MarcosR
Poeta que considera el portal su segunda casa
Luna de julio.
Anciana de milagros.
Culminante.
Acechante.
Diáfana.
Herederos eventuales y presentes,
los poetas peregrinos
que llegan de los médanos.
Los guerreros andantes,
fugaces compañeros
de tu lumbre infinita.
Fervorosos nostálgicos
amantes de las musas,
cazadores de faros,
profetas del invierno,
tenaces perdedores de batallas,
inventores de sueños
y de amores tardíos.
Si todo parece
que se termina aquí,
en estas aguas,
que bajan la pendiente
urgentes de sentido
y borran todo rastro.
Tan sólo algunas hojas
suspendidas, apenas,
por una leve brisa
parecen observarnos,
y en el aire sombrío
piadosas y gentiles
nos nombran tristemente
sus ecos solitarios.
La alfombra que pisamos,
no tiene nuestras huellas.
Son otras las edades,
los vientos,
los cometas.
Son otros los nativos,
que asisten a su escuela,
naturales indómitos
caminando la tierra.
Luna de julio,
si todo se termina
y tú,
luces tan bella,
tan joven y radiante.
Renaces en la hierba,
la aruera,
el molle,
el romerillo.
El canelón, las piedras,
te nombran en susurros.
Te elevas luminosa
coronando la noche,
inmensa, avasallante.
Derramando tu hechizo,
entrando mansamente
por todas las ventanas,
y acunando los sueños
de las almas que duermen
con caricias de madre.
Y nosotros los poetas
buscando una palabra
que todo lo despierte,
andamos sin saberlo
persiguiendo tus pasos,
evocando tu gloria
y adorando tu brillo.
Plateando nuestras letras,
estos versos helados,
corazonadas torpes,
apenas,
arañando el futuro,
en busca de un latido
que pueda recordarse.
Anciana de milagros.
Culminante.
Acechante.
Diáfana.
Herederos eventuales y presentes,
los poetas peregrinos
que llegan de los médanos.
Los guerreros andantes,
fugaces compañeros
de tu lumbre infinita.
Fervorosos nostálgicos
amantes de las musas,
cazadores de faros,
profetas del invierno,
tenaces perdedores de batallas,
inventores de sueños
y de amores tardíos.
Si todo parece
que se termina aquí,
en estas aguas,
que bajan la pendiente
urgentes de sentido
y borran todo rastro.
Tan sólo algunas hojas
suspendidas, apenas,
por una leve brisa
parecen observarnos,
y en el aire sombrío
piadosas y gentiles
nos nombran tristemente
sus ecos solitarios.
La alfombra que pisamos,
no tiene nuestras huellas.
Son otras las edades,
los vientos,
los cometas.
Son otros los nativos,
que asisten a su escuela,
naturales indómitos
caminando la tierra.
Luna de julio,
si todo se termina
y tú,
luces tan bella,
tan joven y radiante.
Renaces en la hierba,
la aruera,
el molle,
el romerillo.
El canelón, las piedras,
te nombran en susurros.
Te elevas luminosa
coronando la noche,
inmensa, avasallante.
Derramando tu hechizo,
entrando mansamente
por todas las ventanas,
y acunando los sueños
de las almas que duermen
con caricias de madre.
Y nosotros los poetas
buscando una palabra
que todo lo despierte,
andamos sin saberlo
persiguiendo tus pasos,
evocando tu gloria
y adorando tu brillo.
Plateando nuestras letras,
estos versos helados,
corazonadas torpes,
apenas,
arañando el futuro,
en busca de un latido
que pueda recordarse.
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