Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Era una mujer que me gustaba mucho,
tenía su carita de muñeca, pero su cuerpo voluptuoso.
Me invitó a su casa y cuando llegué le dije:
-Buenos días- y le di un beso.
-¿por qué me besas?-
Yo la abracé y me preguntó
-¿por qué me abrazas?-
La miré a los ojos para ver si estaba enojada, pero no, no se resistía.
Empecé a tocarla y ella
-¿por qué me tocas?
Empecé a desvestirla. ¡Yo iba a lo que iba!
y ella, – ¿por qué me desvistes?
Yo ignoraba descaradamente sus preguntas.
La llevé la cama y -¿por qué me tumbas?,
¿por qué me aprietas las nalgas?, ¿Por qué me muerdes los senos?-
Hasta que la besé para callarla y el resto transcurrió con la boca tapada.
Una vez que terminé la vi y sospeché que iba a empezar a preguntar otra vez, así que le dije:- contestaré todas tus preguntas-, ella sonrió.
Empecé un discurso inicuamente elocuente, barroco,
con digresiones filosóficas, descripciones exhaustivas, contradicciones,
hasta que me inspiré y empecé a decir un poema que iba improvisando..
La expresión de su rostro iba cambiando
primero era de gran interés, luego de arrobamiento,
después empezaron a salir lágrimas de sus ojos lentamente y suspiró.
Vi el reloj y habían transcurrido horas.
Me levanté y salí antes que me preguntara porqué me iba.
Mientras caminaba hacia el coche me quedé pensando en la frase que no recuerdo quien dijo:
“Las mujeres nunca piensan, y cuando piensan, piensan en otra cosa.”
tenía su carita de muñeca, pero su cuerpo voluptuoso.
Me invitó a su casa y cuando llegué le dije:
-Buenos días- y le di un beso.
-¿por qué me besas?-
Yo la abracé y me preguntó
-¿por qué me abrazas?-
La miré a los ojos para ver si estaba enojada, pero no, no se resistía.
Empecé a tocarla y ella
-¿por qué me tocas?
Empecé a desvestirla. ¡Yo iba a lo que iba!
y ella, – ¿por qué me desvistes?
Yo ignoraba descaradamente sus preguntas.
La llevé la cama y -¿por qué me tumbas?,
¿por qué me aprietas las nalgas?, ¿Por qué me muerdes los senos?-
Hasta que la besé para callarla y el resto transcurrió con la boca tapada.
Una vez que terminé la vi y sospeché que iba a empezar a preguntar otra vez, así que le dije:- contestaré todas tus preguntas-, ella sonrió.
Empecé un discurso inicuamente elocuente, barroco,
con digresiones filosóficas, descripciones exhaustivas, contradicciones,
hasta que me inspiré y empecé a decir un poema que iba improvisando..
La expresión de su rostro iba cambiando
primero era de gran interés, luego de arrobamiento,
después empezaron a salir lágrimas de sus ojos lentamente y suspiró.
Vi el reloj y habían transcurrido horas.
Me levanté y salí antes que me preguntara porqué me iba.
Mientras caminaba hacia el coche me quedé pensando en la frase que no recuerdo quien dijo:
“Las mujeres nunca piensan, y cuando piensan, piensan en otra cosa.”