danie
solo un pensamiento...
¿Y antes de todo esto? ¿Antes de escribir? —le preguntó el párroco.
—No, padre, antes tampoco estaba Dios ni las mujeres.
Creo que antes estaban los monos con su máquina de escribir,
los cigarrillos y, por supuesto, el tequila.
Bailaba el vals a medianoche o por lo menos lo versaba
y era un enamoradizo de la luna; aunque no le escribía poemas.
Es que siempre me gustó la cálida noche.
En la noche uno puede desatar/destensar los nudos del día
y andar en calzoncillos
como si estuviese en una habitación de lujo de un motel.
Claro, en las noches puedes ver a las mujeres desnudando su alma
y hasta tienes un encanto particular
para emborracharlas.
Yo creo que antes de todo esto estaba la noche,
pero no las mujeres porque, así y todo, borrachas
no alcanza para tenerlas. Es que a un hombre borracho lo tienes,
te puedes casar con él y hasta hacerlo tu propiedad,
pero es muy diferente con las mujeres.
¿Y después? ¿Qué hubo después? —le preguntó el párroco.
—Después, padre, hubo más noche, más cigarrillos, más tequila
y más monos sobre máquinas de escribir,
pero lo cierto es que ni Dios ni las mujeres vinieron.
¿O sea; nunca tuvo nada? —Insistió el párroco.
—Un minuto; padre, siempre estuvieron
los monos sobre máquinas de escribir, la noche,
el Kavanagh en pleno Retiro y las putas de Constitución.
Pero no, si se refiere a eso, nunca estuvieron
ni Dios ni las mujeres.
٭٭٭
Una morocha, de no más de 25 años, entra en el Kavanagh
y se apoya sobre la barra para pedir unos Martinis.
A la humedad que transita por tus entrepiernas
de pronto le sale boca, labios y lengua
y comienza a susurrarte:
—¡Acércate! ¡¿Qué esperas?!
“Ciertamente, si uno piensa siempre con el pantalón,
lo más probable es que amanezca bebiendo agua
con los peces en el río”.
Es bien sabido que ninguna dama de bien anda sola por esos lugares.
En esos momentos es cuando recuerdas
la biblia que en tu puta vida leíste y te preguntas:
—¿será que María
podría contener de una vez por todas a las Marías?
Y llegas a la conclusión que ni el mismísimo Jesús
aún en su cruz contendría el cauce arrollador
que devasta tu cordura.
Hasta el lóbulo frontal se pinta de guerra y te dice:
—¡¡¡Al diablo!!! La vida es una sola
y no te preocupes compa; que esas entrepiernas
solo sirven para engendran más vida.
Y así te armas con el valor de mil caballeros templarios,
bebes un trago en seco,
y emprendes tu cruzada para liberar a las vírgenes
del pecado de la inquisición.
Sí, te crees un verdadero héroe
que lucha por una honorable causa. Una justa causa.
Es que al final peleas por crear la vida.
Hasta te vuelves un devoto creyente
y te imaginas que vas a triunfar en tu guerra santa.
Eres capaz de derrotar a dragones y paganos
y finalmente
bautizarte de cuerpo entero
en lo más hondo de un cauce de agua bendita.
Mentalmente te elevas hasta el cielo
para batallar como una salvaje bestia
en la gloria más dulce del tártaro.
Eso es lo que tú crees
y te abalanzas empuñando tu irrompible sable
capaz de traspasar hasta la imperforación del himem.
Después del quinto Martini y un par de tequilas
te da el número de su habitación escrito con rush
en una servilleta de papel; y justo cuando lo tomas
un gorila de 2 metros te toca el hombro.
Se puede decir que en ese instante
los mil caballeros templarios
desertan a la legión extranjera
y tu irrompible sable
se cae como un tierno banano podrido.
Tu héroe se mea como un infante de prescolar
antes de sufrir un infarto por ver una película de Alfred Hitchcock
después de las 22 horas, horario no apto para menores,
y termina tu incursión heroica
con las piernas abiertas y mojadas
besando a los bagres en el río.
Pero tienes posibilidades que algún bagre
te considere un candidato;
pues, así: borracho, meado y ahogándote
puedes aún gestar la vida.
