kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
TERNURA
Tras despedirme de Juan en el semáforo
trato de recordar las ternuras de mi vida
mientras camino hacia casa
con la barra de pan caliente pinzada bajo el brazo.
La ternura tiene poco que ver con el amor.
El amor es un concepto intelectual,
matérico, diría que casi burgués,
mientras que la ternura es pura animalidad.
El amor empieza por uno mismo
pero la ternura es, literalmente,
quebrarse el esternón, partirse el alma en dos,
para poder cobijar en tu pecho
a ese ser que te reclama.
La ternura tiene algo que ver con temblores irisados,
con las caricias de una madre, el llanto y la risa del bebé;
tiene que ver con desamparos, cipreses, vulnerabilidades
y delicadezas.
Recuerdo ahora la ternura del primer nacimiento.
La ternura de cuando nació mi hijo Mateo.
Apenas eran las 11:00 de la mañana
y bajé al bar y me puse morado a cervezas
mientras mi suegra me llamaba en un bucle demencial.
La silencié y escribí un poema en la servilleta
con la rapidez de aquellos versos
que ya fueron creados hace tiempo
y que lo de menos es acuñarlos en papel.
Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema
hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito
en la propia servilleta del bar: «gracias por venir».
Subí a la sala de espera y al poco
una enfermera voceó mi nombre,
y me entregó a un ser vivo morado que exhalaba quejidos.
Y entonces —oh, entonces— ese diminuto ser
me agarró del dedo con una fuerza inusitada
y se desprendió de mi lagrimal, así, de golpe, una perla líquida.
Una esfera que rodaba por la ladera de mi mejilla
y que fue empujada por la palanca de ternura más bestia
que había sentido jamás.
Otra ternura ilustre es la que siento por mi gata
y que implosiona en mi pecho cada día.
Me encantas cuando saltas
y te refugias en tu templo de cartón.
Desde tu irreductible atalaya me observas
con tus orejas tiesas
y posas tu patita en el borde de la caja
como diciendo: «ven aquí humano tonto»,
y voy. Y te acaricio la nuca una y otra vez
y ronroneas y me buscas clavándome el temblor
de tus entreverados ojos aguamarina.
Y siento la presión inconmensurable
de una infinita ternura.
Hay una ternura muy singular
que es la del adiós inminente.
Hablo de esa jodida mandrágora que asoma
en la mirada terrera del desahuciado.
Mi querido Mari abandonó el tratamiento de diálisis
sabiendo muy bien lo que eso implicaba: dos semanas.
Al terminar la primera lo ingresaron de urgencia.
Fui a visitarlo y al entrar en la habitación
me lo encontré dormido, boca arriba,
con su brazo izquierdo suspendido en el aire.
Recuerdo darle un beso en la mano
de los que se dan a los recién nacidos
con ese pretencioso propósito de eternidad.
Y mientras posaba su brazo en la camilla
abrió repentinamente sus párpados
como quien despierta de la peor de sus pesadillas.
Pero no tardó en recobrar en su mirada
aquella chispa nuclear tan propia de su ser.
—Andreas, la semana que viene nos vamos al mercado
y nos compramos unos caracolillos de esos que nos gustan.
Una bola de ternura descomunal
se me instaló en la nuez
y no era capaz de tragarla.
Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo.
Juan no se merecía el desprecio de mi ternura esta mañana.
Esa ternura debería haberse evitado.
Diez hermanos, residencia infantil, violencia,
pobreza, alcoholismo y Ocaña II.
Juan lleva 15 años en el mismo semáforo.
Camina lento con las piernas arqueadas
y por la pernera de sus pantalones cortos
gotea la marginalidad crónica de su puta vida.
El reguero oxida los crudos rosetones de sus piernas
y el morado de sus tobillos.
Tiene la cara hinchada y la nariz jodida
y a pesar de ello están presentes los rasgos bellos
de ese chaval que jugaba al fútbol
en aquel internado.
Yo creo que gracias al brillo que aún derrochan sus ojos
y que delatan su proverbial inteligencia
conserva el semblante de cuando era niño…,
porque fue niño
aunque parezca mentira.
Suelen cruzar su paso de cebra jóvenes
camino hacia la universidad de pago.
Chicos que en unos pocos años
te hablarán con arrogancia
de la igualdad de oportunidades
y te contarán aquello de que los vagos no quieren trabajar
vomitando con soberbia todo ese decálogo eugenésico
que han aprendido en las escuelas de empresa neoliberal.
Y me entran unas ganas tremendas de gritarles
que hagan el favor de preguntar a este señor sobre la vida
para que así comprendan lo triste que resulta
nacer con tu biografía escrita
en la puta frente.
Juan tiene mi edad y ya es un anciano terminal.
Juan se merecía haber sido un humano más.
A Juan lo metieron en la cárcel por robar para comer, y al otro Juan,
al putero ladrón petrocomisionista que se carga elefantes,
lo invitaron, este fin de semana, a navegar
en el intocable y sagrado
borbón, digo, bribón.
Sentir ternura por el bueno de Juan no está bien.
Del mismo modo que resulta obscena la ternura
por el niño que tiembla abrazado a su madre en un búnker.
O por el muchacho que deambula por un arcén
con una jeringuilla clavada en el muslo.
O por ese niño sudanés acurrucado
bajo a la atenta mirada del buitre.
No vale enternecerse
por ese sufrimiento del que fuiste, de algún modo,
colaborador necesario.
Sencillamente esto son cosas
que no deberían ocurrir.
