Dertodesking
Poeta recién llegado
Tras un sueño intranquilo,
ella se despertó
convertida en un monstruoso animal.
Estaba echada de espaldas
sobre un duro colchón
y, al alzar la cabeza,
no alcanzaba a ver más que sus propios brazos.
Pasos.
«¿Qué ha ocurrido?».
Voces.
«¿Quiénes son?».
Risas.
«¿Qué van a hacer conmigo?».
El telefonillo.
«¡¿Quién viene?!».
Pasos.
«¡Tengo miedo!».
Voces.
«¡¿Qué dicen?!»
Risas.
«¡No, por favor!».
Un pomo girando aparatosamente.
«¿Voy a morir?».
El crujido de una puerta.
Luz.
La perversión de la luz como símbolo de Dios.
Hombres.
«¡Por favor, no!».
Voces.
Risas.
El crujido de una puerta.
Oscuridad.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
La secuencia de ruido blanco.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
El animal imita a una persona.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Más, y más figuras, aparecen tras la puerta,
buscando domesticar a la horrible criatura.
Me masturbo.
Ellos follan.
Espero mi turno.
¿Qué voy a cenar hoy?
Mañana trabajo.
Llega mi turno; lo indica Javier con un gesto.
Follo.
Tapo su boca. Callada, siento que me ama.
Sus lágrimas parecen de alegría.
Empatizo.
Si una mujer me hiciera lo mismo...
Sería feliz, sí.
¿Por qué no iba a serlo ella?
Las actrices porno también gritan, y no sufren.
Sigo escuchando sus gritos, reverberando contra la tela del trapo.
Pero sé que son orgasmos.
Ni siquiera sé si me gusta físicamente.
No puedo ver su cara.
Me da igual. No necesito hacerlo para metérsela.
Todos estamos dándole placer al animal.
Mis amigos.
Desconocidos.
Mi hermano.
Me corro.
Empiezo a vestirme.
Preguntan por qué me voy.
Les contesto con sinceridad:
«He venido a follar. Ya me he corrido».
Me responden.
Son imbéciles. ¿Follármela otra vez?
«Mañana tengo trabajo. A lo mejor otro día».
Me han entendido y me han dejado ir.
Miro al bloque con nostalgia.
Pienso en su coño enjuto.
Me tendría que haber quedado,
pero ya es demasiado tarde.
Otro día, mejor.
Ya en casa, mi novia tiene la cena lista.
Comemos, vemos la televisión, follamos.
Pero nada es lo mismo.
No grita como ella.
No me suplica que pare.
No tengo que hacer que cierre la boca.
Es demasiado fácil.
Le pido que sea como ellas; como las actrices porno
que fingen ser violadas.
Entonces sí; ahora siento que soy el que manda sobre su cuerpo.
Pero no voy a saco,
porque sé que las personas sufren más que los animales.
A la mañana siguiente, un compañero de trabajo
habla de los pisos donde prostituyen a las mujeres.
Finjo que me escandaliza, pero eso sólo logra
que se me ponga dura, pensando
en ella.
Ni siquiera sé cómo se llama.
Pero no importa.
Las mujeres como ella
podrían prescindir de sus cabezas,
de sus brazos,
de sus manos,
de sus piernas,
y de sus pies.
En la oscuridad de esa habitación
solo noté su vagina mojada.
No sé si de sangre o de fluido vaginal.
Me da igual. Sirvió como lubricante.
Quiero volverla a ver.
Hacer que se enamore de mí.
Convertirme en su amante...
Porque solo puedo pensar en ella.
Tras un sueño intranquilo,
ella se despertó
convertida en un monstruoso animal.
Estaba echada de espaldas
sobre un duro colchón
y, al alzar la cabeza,
no alcanzaba a ver más que sus propios brazos.
«¿Por qué no habré muerto?».
Mordió su labio inferior,
pero no se desangró.
Los hombres abrieron la puerta, otra vez.
