La vida es una continua despedida

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de las gafas
el efecto perturbador —no me preguntéis por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un buen amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez

más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
 
Última edición:
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados allá en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de la gafa
el efecto perturbador —no sé por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el borde del vaso que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez

más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
Kalk... compañero.
Yo estoy desarmado. No sabes cuánto me costó leer este poema tuyo. Es que ya no puedo ni ver la palabra cerveza “vómito y me desmayo” hahahaha
Bueno, pero por tratarse de ti y esta excelente obra que nos compartes tuve que hacer el esfuerzo hahaha.

Abrazos grande compañero y muy feliz año para ti y los tuyos.

No bebas tanto que después la resaca pesa y mucho jejeeje ;)
 
Kalk... compañero.
Yo estoy desarmado. No sabes cuánto me costó leer este poema tuyo. Es que ya no puedo ni ver la palabra cerveza “vómito y me desmayo” hahahaha
Bueno, pero por tratarse de ti y esta excelente obra que nos compartes tuve que hacer el esfuerzo hahaha.

Abrazos grande compañero y muy feliz año para ti y los tuyos.

No bebas tanto que después la resaca pesa y mucho jejeeje ;)
jajaja! La puta cerveza te lleva de la gloria al ocaso y no te enteras. Lo bueno es que hace falta un depósito para apagar la llama.
Y te agradezco el esfuerzo, compañero. Es un lujo saberte por aquí, ya lo sabes.
Un abrazo enorme y te deseo todo lo mejor este año.
 
Supongo que la vida es una constante despedida, y reencuentro, (hasta con nosotros mismos), y eso es lo que nos hace estar realmente vivos, renovar constantemente nuestros sentimientos y al mismo tiempo reafirmarlos. La vida que conocemos ciertamente es la llama de una cerilla en un universo infinito, pero en algún momento fuimos luz y calor en él, y eso ya es un milagro. Muy hermoso poema, Andreas.
Feliz año, querido amigo.
 
Supongo que la vida es una constante despedida, y reencuentro, (hasta con nosotros mismos), y eso es lo que nos hace estar realmente vivos, renovar constantemente nuestros sentimientos y al mismo tiempo reafirmarlos. La vida que conocemos ciertamente es la llama de una cerilla en un universo infinito, pero en algún momento fuimos luz y calor en él, y eso ya es un milagro. Muy hermoso poema, Andreas.
Feliz año, querido amigo.
¡Luis! Gracias por tu comentario, compañero. Parece inevitable recorrer ciertas etapas de la vida con la indolencia de quien se cree inmortal, sumido en una cordialidad gris y protocolaria. Una resignación a una especie de determinismo biológico por el cual nada tenemos nosotros que ver con nuestros propios pasos, con lo selvática e impredecible que puede llegar a ser la vida...
Y no digo vivir la vida con el profundo desgarro que supone sentirse de más, pero sí con la consciencia de que -efectivamente- es un milagro poder formar parte de este espectáculo. Al menos los animales humanos que tenemos el privilegio de poder vivirla sin más miserias que las del propio latido creo que tenemos la responsabilidad de vivirla tratando de dejar un mundo con más amor.
Un abrazo enorme, amigo mío, y muy feliz año. Te deseo todo lo mejor.
 
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LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de la gafa
el efecto perturbador —no sé por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
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más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
Maravilloso, me encantó. Un placer leerte. Feliz 2022.
 
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de la gafa
el efecto perturbador —no sé por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez

más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
Cada día algo nace y algo muere y solo pocas veces nos toca de cerca. Por eso llega a ser tan duro.
Un abrazo, kalkbadan.
 
Cada día algo nace y algo muere y solo pocas veces nos toca de cerca. Por eso llega a ser tan duro.
Un abrazo, kalkbadan.
Efectivamente, compañero. Frenético origami de almas que no cesa. Solo pocas veces nos toca de cerca, pero la probabilidad de que seamos nosotros, tarde o temprano, es de 1. Pero ni con esas nos quitamos el traje de Dios.
Un abrazo, Sergio, y feliz año.
 
jajaja! La puta cerveza te lleva de la gloria al ocaso y no te enteras. Lo bueno es que hace falta un depósito para apagar la llama.
Y te agradezco el esfuerzo, compañero. Es un lujo saberte por aquí, ya lo sabes.
Un abrazo enorme y te deseo todo lo mejor este año.
Es que tu poema merece otra subida…compa. Ahora lo leí con más calma. Y la cerveza solo es un lujo más que nos ayuda a no olvidar que somos mortales. Claro, como tu poema que con gracia y sutileza nos muestra la faceta escondida que muchas veces tiene la humanidad pero no tan fácilmente la presenta. ;)

Es raro encontrar un poema diferente que no muestre siempre el pesimismo de la especie humana ni las miserias esas a las que tantos estamos atados y tan difícil es desvincularnos. Pero bueno, siempre hay una obra diferente y por qué no hasta en el realismo siempre es bueno presentarlo con otro rostro. Y tú lo haces de la mejor forma posible.

Abrazos y gracias nuevamente por traernos un poco de esperanza con tu obra.
 