Hay ternuras que nunca, nunca, maldita sea,
deberían
haberse
Kalkbadan
Madrid, 29 de mayo de 2022
Tras despedirme de Juan en el semáforo
trato de recordar las ternuras de mi vida
mientras camino hacia casa
con la barra de pan caliente pinzada bajo el brazo.
La ternura tiene poco que ver con el amor.
El amor es un concepto intelectual,
matérico, diría que casi burgués,
mientras que la ternura es pura animalidad.
El amor empieza por uno mismo
pero la ternura es, literalmente,
quebrarse el esternón, partirse el alma en dos,
para poder cobijar en tu pecho
a ese ser que te reclama.
La ternura tiene algo que ver con temblores irisados,
con las caricias de una madre, el llanto y la risa del bebé;
tiene que ver con desamparos, cipreses, vulnerabilidades
y delicadezas.
Recuerdo ahora la ternura del primer nacimiento.
La ternura de cuando nació mi hijo Mateo.
Apenas eran las 11:00 de la mañana
y bajé al bar y me puse morado a cervezas
mientras mi suegra me llamaba en un bucle demencial.
La silencié y escribí un poema en la servilleta
con la rapidez de aquellos versos
que ya fueron creados hace tiempo
y que lo de menos es acuñarlos en papel.
Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema
hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito
en la propia servilleta del bar: «gracias por venir».
Subí a la sala de espera y al poco
una enfermera voceó mi nombre,
y me entregó a un ser vivo morado que exhalaba quejidos.
Y entonces —oh, entonces— ese diminuto ser
me agarró del dedo con una fuerza inusitada
y se desprendió de mi lagrimal, así, de golpe, una perla líquida.
Una esfera que rodaba por la ladera de mi mejilla
y que fue empujada por la palanca de ternura más bestia
que había sentido jamás.
Otra ternura ilustre es la que siento por mi gata
y que implosiona en mi pecho cada día.
Me encantas cuando saltas
y te refugias en tu templo de cartón.
Desde tu irreductible atalaya me observas
con tus orejas tiesas
y posas tu patita en el borde de la caja
como diciendo: «ven aquí humano tonto»,
y voy. Y te acaricio la nuca una y otra vez
y ronroneas y me buscas clavándome el temblor
de tus entreverados ojos aguamarina.
Y siento la presión inconmensurable
de una infinita ternura.
Hay una ternura muy singular
que es la del adiós inminente.
Hablo de esa jodida mandrágora que asoma
en la mirada terrera del desahuciado.
Mi querido Mari abandonó el tratamiento de diálisis
sabiendo muy bien lo que eso implicaba: dos semanas.
Al terminar la primera lo ingresaron de urgencia.
Fui a visitarlo y al entrar en la habitación
me lo encontré dormido, boca arriba,
con su brazo izquierdo suspendido en el aire.
Recuerdo darle un beso en la mano
de los que se dan a los recién nacidos
con ese pretencioso propósito de eternidad.
Y mientras posaba su brazo en la camilla
abrió repentinamente sus párpados
como quien despierta de la peor de sus pesadillas.
Pero no tardó en recobrar en su mirada
aquella chispa nuclear tan propia de su ser.
—Andreas, la semana que viene nos vamos al mercado
y nos compramos unos caracolillos de esos que nos gustan.
Una bola de ternura descomunal
se me instaló en la nuez
y no era capaz de tragarla.
Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo.
Juan no se merecía el desprecio de mi ternura esta mañana.
Esa ternura debería haberse evitado.
Diez hermanos, residencia infantil, violencia,
pobreza, alcoholismo y Ocaña II.
Juan lleva 15 años en el mismo semáforo.
Camina lento con las piernas arqueadas
y por la pernera de sus pantalones cortos
gotea la marginalidad crónica de su puta vida.
El reguero oxida los crudos rosetones de sus piernas
y el morado de sus tobillos.
Tiene la cara hinchada y la nariz jodida
y a pesar de ello están presentes los rasgos bellos
de ese chaval que jugaba al fútbol
en aquel internado.
Yo creo que gracias al brillo que aún derrochan sus ojos
y que delatan su proverbial inteligencia
conserva el semblante de cuando era niño…,
porque fue niño
aunque parezca mentira.
Suelen cruzar su paso de cebra jóvenes
camino hacia la universidad de pago.
Chicos que en unos pocos años
te hablarán con arrogancia
de la igualdad de oportunidades
y te contarán aquello de que los vagos no quieren trabajar
vomitando con soberbia todo ese decálogo eugenésico
que han aprendido en las escuelas de empresa neoliberal.
Y me entran unas ganas tremendas de gritarles
que hagan el favor de preguntar a este señor sobre la vida
para que así comprendan lo triste que resulta
nacer con tu biografía escrita
en la puta frente.
Juan tiene mi edad y ya es un anciano terminal.
Juan se merecía haber sido un humano más.
A Juan lo metieron en la cárcel por robar para comer, y al otro Juan,
al putero ladrón petrocomisionista que se carga elefantes,
lo invitaron, este fin de semana, a navegar
en el intocable y sagrado
borbón, digo, bribón.
Sentir ternura por el bueno de Juan no está bien.
Del mismo modo que resulta obscena la ternura
por el niño que tiembla abrazado a su madre en un búnker.
O por el muchacho que deambula por un arcén
con una jeringuilla clavada en el muslo.
O por ese niño sudanés acurrucado
bajo a la atenta mirada del buitre.
No vale enternecerse
por ese sufrimiento del que fuiste, de algún modo,
colaborador necesario.
Sencillamente esto son cosas
que no deberían ocurrir.
Hay ternuras que nunca, nunca, maldita sea,
deberían
haberse
sentido.
Kalkbadan
Madrid, 29 de mayo de 2022
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