Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Bordeando la Perionda, y encaminándose hacia el Bosque Gris, caminaba Antxon, con su borrico. Era Antxon un ropavejero que se dedicaba a comprar, vender y cambiar telas y ropas por las pequeñas aldeas que bordeaban la Perionda. Malhumorado, borrachín y con un comportamiento siempre hosco y cerril, no gozaba de las simpatías de las gentes de la comarca. Todo lo contrario pasaba con su borrico, con sus grandes orejas y sus ojos vivarachos, tenía siempre una expresión bondadosa que encandilaba a las personas y alegraba a los niños. Antxon, en un momento de iluminada serenidad, le había puesto el nombre de Rigoleto.
El día de nuestra historia, Antxon iba bastante achispado, pues había desayunado ya tres veces y se había tomado sendas copas de aguardiente, para “ponerse a tono” como él decía. Llegó por el Bosque Gris, hasta el Arroyo Viejo y, como no iba muy sereno, se adentró por una zona sin sendero a pesar de que Rigoleto se empeñaba en caminar por donde siempre lo hacían. Aquella insistencia del borrico sólo sirvió para que Antxon lo golpeara con la vara y lo obligara a seguirlo. De modo que se perdieron. Llegaron hasta el piornal que bordeaba el Río Luna y por un vado lo cruzaron y se internaron en la ribera de los alcornocales que formaban parte del Bosque Añoso.
El suelo del bosque en aquella parte estaba sembrado de bellotas caídas de los alcornoques y tapizado de fina hierba. Rigoleto, creyendo que había llegado el tiempo de comer, se puso a triscar la hierba lo que le valió nuevos golpes por parte de Antxon, así como un montón de improperios voceados con su lengua aguardentosa.
Cómo serían las voces y los palos que le dio al pobre Rigoleto, que éste rebuznaba con un sentimiento de queja que partía el alma. Tanto fue así que aquel jaleo llegó a los oídos de Oberón que estaba en aquella parte del bosque. Lleno de curiosidad, se llegó hasta donde estaban Antxon y Rigoleto y pudo ver el maltrato que al pobre burro le estaban dando. Le pareció a Oberón que había que dar un escarmiento y en un momento se vio adornado Antxon de unas grandes orejas, una cola peluda, un gran hocico y cuatro patas para sostenerse en el suelo. Cuando Antxon se vio de esa manera, quiso protestar, pero de su boca no salió nada más que un largo, sonoro y pronunciado rebuzno. Tiró coces al aire, dio saltos y lanzó rebuznos, pero de nada le sirvieron. Salió corriendo, internándose por el Bosque Añoso, mientras el bueno de Rigoleto le seguía con dificultad. Al cabo de un rato, cansado, jadeante y sediento, se acercó Antxon hasta una charca con afán de beber agua. Era una charca estancada, de aguas malolientes y que Rigoleto rápidamente se dio cuenta de que no era buena para beber. A empellones y pequeños mordiscos, Rigoleto apartó de aquella charca a Antxon y le condujo hasta un regato de aguas claras que corría hacia el Río Luna. Allí le dejó beber lo quiso. Pero Antxon bebió tanto que se sintió cansado y con ganas de tumbarse. Se allegó hasta un campo de ortigas y allí se hubiese tumbado si, de nuevo, Rigoleto no se lo hubiese impedido. Estaba Antxon muy mosqueado con la actitud de su burro, que le parecía que no hacia otra cosa que fastidiarle, pero Rigoleto le condujo a una zona de hojas caídas que formaban una especie de cama y allí se tumbaron ambos a descansar. Al cabo de un rato, Antxon sintió hambre y buscó unas plantas para comer. Encontró una rinconada donde crecían las adelfas y se dirigió hacia ellas. Gracias a que Rigoleto estaba atento y se preocupaba por él, no tuvo una desgracia que lamentar, pues las caballerías enferman de gravedad si comen las adelfas, así que de nuevo los empujones, los mordiscos, para apartarlo de allí. Rigoleto lo condujo hasta un claro del bosque donde crecía el trébol y dejó que comiese en esa zona.
En ese momento, Antxon se dio cuenta de lo que su pequeño asno hacía por él. Le había salvado de las aguas ponzoñosas, le había evitado el padecer las ronchas y picores que provocan las ortigas y le impidió envenenarse con las adelfas. Se sintió canalla y se vio por primera vez como un mal hombre y, sin embargo, su burrito había cuidado de él.
Una lágrima grande y caliente se deslizó por el hocico de Antxon. Comprendía que se había comportado mal con Rigoleto, que era una persona egoísta, maleducada y grosera. En su fuero interno se dijo que tenía que cambiar, que cambiaría y se haría mejor persona, más agradable y complaciente y que trataría con cariño a su borrico.
En ese instante, Titania miró a Oberón y en el lenguaje de las miradas, Oberón supo que el castigo había sido efectivo y que era el momento de terminarlo.
Como si de un mal sueño despertara, se encontró Antxon de nuevo en su forma humana y corrió hacia Rigoleto a quien cubrió de abrazos y besos.
