Gonvedo
Poeta asiduo al portal
Fié mi suerte al fuego de las centurias
porque así la luz engendra cósmicos sueños,
y amanecí con la sed de las orillas
que delirantes miran al vacío
y se empañan de aguas repentinas.
Conocí el amor como una flor recién abierta
que descubre el manantial aroma de la lluvia.
Un cisne sopló en mi oído su nombre,
y amé, y amé, hasta sentir el frío del olvido.
Ardor, todo era ardor,
y que hermosamente florecía.
¡Ah, despiadado amor, qué lento me devoras!
Era entonces aún joven e inmortal,
pues parecía la parca descuidada,
crecía con la insensata furia de las turbas,
y guardaba para mí el bíblico diezmo.
Esbelto y firme, me declaraba invencible,
sinergia del mismo universo mundo.
Ahora espero al hombre que se fue,
aquel dios de pecho agujereado,
como un Cristo amarrado a las cadenas,
pero envanecido hasta no reconocerme.
Diría que no nací para el mundo,
pero una y otra vez repito mi destino.
¡Ah, si entonces supiera que la muerte nunca miente!
porque así la luz engendra cósmicos sueños,
y amanecí con la sed de las orillas
que delirantes miran al vacío
y se empañan de aguas repentinas.
Conocí el amor como una flor recién abierta
que descubre el manantial aroma de la lluvia.
Un cisne sopló en mi oído su nombre,
y amé, y amé, hasta sentir el frío del olvido.
Ardor, todo era ardor,
y que hermosamente florecía.
¡Ah, despiadado amor, qué lento me devoras!
Era entonces aún joven e inmortal,
pues parecía la parca descuidada,
crecía con la insensata furia de las turbas,
y guardaba para mí el bíblico diezmo.
Esbelto y firme, me declaraba invencible,
sinergia del mismo universo mundo.
Ahora espero al hombre que se fue,
aquel dios de pecho agujereado,
como un Cristo amarrado a las cadenas,
pero envanecido hasta no reconocerme.
Diría que no nací para el mundo,
pero una y otra vez repito mi destino.
¡Ah, si entonces supiera que la muerte nunca miente!