Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
Siempre me muerden los labios,
una dentellada en el inferior,
en la parte más carnosa,
los incisivos incrustados
en el bermellón.
Y todo eso deviene en el ardor
y en el gusto férrico
de un incipiente sangrado.
Los ojos me lloran.
Y los abro.
Veo los de ellas.
Lo hacen con los párpados
cerrados.
Contemplo el rímel,
los delineados,
los sombreados;
los distingo entre la penumbra,
tras el centelleo de alguna
televisión,
tras las luces estroboscópicas
de alguna discoteca
o en el haz tenue
de algún bar.
A veces saboreo
el alcohol,
el tabaco
o la seca de un porro.
Al mismo tiempo resoplan
y la calidez de su brisa
me acaricia
el arco de cupido.
Todas lo hicieron.
Gabriela lo hizo,
Sabrina lo hizo,
Daira lo hizo
y un día también apresó mi lengua.
Antes embebió una rodaja de limón
y al instante se aferró a mi boca
con aquel néctar ácido y dulce
y mordió el órgano del habla,
quizá el menos usado de mi organismo.
Pero dicha expresión no franquea
el umbral del amor.
Para Daira fui un escape
de su relación tormentosa.
A Gabriela el remordimiento
la carcomió porque su amiga —Daira—
me pretendía y había principiado
a odiarla.
Sabrina confundió el acercamiento
de mis labios a sus oídos —para ser escuchado
entre la bulla y la fanfarria—
con un interés concupiscente y escondido.
Hasta ahora eso fui,
soy y,
tal vez,
seré:
sólo un beso doloroso.
una dentellada en el inferior,
en la parte más carnosa,
los incisivos incrustados
en el bermellón.
Y todo eso deviene en el ardor
y en el gusto férrico
de un incipiente sangrado.
Los ojos me lloran.
Y los abro.
Veo los de ellas.
Lo hacen con los párpados
cerrados.
Contemplo el rímel,
los delineados,
los sombreados;
los distingo entre la penumbra,
tras el centelleo de alguna
televisión,
tras las luces estroboscópicas
de alguna discoteca
o en el haz tenue
de algún bar.
A veces saboreo
el alcohol,
el tabaco
o la seca de un porro.
Al mismo tiempo resoplan
y la calidez de su brisa
me acaricia
el arco de cupido.
Todas lo hicieron.
Gabriela lo hizo,
Sabrina lo hizo,
Daira lo hizo
y un día también apresó mi lengua.
Antes embebió una rodaja de limón
y al instante se aferró a mi boca
con aquel néctar ácido y dulce
y mordió el órgano del habla,
quizá el menos usado de mi organismo.
Pero dicha expresión no franquea
el umbral del amor.
Para Daira fui un escape
de su relación tormentosa.
A Gabriela el remordimiento
la carcomió porque su amiga —Daira—
me pretendía y había principiado
a odiarla.
Sabrina confundió el acercamiento
de mis labios a sus oídos —para ser escuchado
entre la bulla y la fanfarria—
con un interés concupiscente y escondido.
Hasta ahora eso fui,
soy y,
tal vez,
seré:
sólo un beso doloroso.