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Reverberación en la nostalgia

Teo Moran

Poeta fiel al portal
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Lejos del bosque de hormigón
el sendero se hace diáfano,
aún con sus recodos y curvas
ruego para que tarde o temprano
alcance la velada luz del corazón.
Sé que la sombra que me persigue,
ese hombre ya no es quien era,
quiere romper las cadenas frías
y sus cicatrices queden a la vista,
mas no hay rencor, ni hay dudas,
solo unas huellas en la memoria
que languidecen tras los años,
un suspiro que rezuma infantil
cuando ve a las negras golondrinas
jugar con el rizo del sauce llorón,
una sonrisa al ver sus manos vacías,
porque hay días que nada se gana
y otros muchos que todo se pierde.
Lejos de las aceras oscuras y vacías
dejo a mi sombra bajo el renglón
de unas voces indescifrables,
llantos infantiles orquestados
que desafían los avatares del bar,
y en las ventanas la ropa mojada
se sujeta por los dedos de un suspiro
y la piel quebrada de un recuerdo,
mas no sé como secar las lágrimas
de aquellos que miran hacia atrás
y ven un salmo de mejores tiempos,
como acariciar a su melena canosa
y ver a su mirada brillante y feliz
entre las comas y los puntos seguidos
impresos en las hojas blancas de su vida,
como no sentir ternura y cariño
al ver tras su sombra cansada
las hermosas huellas de un niño,
y bien sé que paso a paso, verso a verso,
te esperaré sin prisa como el nogal
deja caer sus hojas sobre el lecho,
te esperaré callado en mi mundo
mientras la brisa entre bostezos
acaricia las espigas del verde trigal,
te esperaré cansado y anciano
en la melodía cristalina y eterna
que abriga el chopo a pie del río,
te esperaré en esta u otra vida
mientras las amapolas bermejas
y los jilgueros acunen mi alma
cada mañana a la orilla del camino.
 
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Lejos del bosque de hormigón
el sendero se hace diáfano,
aún con sus recodos y curvas
ruego para que tarde o temprano
alcance la velada luz del corazón.
Sé que la sombra que me persigue,
ese hombre ya no es quien era,
quiere romper las cadenas frías
y sus cicatrices queden a la vista,
mas no hay rencor, ni hay dudas,
solo unas huellas en la memoria
que languidecen tras los años,
un suspiro que rezuma infantil
cuando ve a las negras golondrinas
jugar con el rizo del sauce llorón,
una sonrisa al ver sus manos vacías,
porque hay días que nada se gana
y otros muchos que todo se pierde.
Lejos de las aceras oscuras y vacías
dejo a mi sombra bajo el renglón
de unas voces indescifrables,
llantos infantiles orquestados
que desafían los avatares del bar,
y en las ventanas la ropa mojada
se sujeta por los dedos de un suspiro
y la piel quebrada de un recuerdo,
mas no sé como secar las lágrimas
de aquellos que miran hacia atrás
y ven un salmo de mejores tiempos,
como acariciar a su melena canosa
y ver a su mirada brillante y feliz
entre las comas y los puntos seguidos
impresos en las hojas blancas de su vida,
como no sentir ternura y cariño
al ver tras su sombra cansada
las hermosas huellas de un niño,
y bien sé que paso a paso, verso a verso,
te esperaré sin prisa como el nogal
deja caer sus hojas sobre el lecho,
te esperaré callado en mi mundo
mientras la brisa entre bostezos
acaricia las espigas del verde trigal,
te esperaré cansado y anciano
en la melodía cristalina y eterna
que abriga el chopo a pie del río,
te esperaré en esta u otra vida
mientras las amapolas bermejas
y los jilgueros acunen mi alma
cada mañana a la orilla del camino.
Es una espera que vale por todo el camino recorrido. Un abrazo, Teo.
 
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