Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando mi voz se vaya silenciando
como se apaga la luz en el ocaso.
Cuando quede mi alma en silencio,
como queda el bosque tras el estampido del trueno.
Cuando los pasos no dejen huella,
como al pasar el gamo sobre los senderos
cubiertos de hojas en el otoño.
Cuando nada se mueva,
como el aire pesado de la tarde tórrida
de un día de agosto.
Cuando mis ojos abiertos
miren a la luz del día
un mundo que se muestra como nuevo.
Sabré al fin que la tierra me espera,
que abrirá sus brazos para acogerme,
tal vez como una madre cariñosa
que hace tiempo que espera dar el postrer abrazo.
Y se abrirá el cielo en lluvia
para repiquetear gozoso el suelo,
el tronco caído del árbol viejo,
las farolas amarillas,
las tapas redondas de hierro forjado
de las alcantarillas.
Saldrán las estrellas a pasear el cielo,
como cada día,
como si fuese el primero.
Te extrañará mi mano vacía.
Quedará en la percha, ausente, mi sombrero…
como se apaga la luz en el ocaso.
Cuando quede mi alma en silencio,
como queda el bosque tras el estampido del trueno.
Cuando los pasos no dejen huella,
como al pasar el gamo sobre los senderos
cubiertos de hojas en el otoño.
Cuando nada se mueva,
como el aire pesado de la tarde tórrida
de un día de agosto.
Cuando mis ojos abiertos
miren a la luz del día
un mundo que se muestra como nuevo.
Sabré al fin que la tierra me espera,
que abrirá sus brazos para acogerme,
tal vez como una madre cariñosa
que hace tiempo que espera dar el postrer abrazo.
Y se abrirá el cielo en lluvia
para repiquetear gozoso el suelo,
el tronco caído del árbol viejo,
las farolas amarillas,
las tapas redondas de hierro forjado
de las alcantarillas.
Saldrán las estrellas a pasear el cielo,
como cada día,
como si fuese el primero.
Te extrañará mi mano vacía.
Quedará en la percha, ausente, mi sombrero…