Campo Ardiendo
Poeta recién llegado
El altar secreto
Busqué al Filósofo en el presidio. Mi contacto era el Zarco. Él me llevaría hasta donde se encontraba. Era allí donde me dijeron que debía hacer la entrevista. Pero me encontré algo más que una simple entrevista para mi tesis de Filosofía.
Era un lugar viejo, sucio y asqueroso, con el piso lúgubre. Todo el mundo gritaba y reía. La algarabía era tan estridente que no dejaba escuchar lo que el Filósofo me decía, pero me las ingeniaba para compenetrarme tanto de su plática que no era obstáculo para escucharlo.
Con un leve movimiento de su cabeza y sus manos me hizo señas para que nos apartáramos hacía un lado del patio. Luego le indicó al guardia algo que no alcancé a escuchar. Y el escolta con un juego de radios móviles nos condujo a la segunda planta donde nos hizo pasar a un cuarto con puerta cerrada. Un arrinconado lugar donde cabían dos mesas. La otra se encontraba sola, y ahí deposité mi folder con todos los papeles que cargo. El ruido dejó de ser molesto. Allí hablé con el Filósofo:
«Acepté responder a sus preguntas porque sé que no hablaremos de las causas por las que me encuentro acá. Es un tema que ya está más que resuelto. Tengo algún tiempo de vivir acá, si es que a esto se le puede llamar vida. Y no tengo el ánimo suficiente para parecerle optimista, pero, es la verdad. Hoy es uno de esos días que mi existencia se encuentra complicada. Desastrosa. Me he sentido como debe sentirse un equilibrista haciendo maromas sobre el borde de una bacinica. Hace tres noches asesinaron a mi compañero de celda y eso me traerá buenas consecuencias.»
En cada instante detenía la plática para voltear a ver alrededor, con energía. Volvía con su mirada a penetrar en mis ojos. Se recomponía el mostacho mal cuidado y un poco de pelo tirado sobre el rostro, tomaba aire, torcía su boca, y volvía con la mirada penetrante.
Le formulé un par de preguntas, saqué mi grabador portátil y lo eché a andar.
«No crea que toda mi vida he deambulado las calles en busca de un trago. No. Hubo un tiempo que fui joven y estudié. Con la ayuda de mis padres logré graduarme y pude llevar una vida, normal. Igual que muchos. Cuando ellos murieron, heredé la propiedad más grande de la zona. Acostumbrado a una vida ufana y llena de lujos, decidí casarme. Y lo hice. ella era tan linda, pero tuve que hacerlo, no podía permitirle que estuviera en otras manos.
»Es la muerte un presagio del destino? ¿Es el destino un diseño calculado por algo o alguien? ¿O es nada más un efecto de la mala suerte? ¿O es que acaso existen momentos en que la vida te juega una mala pasada?
»Tuve que llegar hasta este lugar para darme las respuestas a estas y a otras interrogantes que he acumulado en mi vida y que nunca, nadie pudo responderme.
»Hasta hoy desconozco el porqué tuve que ser yo. ¿Qué si me han destruido? Sí, me acabaron. Pero, también es cierto que, algo he aprendido. Al menos, a reconocer que no todo en la vida es hermoso cuando parece serlo.
»La vida en la cárcel es dura. Se encuentra llena de calamidades y desgracias, y todas mis acciones van encaminadas a subsistir. La muerte ronda al lado nuestro, en cada movimiento, en cada paso. y se ha convertido en nuestra fiel compañera. Acá todos pensamos en asesinar a alguien y todos pensamos que alguien quiere asesinarnos. Acá es donde se conjuntan todos los ímpetus perversos en toda su expresión. Nunca pensé que el mal sería el factor común de miles de hombres y mujeres que rondamos estos espacios.
