danie
solo un pensamiento...
Vicios, pecados, culpas,
complejos y morales;
un torrente sanguíneo que desborda y hierve
en el cauce de la humanidad.
Pero no, no hay luz al final del túnel;
no te equivoques lady J
y, mucho menos, no queda
ni una gota de aceite en el cárter de este viejo Falcón.
Es que yo, sinceramente, prefiero el mate amargo
y esos besos raros que saben a chino.
Y, claro, bailar mambo y escribirle siempre al amor
antes que explicarte por décima vez
que la edad no se quita con toneladas de maquillaje
y los caprichitos no son compatibles con las patas de gallo.
Escribirle al amor es lo que cuenta
y más cuando me fijo en la gente
y solo noto las pupilas incendiadas por la cólera.
Escribirle al amor de forma suave o con poco voltaje,
así como la espuma
se expande en su coito con la arena.
Incluso más suave que el simple planeo de la gavina
o de forma más lenta y calmada
que la fecundación de la perla
dentro de los corales y sus conchas.
Pero para escribirle al amor
con algunos de estos modales
ya me habré tomado seis litros de cerveza,
un litro de Fernet, ocho miligramos de alprazolam
y, claro, seguramente me fumé
dos atados completos de Parisienes negros
en tan solo una noche.
Sin olvidarme de aquella vez que reposé
esta maldita boca, mi boca agreste
en los tibios pezones de tu hermana
para así recordar, tal vez un poco,
cómo se mamaba de infante.
Ahí, recién, podré teclear en el Word:
“amor… ¿por qué carajo te aguanté estos dos años?”
Omitiendo, en mis baches mentales,
lo que sería el amor propio.
Mientras el minutero del reloj, para entonces,
marcará las nueve
y este fulano, escribiéndole al amor,
nunca llegará a sacar turno en el motel
para el tan esperado reencuentro
con esa vieja amante “la soledad”
y su prima cercana “la puta trasnoche”.
complejos y morales;
un torrente sanguíneo que desborda y hierve
en el cauce de la humanidad.
Pero no, no hay luz al final del túnel;
no te equivoques lady J
y, mucho menos, no queda
ni una gota de aceite en el cárter de este viejo Falcón.
Es que yo, sinceramente, prefiero el mate amargo
y esos besos raros que saben a chino.
Y, claro, bailar mambo y escribirle siempre al amor
antes que explicarte por décima vez
que la edad no se quita con toneladas de maquillaje
y los caprichitos no son compatibles con las patas de gallo.
Escribirle al amor es lo que cuenta
y más cuando me fijo en la gente
y solo noto las pupilas incendiadas por la cólera.
Escribirle al amor de forma suave o con poco voltaje,
así como la espuma
se expande en su coito con la arena.
Incluso más suave que el simple planeo de la gavina
o de forma más lenta y calmada
que la fecundación de la perla
dentro de los corales y sus conchas.
Pero para escribirle al amor
con algunos de estos modales
ya me habré tomado seis litros de cerveza,
un litro de Fernet, ocho miligramos de alprazolam
y, claro, seguramente me fumé
dos atados completos de Parisienes negros
en tan solo una noche.
Sin olvidarme de aquella vez que reposé
esta maldita boca, mi boca agreste
en los tibios pezones de tu hermana
para así recordar, tal vez un poco,
cómo se mamaba de infante.
Ahí, recién, podré teclear en el Word:
“amor… ¿por qué carajo te aguanté estos dos años?”
Omitiendo, en mis baches mentales,
lo que sería el amor propio.
Mientras el minutero del reloj, para entonces,
marcará las nueve
y este fulano, escribiéndole al amor,
nunca llegará a sacar turno en el motel
para el tan esperado reencuentro
con esa vieja amante “la soledad”
y su prima cercana “la puta trasnoche”.
Última edición: