Adela Lesbos
Poeta recién llegado
Tú habitaste siempre un palacio de señores,
te acongojaste por causas ajenas a mi mundo,
fuiste feliz por cosas ajenas a mis asuntos,
fuiste alegre entre joyas, fincas, viajes y honores.
Tu cordialidad hacia mí era un doloroso insulto;
y tus buenos modales eran para mí una afrenta.
Me veías nada más como otra de tus sirvientas,
hija de un mundo bajo, aburrido e inculto.
¿Y qué no decir de tu áurea y ebúrnea belleza?
Si yo soy de arcilla y azabache, tú de oro y marfil.
(Besarte los pies yo, toda humilde y servil,
fue siempre mi fantasía más hermosa y enferma.)
Nunca sabrás, bella harpía, de lo dura que fue mi vida,
ni lo que mis padres por mí sacrificaron;
ni de la estampa que me dejaste, esa herida
en el corazón y en estos ojos que te admiraron.
Se lee en la Biblia y en todos esos libros
historias donde los pobres serán salvados,
y se habla de los ricos y poderosos del mundo
por el dios de los pobres castigados y ajusticiados...
Pero el mundo no es así. Con todo, tú eres feliz,
aunque tu mundo perfecto se caiga a pedazos;
porque siempre vendrá el oro con su dulce abrazo
a rescatarte de tu trivial trance y hacerte sonreír.
Yo, en mi financiera y espiritual pobreza,
no creo que tú sufras. Vives alegre en tus laureles;
y aunque sufras, nunca vivirás mi tristeza,
como yo no veré el esplendor de tus ricos vergeles.
Heme aquí ahora, divorciada, luchando, en soledad;
tú felizmente casada, admirada, en sociedad.
Sé, pues, que no son verdad esos cuentos para pobres;
la vida pertenece a los ricos y a los hombres.
te acongojaste por causas ajenas a mi mundo,
fuiste feliz por cosas ajenas a mis asuntos,
fuiste alegre entre joyas, fincas, viajes y honores.
Tu cordialidad hacia mí era un doloroso insulto;
y tus buenos modales eran para mí una afrenta.
Me veías nada más como otra de tus sirvientas,
hija de un mundo bajo, aburrido e inculto.
¿Y qué no decir de tu áurea y ebúrnea belleza?
Si yo soy de arcilla y azabache, tú de oro y marfil.
(Besarte los pies yo, toda humilde y servil,
fue siempre mi fantasía más hermosa y enferma.)
Nunca sabrás, bella harpía, de lo dura que fue mi vida,
ni lo que mis padres por mí sacrificaron;
ni de la estampa que me dejaste, esa herida
en el corazón y en estos ojos que te admiraron.
Se lee en la Biblia y en todos esos libros
historias donde los pobres serán salvados,
y se habla de los ricos y poderosos del mundo
por el dios de los pobres castigados y ajusticiados...
Pero el mundo no es así. Con todo, tú eres feliz,
aunque tu mundo perfecto se caiga a pedazos;
porque siempre vendrá el oro con su dulce abrazo
a rescatarte de tu trivial trance y hacerte sonreír.
Yo, en mi financiera y espiritual pobreza,
no creo que tú sufras. Vives alegre en tus laureles;
y aunque sufras, nunca vivirás mi tristeza,
como yo no veré el esplendor de tus ricos vergeles.
Heme aquí ahora, divorciada, luchando, en soledad;
tú felizmente casada, admirada, en sociedad.
Sé, pues, que no son verdad esos cuentos para pobres;
la vida pertenece a los ricos y a los hombres.
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