»Algunas veces nuestros actos van encaminados a hacer el bien, estoy seguro de ello, pero de espontáneo ocurre un acontecimiento que retuerce nuestro actuar y al final, terminamos haciendo daño. Como dije con anterioridad, es posible que no sea con esa intención, pero daño al fin. Me preguntas, ¿Qué si es el destino? No lo sé. Ya he dejado de creer en todo. Estando acá se pierde todo. En la puerta de entrada quedó mi sapiencia y mis creencias. Mi fe y mi esperanza. En el portón de entrada de el “Al Vahó” quedó mi otro yo. Este que hoy soy, es el otro, el que desconocía, el que salta desde mi interior y se abalanza sobre mí y me dice que el camino a la libertad lo erijo yo, lo recorro dentro de mí porque la libertad, soy yo.
He dejado de creer en todas esas mentiras que me enseñaron acerca de la libertad. Patrañas decrepitas. Inocentadas, cuentos para bobos. Al fin encontré la verdad. Que sencillo era reconocerlo, y yo no lo hacía. ¿Por qué tuve que tardar tanto tiempo en reconocerlo? Si la libertad que interesa es la que me hace pensar por mí, sin ataduras, sin alienación. Si la búsqueda de todas mis ataduras es la que me llevara a encontrar lo que siempre he investigado: Mi propia naturaleza.
»He roto mi dependencia con el mundo y viviendo en el. No puedo aislarme, no debo aislarme. Necesito estar incorporado al mundo, pero no engañado de que eso sea lo mejor. Ahora sé, que es solo por mi forma de pensar que debo erigir mi destino, que mi destino se encuentra en mi forma de pensar. Es mi vida la que cuenta. Que hermosa se ve la vida en libertad. Y los miles de reos, y los miles de esclavos que deambulan a mí alrededor. Todos aportando esa cuota de sufrimiento a la atmósfera para que ella se alimente de basura, de veneno que expele cada uno de los habitantes de este globo terráqueo. El sufrimiento que desplaza el cerebro de cada humano, es como la alcantarilla de aguas negras de la ciudad más poblada del mundo.»
Aquél hombre sembró la cabeza sobre la mesa y me percaté entonces que lloraba. Así pasaron varios minutos entonces comprendí que la entrevista había terminado.
Cuando salí de allí respiré profundo y di gracias a la vida por saberme libre, en libertad.
El gustillo del aire que hoy respiro nunca fue el mismo desde aquel día.
Edgardo Benítez
Santa Ana, El Salvador
Busqué al Filósofo en el presidio. Mi contacto era el Zarco. Él me llevaría hasta donde se encontraba. Era allí donde me dijeron que debía hacer la entrevista. Pero me encontré algo más que una simple entrevista para mi tesis de Filosofía.
Era un lugar viejo, sucio y asqueroso, con el piso lúgubre. Todo el mundo gritaba y reía. La algarabía era tan estridente que no dejaba escuchar lo que el Filósofo me decía, pero me las ingeniaba para compenetrarme tanto de su plática que no era obstáculo para escucharlo.
Con un leve movimiento de su cabeza y sus manos me hizo señas para que nos apartáramos hacía un lado del patio. Luego le indicó al guardia algo que no alcancé a escuchar. Y el escolta con un juego de radios móviles nos condujo a la segunda planta donde nos hizo pasar a un cuarto con puerta cerrada. Un arrinconado lugar donde cabían dos mesas. La otra se encontraba sola, y ahí deposité mi folder con todos los papeles que cargo. El ruido dejó de ser molesto. Allí hablé con el Filósofo:
«Acepté responder a sus preguntas porque sé que no hablaremos de las causas por las que me encuentro acá. Es un tema que ya está más que resuelto. Tengo algún tiempo de vivir acá, si es que a esto se le puede llamar vida. Y no tengo el ánimo suficiente para parecerle optimista, pero, es la verdad. Hoy es uno de esos días que mi existencia se encuentra complicada. Desastrosa. Me he sentido como debe sentirse un equilibrista haciendo maromas sobre el borde de una bacinica. Hace tres noches asesinaron a mi compañero de celda y eso me traerá buenas consecuencias.»
En cada instante detenía la plática para voltear a ver alrededor, con energía. Volvía con su mirada a penetrar en mis ojos. Se recomponía el mostacho mal cuidado y un poco de pelo tirado sobre el rostro, tomaba aire, torcía su boca, y volvía con la mirada penetrante.
Le formulé un par de preguntas, saqué mi grabador portátil y lo eché a andar.
