Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
Nuevo día.
Despertaba y ahí estaba de nuevo:
la culpa.
Para llegar a ese momento,
mis antecesores
buscaron el pan en la intemperie,
y se los agradecía
hundido en aquel catre.
Obviaba el espejo.
Me cepillaba los dientes
con los ojos retirados,
como si escapara de los luceros
de una musa de canciones.
No sabía cómo estaba mi faz,
no sabía cuál era el largo
de mi pelo
o el estado de mi tez.
No sabía si era ostensible
el itinerario de la adolescencia
a la adultez.
Al rato retornaba a mi aposento,
un lugar umbrío.
La oscuridad me cobijaba.
Deseaba el detenimiento
del tiempo,
allí,
en ese instante,
pero aún oía el tictac del reloj
y se me angustiaba el pecho,
y quería cerrar los párpados,
y las manecillas,
en lugar de arrullarme,
me mesaban los ojos,
como a Alex DeLarge;
en vez de no poder apartar
la atención de una pantalla,
mi atención no podía huir
de este hecho:
soy,
existo,
un embrión sobreviviente
de un aborto.
Me senté en las sillas tándem
de la sala de espera,
frente a la puerta de la terapeuta.
Entretanto, alguien se enojaba
conmigo en la pantalla
de mi smartphone.
Alcé la vista a la puerta; permanecía cerrada.
Bajé la vista al teléfono; «siempre te
enojás cuando digo algo de otras mujeres»,
me dijo;
antes me había enviado la foto
de una chica con sobrepeso disfrazada
de algo y se le escapaba el vientre
por encima del tiro bajo.
«No seás cruel», le había dicho.
Alcé la vista a la puerta; la oscuridad
se colaba por debajo del umbral.
Bajé la vista al teléfono; me había bloqueado.
No sabía si la amaba o si sólo me sentía solo,
una excusa para no halar el gatillo,
aunque no hay armas en casa;
Dios, qué ganas tenía de un arma;
tal vez todo sería raudo, sin dolor.
Alcé la vista a la puerta; seguía cerrada.
Bajé la vista al teléfono; había pasado media hora.
Me erguí; llamé con los nudillos; nadie atendía.
Volví sobre mis pasos, hacia la recepción.
Le enviaron un mensaje de texto;
«Que no, que mañana miércoles viene».
«La semana anterior me hizo lo mismo», dije.
Me ofrecieron otro terapeuta.
«Es de adolescentes».
«Pero yo tengo más de veinte»,
y les pedí el dinero de regreso
y me lo dieron.
Somos el país con más psicólogos
por habitante,
y sólo me topo
con excusas,
cambios de horario
y el eterno tono de espera
detrás del auricular,
una retahíla de pitidos infinitos.
Ellos me picotean la sien,
me martirizan,
me recuerdan mi soledad involuntaria,
a mí,
un animal social.
Guardé los billetes en mi bolsillo
y caminé hasta la parada del colectivo
para esperarlo.
Y esperé,
y esperé.
Nada más me quedaba hacer eso:
esperar.
Despertaba y ahí estaba de nuevo:
la culpa.
Para llegar a ese momento,
mis antecesores
buscaron el pan en la intemperie,
y se los agradecía
hundido en aquel catre.
Obviaba el espejo.
Me cepillaba los dientes
con los ojos retirados,
como si escapara de los luceros
de una musa de canciones.
No sabía cómo estaba mi faz,
no sabía cuál era el largo
de mi pelo
o el estado de mi tez.
No sabía si era ostensible
el itinerario de la adolescencia
a la adultez.
Al rato retornaba a mi aposento,
un lugar umbrío.
La oscuridad me cobijaba.
Deseaba el detenimiento
del tiempo,
allí,
en ese instante,
pero aún oía el tictac del reloj
y se me angustiaba el pecho,
y quería cerrar los párpados,
y las manecillas,
en lugar de arrullarme,
me mesaban los ojos,
como a Alex DeLarge;
en vez de no poder apartar
la atención de una pantalla,
mi atención no podía huir
de este hecho:
soy,
existo,
un embrión sobreviviente
de un aborto.
Me senté en las sillas tándem
de la sala de espera,
frente a la puerta de la terapeuta.
Entretanto, alguien se enojaba
conmigo en la pantalla
de mi smartphone.
Alcé la vista a la puerta; permanecía cerrada.
Bajé la vista al teléfono; «siempre te
enojás cuando digo algo de otras mujeres»,
me dijo;
antes me había enviado la foto
de una chica con sobrepeso disfrazada
de algo y se le escapaba el vientre
por encima del tiro bajo.
«No seás cruel», le había dicho.
Alcé la vista a la puerta; la oscuridad
se colaba por debajo del umbral.
Bajé la vista al teléfono; me había bloqueado.
No sabía si la amaba o si sólo me sentía solo,
una excusa para no halar el gatillo,
aunque no hay armas en casa;
Dios, qué ganas tenía de un arma;
tal vez todo sería raudo, sin dolor.
Alcé la vista a la puerta; seguía cerrada.
Bajé la vista al teléfono; había pasado media hora.
Me erguí; llamé con los nudillos; nadie atendía.
Volví sobre mis pasos, hacia la recepción.
Le enviaron un mensaje de texto;
«Que no, que mañana miércoles viene».
«La semana anterior me hizo lo mismo», dije.
Me ofrecieron otro terapeuta.
«Es de adolescentes».
«Pero yo tengo más de veinte»,
y les pedí el dinero de regreso
y me lo dieron.
Somos el país con más psicólogos
por habitante,
y sólo me topo
con excusas,
cambios de horario
y el eterno tono de espera
detrás del auricular,
una retahíla de pitidos infinitos.
Ellos me picotean la sien,
me martirizan,
me recuerdan mi soledad involuntaria,
a mí,
un animal social.
Guardé los billetes en mi bolsillo
y caminé hasta la parada del colectivo
para esperarlo.
Y esperé,
y esperé.
Nada más me quedaba hacer eso:
esperar.