kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA VIDA ES UNA CONTINUA DESPEDIDA
Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.
Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.
Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de las gafas
el efecto perturbador —no me preguntéis por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.
Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un buen amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?
Y los dos nos llevamos la mano al pecho.
Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.
Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez
Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
Tras cinco horas de viaje comienza mi navidad.
Caminamos hacia el portal cargados de maletas,
dos niños, un gato y la esperanza
de unas fiestas sin discusiones.
Pero ya se sabe que la palabra «esperanza» viene
del griego «espera sentado».
La tarde está tibia, parece que fuera primavera.
Aspiro hondamente
y me llega aquel poderoso perfume a mar…,
y es que los olores masticados en la niñez
son puñales
clavados en el alcornoque de la memoria.
Habían pronosticado mal tiempo para toda la semana,
pero, como es habitual, el humano experto
y sus infalibles modelos físicos no acertaron
y el batir de las alas de una mariposa en Nueva Zelanda
me han traído un tiempo delicioso, aquí, al Cantábrico.
—¡Subid a casa con la abuela que ahora vuelvo!
Y me marcho corriendo como un cervatillo
hasta llegar al paseo de mi infancia.
Ante este mar grandioso me siento tan pequeño
y tan viejo a la vez…
Gris plomo para el mar, celeste para el cielo
y blanco para todo lo demás.
Cada vez que regreso a mi tierra lo primero que hago
es recorrer este paseo hasta reflejarme
en las baldosas manchadas del tiempo…
La ontología de las baldosas siempre fue mi especialidad.
Un niño (que pude ser yo) corre hacia a mí
escapando de su abuelo (que podré ser yo).
Corre a ciegas, como corren lo niños,
burlándose del pasado y riéndose del futuro.
Agarro al chaval por el hombro
mientras llega su abuelito que lo abraza
con esa fuerza frágil y asustada de quien sabe
que su vida se le escapa como el mismísimo puñado de arena
que acaba de posar el niño en sus manos.
—Gracias, majo.
—No hay de qué, encantado de conocerlo.
Y pienso que la vida es una incesante despedida.
El animal humano no es lo mismo
que las olas del mar
que morirán lamiendo las costas.
No es lo mismo que las nubes
que morirán regando las pieles de la tierra.
El humano renace a cada instante
al borde de una herida abierta
de contingencias y propensiones.
Y eso nos duele y nos consagra a la vez.
¡La vida es una continua despedida!
Y les deseo suerte a los jóvenes con los que me cruzo
y a los niños les hago una mueca de payaso
y a los viejos les lanzo un beso.
Si al humano, en general, le acojonan los desconocidos
ni te cuento el terror que le provocan
las palabras infectas tras una mascarilla
por mucho que les procures una mirada cómplice.
Y si, como es mi caso, llevas un trozo visible de cinta americana
sujetando la patilla derecha de las gafas
el efecto perturbador —no me preguntéis por qué— se multiplica.
El humano tiene miedo al humano.
Y del miedo al odio solo hace falta, por ejemplo, una pandemia.
Es una verdadera pena no ser conscientes
del absurdo y levísimo chasquido que supone una vida.
¡Tendríamos que despedirnos más a menudo
y dejarnos de tanto protocolario saludo cordial!
Y todo nos iría mucho mejor. O no,
pero al menos, lo habríamos intentado.
Me tomo unas cuantas cervezas mientras cae la tarde.
Un buen amigo me ha regalado un libro para que deje de beber,
pero yo no temo al abismo, quiero fundirme aquí y ahora
con la puta maravilla de estos grises que rugen ante mí
y a cada trago estoy más cerca de mis raíces —que son de este cielo—,
y más cerca de lo que soy —que es el filo de esta copa que tiembla en mis labios—
e incluso presiento la belleza del polvo marino que seré.
Necesito dar jaque a la seriedad de este mundo.
Necesito distraer al pensamiento circular.
Necesito, por ahora, que la cerveza me ayude en mi propósito.
Ha anochecido y camino hacia casa feliz
por haber completado un año más mi querido ritual.
Meto las llaves con torpeza en la cerradura
y sin llegar a girarlas abre la puerta mi madre
y me abraza con el mismo temblor que el abuelo del paseo.
¿Sabes, madre, que la vida es un disparo al alma?
¿Sabes que la vida es una continua despedida?
Y los dos nos llevamos la mano al pecho.
Dando tumbos, en cortos pasos, llegamos hasta la cocina
y mi madre descorcha una botella de vino.
Entonces, hijo mío, brindemos
por estar aquí
brindando
una vez
más.
Kalkbadan
San Sebastián, 31 de diciembre de 2021
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