—No, padre, antes tampoco estaba Dios ni las mujeres.
Creo que antes estaban los monos con su máquina de escribir,
los cigarrillos y, por supuesto, el tequila.
Bailaba el vals a medianoche o por lo menos lo versaba
y era un enamoradizo de la luna; aunque no le escribía poemas.
Es que siempre me gustó la cálida noche.
En la noche uno puede desatar/destensar los nudos del día
y andar en calzoncillos
como si estuviese en una habitación de lujo de un motel.
Claro, en las noches puedes ver a las mujeres desnudando su alma
y hasta tienes un encanto particular
para emborracharlas.
Yo creo que antes de todo esto estaba la noche,
pero no las mujeres porque, así y todo, borrachas
no alcanza para tenerlas. Es que a un hombre borracho lo tienes,
te puedes casar con él y hasta hacerlo tu propiedad,
pero es muy diferente con las mujeres.
¿Y después? ¿Qué hubo después? —le preguntó el párroco.
—Después, padre, hubo más noche, más cigarrillos, más tequila
y más monos sobre máquinas de escribir,
pero lo cierto es que ni Dios ni las mujeres vinieron.
¿O sea; nunca tuvo nada? —Insistió el párroco.
—Un minuto; padre, siempre estuvieron
los monos sobre máquinas de escribir, la noche,
el Kavanagh en pleno Retiro y las putas de Constitución.
Pero no, si se refiere a eso, nunca estuvieron
ni Dios ni las mujeres.
٭٭٭
Una morocha, de no más de 25 años, entra en el Kavanagh
y se apoya sobre la barra para pedir unos Martinis.
A la humedad que transita por tus entrepiernas
de pronto le sale boca, labios y lengua
y comienza a susurrarte:
—¡Acércate! ¡¿Qué esperas?!
“Ciertamente, si uno piensa siempre con el pantalón,
lo más probable es que amanezca bebiendo agua
con los peces en el río”.
Es bien sabido que ninguna dama de bien anda sola por esos lugares.
En esos momentos es cuando recuerdas
la biblia que en tu puta vida leíste y te preguntas:
—¿será que María
podría contener de una vez por todas a las Marías?
Y llegas a la conclusión que ni el mismísimo Jesús
aún en su cruz contendría el cauce arrollador
que devasta tu cordura.
Hasta el lóbulo frontal se pinta de guerra y te dice:
—¡¡¡Al diablo!!! La vida es una sola
y no te preocupes compa; que esas entrepiernas
solo sirven para engendran más vida.
Y así te armas con el valor de mil caballeros templarios,
bebes un trago en seco,
y emprendes tu cruzada para liberar a las vírgenes
del pecado de la inquisición.
Sí, te crees un verdadero héroe
que lucha por una honorable causa. Una justa causa.
Es que al final peleas por crear la vida.
Hasta te vuelves un devoto creyente
y te imaginas que vas a triunfar en tu guerra santa.
Eres capaz de derrotar a dragones y paganos
y finalmente
bautizarte de cuerpo entero
en lo más hondo de un cauce de agua bendita.
Mentalmente te elevas hasta el cielo
para batallar como una salvaje bestia
en la gloria más dulce del tártaro.
Eso es lo que tú crees
y te abalanzas empuñando tu irrompible sable
capaz de traspasar hasta la imperforación del himem.
Después del quinto Martini y un par de tequilas
te da el número de su habitación escrito con rush
en una servilleta de papel; y justo cuando lo tomas
un gorila de 2 metros te toca el hombro.
Se puede decir que en ese instante
los mil caballeros templarios
desertan a la legión extranjera
y tu irrompible sable
se cae como un tierno banano podrido.
Tu héroe se mea como un infante de prescolar
antes de sufrir un infarto por ver una película de Alfred Hitchcock
después de las 22 horas, horario no apto para menores,
y termina tu incursión heroica
con las piernas abiertas y mojadas
besando a los bagres en el río.
Pero tienes posibilidades que algún bagre
te considere un candidato;
pues, así: borracho, meado y ahogándote
puedes aún gestar la vida.
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