró zapatos,
puso una verdulería,
no funcionó,
se desesperó
y hurtó un bolsón con ropa
y, al llegar, su mujer lo regañó
y devolvió el bolsón,
avergonzado.
Y un día consiguió laburo
en una construcción
y hoy es capataz
y todo se encaminó.
Y vio a su hijo crecer con las mejores notas
y el chico portó la bandera en los actos
y fue el mejor en el cursillo
para ingresar a la universidad.
Y obtuvo su primer trabajo
en una estación de servicio
y militó en una organización barrial
donde asistían a los niños pobres
y consiguió una novia
y ella quedó embarazada
y decidieron no abortarlo
y en meses será papá
y una manada de yuppies lo linchó
en su primera noche de fiesta
porque derramó sin querer
un copón de vino
en una camisa importada.
Cuando la enfermera destapó la sábana,
la madre se cubrió la cara con las manos
y las manos se transformaron
en un cuenco de lágrimas derramadas.
Ella gritó y corrió fuera de la sala,
perseguida por otro empleado del nosocomio.
El padre, inmutado, situó con suavidad
la mano en la frente del hijo.
«No hay nada tierno en una mano
avejentada y rugosa
sobre la cara de un cadáver molido a golpes»,
pensó.
Se miró la palma.
Contempló los callos conseguidos en vano.
«Qué ganas de asir un porrón de cerveza
o un tetrabrik de vino.
Tal vez ya no estaría aquí,
tal vez no hubiera llegado a viejo
de haber seguido,
quién sabe;
cualquier cosa es mejor que ahora».
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