Versólogo
Poeta recién llegado
La noche ardía en tinieblas,
pues la luna taciturna
y vergonzosa se fue
a esconder en la penumbra.
Era una noche de duelo:
De colmillos sanguinarios
De puñales homicidas.
De crímenes esteparios.
La muchacha temerosa
corría, y sus pies helados
hendían la noche parda
por el campo amoratado.
El chillido de los grillos
rasgaba la noche amarga.
Los árboles y sus copas
se mecían y gritaban:
¡Cuidado, cuidado, triste
muchacha, no te detengas
hasta llegar a tu casa!
¡Muchacha, no te detengas
en este infierno azabache,
de cielo negro cruento!
¡No te pares en el río!
¡No te pares ni un momento!
El viento frío tañía:
¡Ay, muchachita adorada,
querida niña celeste!
¿Quién te ha rasgado la falda?
¿Quién ha sido tan infame
para escupirle en la cara?
¿Quién ha osado mancillar
tu tierna inocencia blanca?
¿Ha sido un hombre brutal
o una fiera desquiciada?
Si por mí fuera ese truhan
no vería la alborada.
Jadeando por el monte,
corre y corre la muchacha.
Ya atisba la salvación,
ya está llegando a su casa.
Quiere gritar, mas el miedo
la amordaza. Sordos pasos
resuenan y la acobardan.
Las llaves buscan sus manos
temblorosas. ¡Pobre niña!
Busca y busca, pero nada,
se debieron de caer
más allá por la cañada.
Ya tiene los pasos cerca,
Ya las sombras se abalanzan
sobre el cuerpecillo frágil
de la inocente muchacha.
El lobo llama a la luna
para que descubra el crimen
con sus lágrimas de plata:
¡Ay, luna, lunita, dime
si hay derecho a tanta infamia!
La luna salió impetuosa,
sus rayos de fiera plata,
su mirada pesarosa.
Entre sollozos salados:
¡Ay, muchachita adorada
yo te vengaré, pequeña!
dijo la luna enojada.
A estas bestias perversas
sin alma ni corazón,
les impongo mi justicia,
les lanzo mi maldición:
Mi fuego ardiente de estaño
será tu cárcel perpetua.
En una estatua de plata
te convertiré sin pena.
Vivirás sin emociones
alojado en tu prisión,
alejado de los hombres
¡Esta es mi maldición!
pues la luna taciturna
y vergonzosa se fue
a esconder en la penumbra.
Era una noche de duelo:
De colmillos sanguinarios
De puñales homicidas.
De crímenes esteparios.
La muchacha temerosa
corría, y sus pies helados
hendían la noche parda
por el campo amoratado.
El chillido de los grillos
rasgaba la noche amarga.
Los árboles y sus copas
se mecían y gritaban:
¡Cuidado, cuidado, triste
muchacha, no te detengas
hasta llegar a tu casa!
¡Muchacha, no te detengas
en este infierno azabache,
de cielo negro cruento!
¡No te pares en el río!
¡No te pares ni un momento!
El viento frío tañía:
¡Ay, muchachita adorada,
querida niña celeste!
¿Quién te ha rasgado la falda?
¿Quién ha sido tan infame
para escupirle en la cara?
¿Quién ha osado mancillar
tu tierna inocencia blanca?
¿Ha sido un hombre brutal
o una fiera desquiciada?
Si por mí fuera ese truhan
no vería la alborada.
Jadeando por el monte,
corre y corre la muchacha.
Ya atisba la salvación,
ya está llegando a su casa.
Quiere gritar, mas el miedo
la amordaza. Sordos pasos
resuenan y la acobardan.
Las llaves buscan sus manos
temblorosas. ¡Pobre niña!
Busca y busca, pero nada,
se debieron de caer
más allá por la cañada.
Ya tiene los pasos cerca,
Ya las sombras se abalanzan
sobre el cuerpecillo frágil
de la inocente muchacha.
El lobo llama a la luna
para que descubra el crimen
con sus lágrimas de plata:
¡Ay, luna, lunita, dime
si hay derecho a tanta infamia!
La luna salió impetuosa,
sus rayos de fiera plata,
su mirada pesarosa.
Entre sollozos salados:
¡Ay, muchachita adorada
yo te vengaré, pequeña!
dijo la luna enojada.
A estas bestias perversas
sin alma ni corazón,
les impongo mi justicia,
les lanzo mi maldición:
Mi fuego ardiente de estaño
será tu cárcel perpetua.
En una estatua de plata
te convertiré sin pena.
Vivirás sin emociones
alojado en tu prisión,
alejado de los hombres
¡Esta es mi maldición!
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