Querido Eduardo:
Perdona si de nuevo llego tarde
a mi cita contigo en este mayo
de cruces y de campos florecidos.
Es la mía, una carta escrita al viento.
Pretendiéndote vivo
puedo entablar un dialogo contigo.
Tú me hablas con tus versos del azul
de tu cielo, y del mar con tus pinturas.
El mar, y afinidades compartidas,
hicieron volar mi inspiración.
Dejaste como herencia:
tu paternal y tierna cercanía
de paciente maestro,
junto a la noble huella de tus pasos.
Junto con tus pinceles
muere la tarde esperando tu mirada,
mientras el sol regresa a su morada.
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