gilbran
Ernesto Salgari
Buscando su cínico acomodo,
el Tiempo
se apropia de toda memoria
y envilece la cancina mirada
que antes oteaba el horizonte.
El ayer
se ha convertido
en un oleaje inmenso
dragando las blandas arenas de los días.
Una manta cenicienta
cae desde las alturas
y nos cubre el cuerpo desnudo y quejumbroso.
Me veo en el jardín recogiendo insectos,
acompañado de mi padre;
atónito y diligente en la poda magistral
de los añosos rosales de mi madre.
¿En qué momento solté tu mano y todas las manos
de súbito me soltaron?
Y ahora sentado aquí, sujeto a las sombras
de objetos irreconocibles,
dónde el sol tijeretea
las últimas luces en mis ojos;
intento recordar, imaginar, falsear el ayer.
Es el tiempo y su desaire.
La corpulencia del olvido abusivamente encima de mí.
el Tiempo
se apropia de toda memoria
y envilece la cancina mirada
que antes oteaba el horizonte.
El ayer
se ha convertido
en un oleaje inmenso
dragando las blandas arenas de los días.
Una manta cenicienta
cae desde las alturas
y nos cubre el cuerpo desnudo y quejumbroso.
Me veo en el jardín recogiendo insectos,
acompañado de mi padre;
atónito y diligente en la poda magistral
de los añosos rosales de mi madre.
¿En qué momento solté tu mano y todas las manos
de súbito me soltaron?
Y ahora sentado aquí, sujeto a las sombras
de objetos irreconocibles,
dónde el sol tijeretea
las últimas luces en mis ojos;
intento recordar, imaginar, falsear el ayer.
Es el tiempo y su desaire.
La corpulencia del olvido abusivamente encima de mí.
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