Sin mediar palabra,
se desvistieron y pasaron la noche.
ella se despertó
convertida en un monstruoso animal.
Estaba echada de espaldas
sobre un duro colchón
y, al alzar la cabeza,
no alcanzaba a ver más que sus propios brazos.
Pasos.
«¿Qué ha ocurrido?».
Voces.
«¿Quiénes son?».
Risas.
«¿Qué van a hacer conmigo?».
El telefonillo.
«¡¿Quién viene?!».
Pasos.
«¡Tengo miedo!».
Voces.
«¡¿Qué dicen?!»
Risas.
«¡No, por favor!».
Un pomo girando aparatosamente.
«¿Voy a morir?».
El crujido de una puerta.
Luz.
La perversión de la luz como símbolo de Dios.
Hombres.
«¡Por favor, no!».
Voces.
Risas.
El crujido de una puerta.
Oscuridad.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
La secuencia de ruido blanco.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
El animal imita a una persona.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Gritos. Llantos. Súplicas.
Más, y más figuras, aparecen tras la puerta,
buscando domesticar a la horrible criatura.
Me masturbo.
Ellos follan.
Espero mi turno.
¿Qué voy a cenar hoy?
Mañana trabajo.
Llega mi turno; lo indica Javier con un gesto.
Follo.
Tapo su boca. Callada, siento que me ama.
Sus lágrimas parecen de alegría.
Empatizo.
Si una mujer me hiciera lo mismo...
Sería feliz, sí.
¿Por qué no iba a serlo ella?
Las actrices porno también gritan, y no sufren.
Sigo escuchando sus gritos, reverberando contra la tela del trapo.
Pero sé que son orgasmos.
Ni siquiera sé si me gusta físicamente.
No puedo ver su cara.
Me da igual. No necesito hacerlo para metérsela.
Todos estamos dándole placer al animal.
Mis amigos.
Desconocidos.
Mi hermano.
Me corro.
Empiezo a vestirme.
Preguntan por qué me voy.
Les contesto con sinceridad:
«He venido a follar. Ya me he corrido».
Me responden.
Son imbéciles. ¿Follármela otra vez?
«Mañana tengo trabajo. A lo mejor otro día».
Me han entendido y me han dejado ir.
Miro al bloque con nostalgia.
Pienso en su coño enjuto.
Me tendría que haber quedado,
pero ya es demasiado tarde.
Otro día, mejor.
Ya en casa, mi novia tiene la cena lista.
Comemos, vemos la televisión, follamos.
Pero nada es lo mismo.
No grita como ella.
No me suplica que pare.
No tengo que hacer que cierre la boca.
Es demasiado fácil.
Le pido que sea como ellas; como las actrices porno
que fingen ser violadas.
Entonces sí; ahora siento que soy el que manda sobre su cuerpo.
Pero no voy a saco,
porque sé que las personas sufren más que los animales.
A la mañana siguiente, un compañero de trabajo
habla de los pisos donde prostituyen a las mujeres.
Finjo que me escandaliza, pero eso sólo logra
que se me ponga dura, pensando
en ella.
Ni siquiera sé cómo se llama.
Pero no importa.
Las mujeres como ella
podrían prescindir de sus cabezas,
de sus brazos,
de sus manos,
de sus piernas,
y de sus pies.
En la oscuridad de esa habitación
solo noté su vagina mojada.
No sé si de sangre o de fluido vaginal.
Me da igual. Sirvió como lubricante.
Quiero volverla a ver.
Hacer que se enamore de mí.
Convertirme en su amante...
Porque solo puedo pensar en ella.
Tras un sueño intranquilo,
ella se despertó
convertida en un monstruoso animal.
Estaba echada de espaldas
sobre un duro colchón
y, al alzar la cabeza,
no alcanzaba a ver más que sus propios brazos.
«¿Por qué no habré muerto?».
Mordió su labio inferior,
pero no se desangró.
Los hombres abrieron la puerta, otra vez.
Sin mediar palabra,
se desvistieron y pasaron la noche.
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