Sepia

Elisalle

Poetisa
Como caricia de abuelo ha venido el otoñoa instalarse en la mecedora de ramas sepia, en medio del patio. Él me sabe a infancia. A cuadernos nuevos, a trenzas, delantal planchado y a llantos de despedida al toque de campanas.

Hoy no tiene prisa y visualizo su barba, mientras sus manos la alisan y hay en ese gesto tranquilo, despreocupado, casi omnipresente, sabiduría de tiempos arrumados que guarda silencioso en su mente sosegada. Quizá, ordena los cuentos que han de ser precisos cuando quiera hablar para enriquecer otras permanencias del futuro.

Su aliento fresco llena de oxígeno hasta las venas más delgadas de mi sentencia próxima y mientras los dos vemos que al sauce se le van cayendo las pestañas, en un nido ya vacío de la conciencia, trina un pájaro. Escuchamos, este viejo lindo y yo, los afluentes de risa que se llevan las golondrinas en sus cantos hacia el otro lado del sol.

Ven, entremos, se hace la tarde y las brazas en sus crepitaciones, nos invitan a comer castañas.

La tarde somos tú, yo y no estamos solos.
Las campanas de la escuela repican lejanas, pero no por eso dejamos de escucharlas.
*

Elisalle
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No había visto tu texto, y mira, dé lo que me perdía.
A veces cuando leo tus letras percibo que tratas de liberarte, como buscando la puerta de salida o de entrada, no sé hacia dónde. Solo tú sabrás.
 
Eli, me transportaste al poblado de mis viejos queridos. A los amaneres con frío y chocolate caliente con tortas de harina. Al paseo por el jardin para rwcibir un baño de sol. Al mediodía de recorrer el mercado. A la caída del sol tras la colina, mientras largas sombras de tres pies se acercaban...

Me has inudando de nostalgias. ¿Serán ciento cincuenta y tres?

Un beso enorme que te llegue desde el ombligo del mundo al sur de los viñedos.

Gracias mi querida Elisalle.
 
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Eli, me transportaste al poblado de mis viejos queridos. A los amaneres con frío y chocolate caliente con tortas de harina. Al paseo por el jardin para rwcibir un baño de sol. Al mediodía de recorrer el mercado. A la caída del sol tras la colina, mientras largas sombras de tres pies se acercaban...

Me has inudando de nostalgias. ¿Serán ciento cincuenta y tres?

Un beso enorme que te llegue desde el ombligo del mundo al sur de los viñedos.

Gracias mi querida Elisalle.
jajaja, siempre tú, tan especial para tus cosas. Sello único.
Nunca serán menos de ciento cincuenta y tres, ¿de acuerdo, amigo mío?
El próximo año tal vez, nos veamos por ahí. Abrazo.
 
Como caricia de abuelo ha venido el otoñoa instalarse en la mecedora de ramas sepia, en medio del patio. Él me sabe a infancia. A cuadernos nuevos, a trenzas, delantal planchado y a llantos de despedida al toque de campanas.

Hoy no tiene prisa y visualizo su barba, mientras sus manos la alisan y hay en ese gesto tranquilo, despreocupado, casi omnipresente, sabiduría de tiempos arrumados que guarda silencioso en su mente sosegada. Quizá, ordena los cuentos que han de ser precisos cuando quiera hablar para enriquecer otras permanencias del futuro.

Su aliento fresco llena de oxígeno hasta las venas más delgadas de mi sentencia próxima y mientras los dos vemos que al sauce se le van cayendo las pestañas, en un nido ya vacío de la conciencia, trina un pájaro. Escuchamos, este viejo lindo y yo, los afluentes de risa que se llevan las golondrinas en sus cantos hacia el otro lado del sol.

Ven, entremos, se hace la tarde y las brazas en sus crepitaciones, nos invitan a comer castañas.

La tarde somos tú, yo y no estamos solos.
Las campanas de la escuela repican lejanas, pero no por eso dejamos de escucharlas.
*

Elisalle
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Leerte ha sido como caminar por un sendero de plumas, me ha encantado la evocación infantil trasladada al olor a hogar de un nuevo camino.

Gran abrazo!

Palmira
 
Como caricia de abuelo ha venido el otoñoa instalarse en la mecedora de ramas sepia, en medio del patio. Él me sabe a infancia. A cuadernos nuevos, a trenzas, delantal planchado y a llantos de despedida al toque de campanas.

Hoy no tiene prisa y visualizo su barba, mientras sus manos la alisan y hay en ese gesto tranquilo, despreocupado, casi omnipresente, sabiduría de tiempos arrumados que guarda silencioso en su mente sosegada. Quizá, ordena los cuentos que han de ser precisos cuando quiera hablar para enriquecer otras permanencias del futuro.

Su aliento fresco llena de oxígeno hasta las venas más delgadas de mi sentencia próxima y mientras los dos vemos que al sauce se le van cayendo las pestañas, en un nido ya vacío de la conciencia, trina un pájaro. Escuchamos, este viejo lindo y yo, los afluentes de risa que se llevan las golondrinas en sus cantos hacia el otro lado del sol.

Ven, entremos, se hace la tarde y las brazas en sus crepitaciones, nos invitan a comer castañas.

La tarde somos tú, yo y no estamos solos.
Las campanas de la escuela repican lejanas, pero no por eso dejamos de escucharlas.
*

Elisalle
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Felicitaciones Elisalle por tu reconocimiento, feliz día.
 

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