Es que tu poema merece otra subida…compa. Ahora lo leí con más calma. Y la cerveza solo es un lujo más que nos ayuda a no olvidar que somos mortales. Claro, como tu poema que con gracia y sutileza nos muestra la faceta escondida que muchas veces tiene la humanidad pero no tan fácilmente la presenta. ;)

Es raro encontrar un poema diferente que no muestre siempre el pesimismo de la especie humana ni las miserias esas a las que tantos estamos atados y tan difícil es desvincularnos. Pero bueno, siempre hay una obra diferente y por qué no hasta en el realismo siempre es bueno presentarlo con otro rostro. Y tú lo haces de la mejor forma posible.

Abrazos y gracias nuevamente por traernos un poco de esperanza con tu obra.

Mil gracias, querido Danie. Saber que alguien cristaliza el poema dentro de sí ha sido siempre algo que me cautiva profundamente. Qué tendrá de romántico dejar un poema en el parabrisas de un coche desconocido... La doble creación gestando un poema por cada lector es un misterio exquisito. Cada humano con sus versos, con su luz, con su historia, pero con esa esencia que nos une al tronco de una existencia común.
Gracias a ti por leer y hacer tuyo este puñadito versos.
 
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de la gafa
el efecto perturbador —no sé por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez

más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
Me gustó mucho tu poema. Es excelente. Saludos
 
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de la gafa
el efecto perturbador —no sé por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez

más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
Nostálgicos recuerdos mi estimado poeta, imágenes con olor a canela y ciprés! Hermoso!
 
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de la gafa
el efecto perturbador —no sé por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez

más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
¡Qué lectura tan agradable y..... no me preguntes por qué, también muy reconfortante, gracias!
Yo diría que es un excelente poema......un brindis por él y por su autor.
Un gran abrazo
Javier
 
Última edición:
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.
Sobre todo los primeros 5 años de los niños, son definitivos, dijo un sicólogo, en una de sus excelentes clases. Por eso la importancia de dedicarles el tiempo de calidad a los niños ya que este se va y no regresa. Tu poema es muy bueno, pero me gusta mucho esta gran verdad. Eres muy buen poeta. Hay mucho para aprender de ti y lo agradezco.
Saludos con respeto.
P/d ...Soy mujer.
 
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de la gafa
el efecto perturbador —no sé por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez

más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021


Andreas, cómo me alegra haber llegado a este poema, no lo conocía, es una maravilla. Volver a la tierra de la infancia, el aire del mar...
"La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria."

Si, se de lo que hablas, Andreas, siento esa cercanía de tus versos y me emocionan

"El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!"

Qué bueno encontrarme con tu poesia, en este anochecer, uno siente ese paz del hogar en ese encuentro con tu madre. Solo el amor nos salva de todas las muertes
Un abrazo
Isabel


Gracias por este poema relato que me ha despertado muchas emociones, me suele pasar con toda tu poesía, uno siente la cercanía de tus versos, y los hace propios.
Un abrazo
Isabel


 
Última edición:
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA

Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.

Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.

Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de la gafa
el efecto perturbador —no sé por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.

Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?

Y los dos nos llevamos la mano al pecho.

Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.

Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez

más.


Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
Un placer volver a leerlo. Un abrazo. Feliz año 2023.
 
¡Qué lectura tan agradable y..... no me preguntes por qué, también muy reconfortante, gracias!
Yo diría que es un excelente poema......un brindis por él y por su autor.
Un gran abrazo
Javier
¡Querido Javier! Se me quedaron colgados los últimos comentarios de este poema. Discúlpame, compañero. Gracias por dejar tu huella.
¡Un abrazo fuerte y feliz año!
 
Sobre todo los primeros 5 años de los niños, son definitivos, dijo un sicólogo, en una de sus excelentes clases. Por eso la importancia de dedicarles el tiempo de calidad a los niños ya que este se va y no regresa. Tu poema es muy bueno, pero me gusta mucho esta gran verdad. Eres muy buen poeta. Hay mucho para aprender de ti y lo agradezco.
Saludos con respeto.
P/d ...Soy mujer.
¡Serin! Muchísimas gracias por pasar, compañera. Un gusto.
Un abrazo y muy feliz año.
 
Andreas, cómo me alegra haber llegado a este poema, no lo conocía, es una maravilla. Volver a la tierra de la infancia, el aire del mar...
"La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria."

Si, se de lo que hablas, Andreas, siento esa cercanía de tus versos y me emocionan

"El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!"

Qué bueno encontrarme con tu poesia, en este anochecer, uno siente ese paz del hogar en ese encuentro con tu madre. Solo el amor nos salva de todas las muertes
Un abrazo
Isabel


Gracias por este poema relato que me ha despertado muchas emociones, me suele pasar con toda tu poesía, uno siente la cercanía de tus versos, y los hace propios.
Un abrazo
Isabel


Ya sé, Isabel, que tú sabes bien de lo que hablo... Me siento muy próximo a tu poesía y a tu sentir.
Es un lujo saberte por estos versos de reencuentro con esa tierra que me vio crecer. Gracias, siempre, por tu ternura. Gracias.
¡Un abrazo enorme, amiga, y feliz año!
 

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