«No crea que toda mi vida he deambulado las calles en busca de un trago. No. Hubo un tiempo que fui joven y estudié. Con la ayuda de mis padres logré graduarme y pude llevar una vida, normal. Igual que muchos. Cuando ellos murieron, heredé la propiedad más grande de la zona. Acostumbrado a una vida ufana y llena de lujos, decidí casarme. Y lo hice. ella era tan linda, pero tuve que hacerlo, no podía permitirle que estuviera en otras manos.
»Es la muerte un presagio del destino? ¿Es el destino un diseño calculado por algo o alguien? ¿O es nada más un efecto de la mala suerte? ¿O es que acaso existen momentos en que la vida te juega una mala pasada?
»Tuve que llegar hasta este lugar para darme las respuestas a estas y a otras interrogantes que he acumulado en mi vida y que nunca, nadie pudo responderme.
»Hasta hoy desconozco el porqué tuve que ser yo. ¿Qué si me han destruido? Sí, me acabaron. Pero, también es cierto que, algo he aprendido. Al menos, a reconocer que no todo en la vida es hermoso cuando parece serlo.
»La vida en la cárcel es dura. Se encuentra llena de calamidades y desgracias, y todas mis acciones van encaminadas a subsistir. La muerte ronda al lado nuestro, en cada movimiento, en cada paso. y se ha convertido en nuestra fiel compañera. Acá todos pensamos en asesinar a alguien y todos pensamos que alguien quiere asesinarnos. Acá es donde se conjuntan todos los ímpetus perversos en toda su expresión. Nunca pensé que el mal sería el factor común de miles de hombres y mujeres que rondamos estos espacios.
»Algunas veces nuestros actos van encaminados a hacer el bien, estoy seguro de ello, pero de espontáneo ocurre un acontecimiento que retuerce nuestro actuar y al final, terminamos haciendo daño. Como dije con anterioridad, es posible que no sea con esa intención, pero daño al fin. Me preguntas, ¿Qué si es el destino? No lo sé. Ya he dejado de creer en todo. Estando acá se pierde todo. En la puerta de entrada quedó mi sapiencia y mis creencias. Mi fe y mi esperanza. En el portón de entrada de el “Al Vahó” quedó mi otro yo. Este que hoy soy, es el otro, el que desconocía, el que salta desde mi interior y se abalanza sobre mí y me dice que el camino a la libertad lo erijo yo, lo recorro dentro de mí porque la libertad, soy yo.
He dejado de creer en todas esas mentiras que me enseñaron acerca de la libertad. Patrañas decrepitas. Inocentadas, cuentos para bobos. Al fin encontré la verdad. Que sencillo era reconocerlo, y yo no lo hacía. ¿Por qué tuve que tardar tanto tiempo en reconocerlo? Si la libertad que interesa es la que me hace pensar por mí, sin ataduras, sin alienación. Si la búsqueda de todas mis ataduras es la que me llevara a encontrar lo que siempre he investigado: Mi propia naturaleza.
»He roto mi dependencia con el mundo y viviendo en el. No puedo aislarme, no debo aislarme. Necesito estar incorporado al mundo, pero no engañado de que eso sea lo mejor. Ahora sé, que es solo por mi forma de pensar que debo erigir mi destino, que mi destino se encuentra en mi forma de pensar. Es mi vida la que cuenta. Que hermosa se ve la vida en libertad. Y los miles de reos, y los miles de esclavos que deambulan a mí alrededor. Todos aportando esa cuota de sufrimiento a la atmósfera para que ella se alimente de basura, de veneno que expele cada uno de los habitantes de este globo terráqueo. El sufrimiento que desplaza el cerebro de cada humano, es como la alcantarilla de aguas negras de la ciudad más poblada del mundo.»
Aquél hombre sembró la cabeza sobre la mesa y me percaté entonces que lloraba. Así pasaron varios minutos entonces comprendí que la entrevista había terminado.
Cuando salí de allí respiré profundo y di gracias a la vida por saberme libre, en libertad.
El gustillo del aire que hoy respiro nunca fue el mismo desde aquel día.
Edgardo Benítez
Santa Ana, El Salvador