Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Fuimos a comer a casa de mi novio, Fer.
Su padre trabajaba en la ya extinta Compañía de luz.
Había invitado a comer
a sus compañeros de trabajo y sus esposas.
Puros ingenieros del ramo.
Antes de la comida los hombres se quedaron en la sala.
Las mujeres en la cocina ayudando con la comida.
Yo con Fer y en la sala.
Conversaban de asuntos de trabajo.
Un ingeniero contaba que por poco
se electrocuta un chavo nuevo.
Que le había advertido que tuviera cuidado
que un cable tenía hierba,
pero el idiota ya se iba a agarrar de él.
Que le gritó:
-¡cabrón!, ¡no lo toques!, ¡Te dije que tiene hierba!-
-¿qué es eso de hierba?- preguntó
- ¡qué la línea está viva, que tiene voltaje!.
En eso vino la mamá de Fer.
Me dijo que me fuera con ella a la cocina,
para que no oyera palabrotas.
Me fui con ella,
empezó a contar que tenía una sirvienta nueva,
que era de Oaxaca, muy india,
que la muy ridícula usaba su rebozo
enredado en la cintura como enagua.
Que era muy pendeja,
que en el lavadero de piedra,
en vez de tallar la ropa, la golpeaba,
que le había echado a perder una sartén,
pues le había quitado con la fibra toda la cubierta de teflón.
Estaba pensando en despedirla.
A mí me molestó escucharla,
se me revolvió el estómago.
Pretexté ir al baño.
Ahí encontré a María.
Todas las indígenas en México se llaman María.
Era hermosa, bajita, morena,
de cabello largo, lacio y negro brillante.
Con sus ojos negros almendrados,
su nariz aguileña, típica de los mixtecos.
Al verme me sonrió
y su sonrisa era amplia y sincera.
Con sus pequeñas manos limpiaba la tina del baño.
Al salir me dirigí a la sala.
Me quedé con los ingenieros.
Su conversación no me daba náuseas.
Malditas viejas déspotas,
se creían superiores
porque su marido les pagaba una criada.
Arpías racistas,
se burlaban de una niña indígena ignorante
que en lugar de ir a la escuela tenía que trabajar.
Me dio rabia.
Sentí ganas de gritarles,
insultarlas.
¡Perras desgraciadas!.
Su padre trabajaba en la ya extinta Compañía de luz.
Había invitado a comer
a sus compañeros de trabajo y sus esposas.
Puros ingenieros del ramo.
Antes de la comida los hombres se quedaron en la sala.
Las mujeres en la cocina ayudando con la comida.
Yo con Fer y en la sala.
Conversaban de asuntos de trabajo.
Un ingeniero contaba que por poco
se electrocuta un chavo nuevo.
Que le había advertido que tuviera cuidado
que un cable tenía hierba,
pero el idiota ya se iba a agarrar de él.
Que le gritó:
-¡cabrón!, ¡no lo toques!, ¡Te dije que tiene hierba!-
-¿qué es eso de hierba?- preguntó
- ¡qué la línea está viva, que tiene voltaje!.
En eso vino la mamá de Fer.
Me dijo que me fuera con ella a la cocina,
para que no oyera palabrotas.
Me fui con ella,
empezó a contar que tenía una sirvienta nueva,
que era de Oaxaca, muy india,
que la muy ridícula usaba su rebozo
enredado en la cintura como enagua.
Que era muy pendeja,
que en el lavadero de piedra,
en vez de tallar la ropa, la golpeaba,
que le había echado a perder una sartén,
pues le había quitado con la fibra toda la cubierta de teflón.
Estaba pensando en despedirla.
A mí me molestó escucharla,
se me revolvió el estómago.
Pretexté ir al baño.
Ahí encontré a María.
Todas las indígenas en México se llaman María.
Era hermosa, bajita, morena,
de cabello largo, lacio y negro brillante.
Con sus ojos negros almendrados,
su nariz aguileña, típica de los mixtecos.
Al verme me sonrió
y su sonrisa era amplia y sincera.
Con sus pequeñas manos limpiaba la tina del baño.
Al salir me dirigí a la sala.
Me quedé con los ingenieros.
Su conversación no me daba náuseas.
Malditas viejas déspotas,
se creían superiores
porque su marido les pagaba una criada.
Arpías racistas,
se burlaban de una niña indígena ignorante
que en lugar de ir a la escuela tenía que trabajar.
Me dio rabia.
Sentí ganas de gritarles,
insultarlas.
¡Perras desgraciadas!.
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