- Anda, Rigoleto, sácame de aquí- y lo siguió con parsimonia hasta que volvieron al camino.
Titania y Oberón se tomaron de la mano. Oberón sonrió y Titania rió francamente. Mientras Titania reía, los piornos se cuajaron de flores amarillas y las calandrias llenaron con sus trinos el alcornocal.
El día de nuestra historia, Antxon iba bastante achispado, pues había desayunado ya tres veces y se había tomado sendas copas de aguardiente, para “ponerse a tono” como él decía. Llegó por el Bosque Gris, hasta el Arroyo Viejo y, como no iba muy sereno, se adentró por una zona sin sendero a pesar de que Rigoleto se empeñaba en caminar por donde siempre lo hacían. Aquella insistencia del borrico sólo sirvió para que Antxon lo golpeara con la vara y lo obligara a seguirlo. De modo que se perdieron. Llegaron hasta el piornal que bordeaba el Río Luna y por un vado lo cruzaron y se internaron en la ribera de los alcornocales que formaban parte del Bosque Añoso.
El suelo del bosque en aquella parte estaba sembrado de bellotas caídas de los alcornoques y tapizado de fina hierba. Rigoleto, creyendo que había llegado el tiempo de comer, se puso a triscar la hierba lo que le valió nuevos golpes por parte de Antxon, así como un montón de improperios voceados con su lengua aguardentosa.
Cómo serían las voces y los palos que le dio al pobre Rigoleto, que éste rebuznaba con un sentimiento de queja que partía el alma. Tanto fue así que aquel jaleo llegó a los oídos de Oberón que estaba en aquella parte del bosque. Lleno de curiosidad, se llegó hasta donde estaban Antxon y Rigoleto y pudo ver el maltrato que al pobre burro le estaban dando. Le pareció a Oberón que había que dar un escarmiento y en un momento se vio adornado Antxon de unas grandes orejas, una cola peluda, un gran hocico y cuatro patas para sostenerse en el suelo. Cuando Antxon se vio de esa manera, quiso protestar, pero de su boca no salió nada más que un largo, sonoro y pronunciado rebuzno. Tiró coces al aire, dio saltos y lanzó rebuznos, pero de nada le sirvieron. Salió corriendo, internándose por el Bosque Añoso, mientras el bueno de Rigoleto le seguía con dificultad. Al cabo de un rato, cansado, jadeante y sediento, se acercó Antxon hasta una charca con afán de beber agua. Era una charca estancada, de aguas malolientes y que Rigoleto rápidamente se dio cuenta de que no era buena para beber. A empellones y pequeños mordiscos, Rigoleto apartó de aquella charca a Antxon y le condujo hasta un regato de aguas claras que corría hacia el Río Luna. Allí le dejó beber lo quiso. Pero Antxon bebió tanto que se sintió cansado y con ganas de tumbarse. Se allegó hasta un campo de ortigas y allí se hubiese tumbado si, de nuevo, Rigoleto no se lo hubiese impedido. Estaba Antxon muy mosqueado con la actitud de su burro, que le parecía que no hacia otra cosa que fastidiarle, pero Rigoleto le condujo a una zona de hojas caídas que formaban una especie de cama y allí se tumbaron ambos a descansar. Al cabo de un rato, Antxon sintió hambre y buscó unas plantas para comer. Encontró una rinconada donde crecían las adelfas y se dirigió hacia ellas. Gracias a que Rigoleto estaba atento y se preocupaba por él, no tuvo una desgracia que lamentar, pues las caballerías enferman de gravedad si comen las adelfas, así que de nuevo los empujones, los mordiscos, para apartarlo de allí. Rigoleto lo condujo hasta un claro del bosque donde crecía el trébol y dejó que comiese en esa zona.
En ese momento, Antxon se dio cuenta de lo que su pequeño asno hacía por él. Le había salvado de las aguas ponzoñosas, le había evitado el padecer las ronchas y picores que provocan las ortigas y le impidió envenenarse con las adelfas. Se sintió canalla y se vio por primera vez como un mal hombre y, sin embargo, su burrito había cuidado de él.
Una lágrima grande y caliente se deslizó por el hocico de Antxon. Comprendía que se había comportado mal con Rigoleto, que era una persona egoísta, maleducada y grosera. En su fuero interno se dijo que tenía que cambiar, que cambiaría y se haría mejor persona, más agradable y complaciente y que trataría con cariño a su borrico.
En ese instante, Titania miró a Oberón y en el lenguaje de las miradas, Oberón supo que el castigo había sido efectivo y que era el momento de terminarlo.
Como si de un mal sueño despertara, se encontró Antxon de nuevo en su forma humana y corrió hacia Rigoleto a quien cubrió de abrazos y besos.
- Anda, Rigoleto, sácame de aquí- y lo siguió con parsimonia hasta que volvieron al camino.
Titania y Oberón se tomaron de la mano. Oberón sonrió y Titania rió francamente. Mientras Titania reía, los piornos se cuajaron de flores amarillas y las calandrias llenaron con sus trinos el alcornocal.
Última edición: